Con el último desafío de recuperación efectuado entre Tigres de Ciego de Ávila y Leopardos de Santa Clara se corren las cortinas de la etapa regular de la Serie Nacional número 64.
El choque celebrado en el cuartel general de los Tigres, el estadio José Ramón Cepero, tenía una carga emotiva sumamente distinta para cada conjunto; por un lado, la tropa del experimentado manager Ramón More estaba a un paso de lograr una gesta compleja.
Ganar todos sus juegos de recuperación para incluirse en la fiesta de los playoffs y, por otra parte, los avileños, con un plantel renovado y ya eliminados de toda posibilidad de clasificar a la próxima instancia, solo salieron al terreno para cumplir con una indicación.
El último out cayó en el José Ramón Cepero, pero no sería descabellado pensar en la interrogante de si los outs se sacan dentro del terreno o el decursar de los acontecimientos le sacó el out 27 a la Serie Nacional.
En todas las ediciones precedentes del clásico doméstico de las bolas y los strikes, no recuerdo un torneo con el bodrio de situaciones lamentables que ha tenido la edición 64.
Nuestro principal espectáculo deportivo estuvo marcado por la confiscación de varios partidos, como consecuencia de la utilización de jugadores inhabilitados por parte de la dirección de los conjuntos.
En este sentido, el principal protagonista fue el representativo de Santiago de Cuba, que vio diluirse sus posibilidades de estar en la siguiente fase como consecuencia de los llamados jugadores impropios.
También tuvimos, a mediados de competición, el azote de un evento meteorológico que obligó a detener las acciones y reajustar el calendario competitivo.
Cuando apenas habían transcurrido unos días del embate del evento meteorológico a la zona oriental, se decidió retomar el torneo, en franco enfrentamiento contra la lógica y el sentido común.
Y sí es conocido lo que implica en materia logística y organizativa un retraso en el calendario competitivo, pero ¿quién se detuvo a pensar en el componente emocional que embargaba a los protagonistas principales de esta historia, los jugadores?
A modo de echar más leña al fuego, se vieron equipos que llegaban a los estadios en medios alternativos, por rotura de las guaguas que debían trasladarlos, árbitros que hicieron palpable su desconocimiento del reglamento y desafíos pospuestos por el arribo tardío de los conjuntos a las sedes.
Por si esta cantidad de eventos extradeportivos no fueran suficientes, también un equipo estuvo hasta tres meses sin recibir salario y jugando fuera de su provincia.
El béisbol para los cubanos es pasión, tradición e idiosincrasia, no se debe permitir que circunstancias ajenas empañen la imagen de un torneo que se caracterizó por la calidad de sus jugadores y el nivel competitivo.
Como no todo puede, ni es malo, el clásico doméstico también tuvo aristas positivas como el caso del regreso del conjunto de Holguín a instancias conclusivas.
También debe ponderarse la actuación de las novenas de Mayabeque y Villa Clara. Tanto Huracanes como Leopardos son conjuntos que a inicios del torneo no estaban en los planes para estar en la siguiente fase por la juventud de sus plantillas.
Desde lo individual, toca resaltar la actuación de los novatos Brander Guevara, Yosney García, Raider Sánchez y el holguinero Jorlis Bravo, todos con un excelente desempeño en la justa.
La idea no es culpar ni señalar a nadie, sino buscar soluciones y alternativas para evitar el declive de nuestro pasatiempo nacional en pos de retornar a las glorias de antaño. Una vieja frase plantea que “nuestro vino es amargo, pero es nuestro vino”, con sus errores e imperfecciones, no debe ser la Serie Nacional quien reciba el out 27.
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