Vida en cafeterías de medio palo

Vida en cafeterías de medio palo
Vida en cafeterías de medio palo

Gloria a la croqueta al plato que tantas veces me salvó de la hipoglicemia. Demasiadas madrugadas con el estómago cocinado por el alcohol y la mala noche, me dirigí a la barra de La Pelota, un establecimiento de tercera categoría en una de las esquinas del Parque de la Libertad.

Soportaba las moscas que iban de la mancha de grasa a orbitar alrededor de mi cabeza. Soportaba a los dependientes mosqueados y con cara de sueño. Soportaba ese olor, como si el mundo estuviera fuera de frío, que normalmente acompaña al mosquero.

Colocaban el plato con desgano. Las croquetas se pegaban al cielo de la boca y sabían a aire: nada y dióxido de carbono. Para que te bajaran por la garganta debías comprarte un refresco vitaminado; aunque siempre dudé que eso contuviera alguna vitamina, más bien, fragmentos de plomo y giardia.

Entre el refresco y la croqueta no superabas los dos pesos cubanos. Te salvaban del desmayo, de que la realidad te hiciera un fundido en negro y te convirtieras en otro bulto en la oscuridad.

Mi vida ha sido una consecución de cafeterías de medio palo; no de paladares, no de restaurantes en que te acomodas la servilleta como babero, no de negocios que quieren ser McDonald’s y enganchan arriba de la freidora una foto de Martí.

Vida en cafeterías de medio palo

Hablo de lugares estatales de tercera categoría donde te venden panes con pasta o medallón, polvorones bañados en bicarbonato. Están en garajes en desuso, en las entradas de los solares; detrás de unas rejas donde cortaron un cuadrado para que quepa la mano de la vendedora que te da el pedido y la tuya para que pages; en carritos armados de cabillas, zines y caja de bolas para poder moverlos de un lugar a otro en la ciudad.

En Tirry, una avenida cercana a mi casa, hay una de esas, cuyo nombre siempre me pareció el más adecuado para este tipo de establecimientos: «La Fe».  Ahí, antes de que se convirtiera en una mipyme, me refugié de aguaceros. Me quedé dormido en uno de sus bancos, porque era tarde y no callaba la lluvia. Tenían la gentileza de pasarme el pan por la plancha y echarle una línea de puré de tomate y otra de mostaza, y de no despertarme, porque notaban mi agotamiento.

Abría las 24 horas. No importaba en qué momento fueras a ella, La Fe siempre estaría allí. Acogería a todas las almas perdidas, a todos los hambrientos, a todos los cansados de la nocturnidad.

Este tipo de negocios no son los más glamorosos, al final, la croqueta es la croqueta y el glamour el glamour; pero cumplen una función dentro de una sociedad en la cual no todos poseen las mismas posibilidades. Hay quien nunca ha podido ir a una paladar. Para algunos comerse una pizza en la calle, cualquiera que sea, constituye una salida familiar, la única del mes.

Yo, que fui estudiante y contaba solo con la pequeña mesada entregada por mi madre, médico de familia, para «tirar» toda la semana, no desfallecí sobre un logaritmo, sobre la ecuación antivida, gracias a los bajos precios de estos lugares.

Vida en cafeterías de medio palo

Durante mi etapa de preuniversitario sobreviví a base de pan con medallón correoso y bolsas de yogur de soya, porque los chícharos que daban en el comedor, compactos y duros, eran como canequitas de cristal con un espiral en su núcleo. En la universidad, más de una vez, contando los quilos, le eché mano a un maní para que no me bajara el azúcar a la hora de enfrentar un examen de Teoría de la Comunicación.

Ahora que trabajo, mis colegas y yo hemos desarrollado el ritual de ir a tomar café barato a una cuadra del periódico. No levantaría a un muerto. No te dejaría toda una noche en vela. Mas, nos hemos hecho amigos del vendedor y darle un grito por la ventana con la cantidad que deseamos: «dos, cuatro, diez», resulta un desahogo. Todos necesitamos de vez en cuando gritar un poco para no caer en la locura.

También es barato. Antes valía un peso, después del reordenamiento aumentó a 10, y en esto que vivimos ahora -la crisis, el recrudecimiento, el más allá que para acá- subió a 15.

Así ha sucedido con todo este tipo de negocios. Sus precios han ido en aumento. Al final, las particulares representan un extra para las economías familiares de los dueños, un peso que se puede raspar por aquí y por allá; los del estado, por otra parte, de a poco, desaparecen y dan paso a los tiburones del cuentapropismo.

Igual, siempre quedará una que otra; porque los exiliados en las calles, los de carteras que parecen guiñapos de material sintético, los que no pueden permitirse una hamburguesa de 500 pesos, aunque tengan pepinillos y queso grillé, iremos a morir en ellas. 

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