Crónica citadina: Juan Delgado y sus exquisitos batidos

Crónica citadina: Juan Delgado y sus exquisitos batidos

En la esquina de las calles San Diego y La Merced tenía Juan Delgado su puesto de venta: con frita (especie de albóndiga), bacalao, croqueta, minuta… Además, eran muy celebrados sus batidos, que servía con generosidad. 

Es decir, él calculaba la cantidad que más que menos podía servir en un vaso (15 centavos). Si no había otro cliente que solicitara el mismo pedido (mamey, frutabomba, mango, así como maní, trigo, chocolate, vainilla…), le sugería al consumidor inicial que se apurara un poco porque tenía que utilizar la batidora para elaborar una opción diferente. Le servía el poco que le quedaba en la jarra.

Su local tenía una barra recta, con un segmento en forma de codo próximo a una lunchera, donde preparaba los mencionados panes. El sitio poseía un cuartico que contaba con dos mesas, para quienes prefirieran comer más cómodos.  

Precisamente Juan Delgado era quien le alquilaba a La Única, a quien mencionamos en una crónica anterior, una de las casitas situadas frente a la suya propia. Es decir, el punto de venta constituía una extensión de su hogar. Por tanto, la Montaner también disfrutaría la exquisitez de la cocina de Juan y de sus batidos.

Delgado, a lo contrario de su apellido, era gordito, trigueño, de mediana estatura, siempre con una cachimba donde sobresalía un tramo de tabaco. Lo ayudaban en sus menesteres gastronómicos la esposa Josefa, muy delgada ella, con un habitual cigarrillo entre los labios, y el hijo nombrado Gilberto. 

Los clientes asiduos al local de Juan Delgado eran trabajadores ferroviarios —a 100 metros de distancia se encuentra el taller de ese necesario medio de transporte— y los de la cercana fundición, ubicada en la esquina de San Diego y San Juan de Dios. Esta fábrica lamentablemente ya no existe y su alrededor e interior se han convertido en focos de infección, por la cantidad de desechos y escombros que indisciplinados vecinos vierten allí, y donde los llamados “buzos” hurgan en busca de algún objeto que les sirva para buscarse “unos kilos”, o sea unos pesitos, incluidas, por supuesto, latas de cerveza o refresco y fragmentos de hierro.

Pues sí, Juan Delgado es muy bien recordado por viejos vecinos, quienes incluso, cuando cerraba el negocio, se le podía hacer un pedido y él, solícito, se levantaba de su butacón y entregaba el alimento, que muchas veces era el mencionado batido de mamey cremoso, sabroso, con perfecta medida en cuanto a fruta, leche y azúcar.

Es más, cuando se le dificultó disponer de leche para su elaboración, Juan hacía la mezcla con agua, se lo advertía al consumidor, y quedaba espesa. Resultaba de muy buen gusto al paladar. Era un verdadero experto haciendo batidos. (Por Fernando Valdés Fré)

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