Desde que esa perfumada mujer, toda elegancia, doblaba la esquina de San Diego y Santa Rita (Pueblo Nuevo) en dirección a la casa de Angelito el santero, todos los vecinos de esta última cuadra y Línea del Ferrocarril se paraban a la puerta de sus hogares para ver pasar a La Única: Rita Montaner.
Por lo menos una vez al año ella lo visitaba, en vísperas de la celebración del día de la virgen de La Merced, que el conocido santero paseaba en procesión el día 24 de septiembre.
A la sazón, mi familia vivía en esa misma dirección, a cinco puertas de Angelito, que por aquel entonces, a finales de la década de los 50, contaba con alrededor de 60 años de edad. Era trigueño, de mediana estatura, de complexión fuerte, siempre calzado con sandalias o chancletas cuando estaba en afanes religiosos.
Rita, por aquellos lejanos 50, protagonizaba un popular programa televisivo en el que compartía escena con Guillermo Álvarez Guedes. De ahí la gran aureola de admiración que despertaba a su paso por cualquier lugar de nuestro país y, por ende, en nuestra querida Matanzas.
Se tocaba con un velo oscuro, transparente, pendiente de un sombrero de ala ancha; no obstante, al oír su nombre, movía su cabeza para responder al saludo, tal vez en alguna que otra ocasión también respondiera verbalmente.
En los dos días que ella permanecía en esta ciudad, se alojaba en una pequeña casita situada en la calle de La Merced, entre San Diego y Línea del Ferrocarril.
¿Para qué visitaría ella a Angelito? Seguramente para hacerse algún “despojo”, una “consulta”, además de rendirle culto a su virgencita, situada en un pedestal en la sala del santero, cuya imagen de yeso estaba bellamente engalanada, con su pequeño rostro maquillado y una perenne sonrisa de beneplácito.
La Única no participaba de la procesión, al menos que yo sepa, pues los comentarios de las comadres del barrio constituían la comidilla diaria al respecto, máxime el mencionado 24 de septiembre, cuando la santa era paseada por diferentes calles de la urbe, seguida por numeroso público, vela en mano y todos a coro cantando “¡Oh María, madre mía! / Oh consuelo, espiritual, / amparadme y guiadme / a la Patria Celestial”.
Por supuesto que también había un piquete de músicos, los mismos que cada año integraban la procesión, que en su recorrido se detenía a la puerta de otras casas donde existían imágenes similares a la cumpleañera u otros santos o santas.
La caminata comenzaba después de que Tata Castillo (vecino de la cuadra) hacía estallar varios voladores que, en multicolor miríada, iluminaban momentáneamente el cielo.
La virgen también era llevada, en su pedestal de madera, cubierto con un fino mantel blanco, color que vestían preferentemente casi todos los presentes, ante las ventanas de la antigua cárcel situada frente al actual Coppelia, desde donde los allí detenidos le rezaban.
Por último, la procesión llegaba hasta la playa de Los Pinos, y los que la portaban se adentraban un poco a la orilla del mar. A seguidas, la regresaban a su lugar habitual, la casa de Angelito el santero. (Por Fernando Valdés Fré/Edición web: Miguel Márquez Díaz)
Lea también
Etiennie Fernández: la energía de seguir adelante

Cuando en 1998 le avisaron que había un curso de despacho en la Empresa Eléctrica, Etiennie Fernández Medina no imaginaba la magnitud de la responsabilidad que estaba a punto… LEER MÁS»
