Urbano Martínez Carmenate con la mano se acaricia la boca, como quien busca tranquilizar cuerpo y discurso. Mira hacia las hojas que sostiene en la mano, luego levanta los ojos hacia el público presente en la Sala de Conciertos José White.
No en todas las tardes invernales se recibe el título Honoris Causa en Ciencias Sociales de la Universidad de Matanzas.

Hace poco minutos la rectora del Centro Docente, Leida Finalé, le había entregado el diploma que lo reconocía con tal condición. Él lo aceptó con esa parsimonia, normalmente signo de los sabios cubanos -una raza de la que cada día quedan menos- que lo caracteriza; asimismo, sostuvo los reconocimientos dados por parte de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec) y el Centro Provincial del Libro.

Antes, la doctora Bárbara Fierro, compartió las palabras de elogio sobre Urbano. Destacó su profusa trayectoria como escritor donde destacan sus biografías a Domingo del Monte, Bonifacio Byrne, José Jacinto Milanés y Alejo Carpentier. Resaltó su defensa de la matanceridad y aún más allá de la cubanidad a través de las letras húmedas, de la investigación paciente.
Más allá de su labor como escritor se habló de su trayectoria como maestro y profesional al servicio de instituciones como el Museo Provincial Palacio de Junco.

Sin embargo, ahora, el Premio Nacional de Historia 2022, menos agitado se acoteja sus estrechos espejuelos y comienza a leer el texto que redactó para la ocasión.
Cuenta sobre un niño que con 13 años ganó su primer premio relacionado con la escritura; de un joven que llegó a Matanzas, a una ciudad que en cinco décadas nunca lo ha defraudado; y de un señor que, aunque multipremiado, multireconocido y multiquerido, aún no logra quedarse quieto. «Es tonto quien se acomoda en los pedestales».
