Suena el timbre. La marea de pañoletas rojas penetra a borbotones en el aula. Silencio. La pizarra permanece vacía. Las tizas y el borrador en sus respectivas cajas. Estalla un murmullo. Salen de la nada el primer celular, las cartas de Yu-Gi-Oh. El maestro no ha llegado, ni llegará… Porque no tienen.
La primera consecuencia de la falta de profesores en los distintos niveles de enseñanza —y la más evidente— es el aprendizaje fragmentado. Un estudiante que no recibe clases de Lengua Española —o se las imparte un profe improvisado que no domina la materia ni le pone el ímpetu y la creatividad necesarios— jamás alcanzará la competencia comunicativa que exige el plan de estudios.
Redacción, comprensión lectora, análisis sintáctico, ¡todo queda a medio camino! Cuando esos estudiantes lleguen a la universidad o al mundo laboral, arrastrarán un déficit que ninguna formación posterior podrá reparar del todo. El lenguaje es la herramienta del pensamiento; sin dominio del idioma, el pensamiento se empobrece.
El caso de las Matemáticas es igual de calamitoso, pues se trata de una materia acumulativa: quien no aprendió fracciones o la tabla de multiplicar en la primaria difícilmente entenderá trigonometría o funciones en enseñanzas posteriores. La ausencia de un profesor estable provoca lagunas que se van agrandando curso tras curso.
Muchos adolescentes terminan la educación básica sin dominar operaciones elementales, saber interpretar una gráfica o calcular un porcentaje. Ello, más que afectar su desempeño académico futuro, atenta contra su vida práctica: no podrán manejar un presupuesto, interpretar estadísticas o acceder a oficios técnicos que requieren razonamiento matemático básico.
El inglés, por su parte, ha pasado de ser una garantía a convertirse en un lujo. Cuba necesita divisas, turismo, inversión extranjera, colaboración científica internacional, y todo eso requiere profesionales que sepan comunicarse en la lengua franca del mundo. Sin embargo, cuando en las escuelas no hay profesores de inglés —o los que hay tienen un nivel apenas básico—, la brecha entre quienes pueden pagar clases particulares y quienes no se ensancha hasta volverse un abismo.
Más allá de asignaturas concretas, la falta de maestros provoca una distorsión que termina perjudicando a todos. Cuando no hay un especialista, la dirección de la escuela asigna la materia a otro docente —a veces de otra asignatura, enseñanza o profesión— que acepta “tapar el hueco” con buena voluntad pero sin la preparación necesaria. ¿El resultado? Una enseñanza de baja, bajísima calidad.
Las asignaturas sin maestro estable se convierten en horas muertas: conversaciones, teléfonos ocultos bajo la mesa, salidas al baño que se alargan. Se instala una cultura del desinterés que después es muy difícil erradicar. El hábito de estudiar, esforzarse y respetar el conocimiento se erosiona día a día. Ante este escenario, muchas veces la escuela pierde su autoridad simbólica, su capacidad de convocar. Y una vez que esa autoridad se pierde, recuperarla cuesta el triple.
Las consecuencias se extienden más allá del rendimiento académico. La escuela es también un espacio de socialización y formación ciudadana. Un adolescente que pasa horas sin actividades dirigidas, que siente que la academia “no le ofrece nada”, es un candidato perfecto para la apatía. Cuando un joven deja de asistir a la escuela porque “para ir a perder el tiempo, mejor me quedo en casa”, algo ha fallado desde mucho antes.
Para los que logran terminar la enseñanza media, las consecuencias se trasladan a la educación superior. Las universidades cubanas se quejan cada vez más de que los estudiantes de nuevo ingreso llegan con graves deficiencias. Los profesores deben invertir los primeros meses —a veces hasta el primer año o todo el plan de estudios— en nivelar contenidos que deberían estar aprobados desde la secundaria, lo cual consume tiempo, recursos y aumenta la deserción en los primeros semestres.
Luego está el mercado laboral. Cuba necesita profesionales competentes en todas las ramas, pero especialmente en sectores estratégicos como la Salud, tecnología, ingeniería, la educación misma. Un joven que recibió una formación básica fragmentada será un profesional limitado, por muy buenos que sean los cursos de especialización posteriores. Cimientos débiles no sostienen edificios altos.
Por último —y mátenme por la frase hecha, pero esto no es, para nada, “lo menos importante”—, la falta de profesores de hoy está generando los profesionales que no querrán ser docentes mañana. Un estudiante que creció sin un buen profe de Matemáticas difícilmente sentirá vocación por impartir esa materia. Alguien que vivió el inglés como una asignatura fantasma no se imaginará dominándolo lo suficiente como para enseñarlo a otros. El círculo se cierra sobre sí mismo. La escuela cubana, que fue durante décadas un orgullo nacional, está sangrando su capital humano más valioso: no solo los maestros ausentes, sino los futuros maestros que nunca llegarán a serlo porque no tuvieron a quién imitar. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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