Hay una gran pecera, cristal, plástico, algas falsas, burbujas de oxígeno y pequeñas luces. Está conectada a un Ecoflow en el suelo, en cuya pantalla se lee que la carga ronda el 43 %. Dentro: los Peces Disco, aplanados y rojos, como el sol de media tarde visto en escorzo, y con rayas cual pequeñas líneas que se trazan en los ojos cuando la luz nos golpea directamente, aletean imperturbables. Nada les importa. Nada les preocupa. Heriberto, acabado de despertar de una siesta, los contempla desde su cama. Quizá los envidie. ¿Quién no quisiera convertirse en un pez? Nada te importaría. Nada te preocuparía.
Los Peces Disco, Symphysodon según su nombre científico, son oriundos de las partes bajas del Amazonas. Habitan en aguas ácidas y blandas donde abunda la vegetación, en la cual se ocultan de las pirañas. Sin embargo, ahora nos encontramos en un pequeño pueblo en el interior de Matanzas, San Miguel de los Baños. Este tiene aguas duras y sulfúricas, una vegetación violenta que quiere borrar la civilización. Allí algunos hombres por su hambre y ambición desmedida son lo más parecido a las pirañas en los alrededores. Heriberto Denis Vasallo, desde el 2012 y desde este asentamiento a ocho kilómetros de la Carretera Central cuida la exótica especie.

Su esposa ahora corre las cortinas de la habitación y el resplandor del mediodía tornasola las aguas de la pecera que de azules asumen un tono verdoso. “Desde que soy pequeño he tenido afinidad por los peces”, me cuenta él. No me mira. Su vista me traspasa. Contempla a sus crías. Las pupilas imitan su movimiento. Por el poder de la mimesis, parece que nadaran también.
“En una ocasión los que tenía se murieron al cambiarle el agua, por el tema del cloro. Entonces Erick, mi hijo, me trajo unos Peces Disco que compró en Matanzas. Me gustaron tanto que busqué el pie de cría, la pareja de adultos necesaria para comenzar su reproducción. Desde ese momento comencé a fomentarlos”, relata.
“Él es modesto y no te habla de eso, pero te lo digo yo —salta Carilda. Heriberto hace un mohín con la boca—. Cuando él comenzó no había mucha información. Antes no existían las redes como ahora. Tuvo que estudiar mucho e ir poco a poco aprendiendo. Son muy difíciles de lograr. En Matanzas solo lo podía hacer él.


“Yo me dedicaba a venderlos, pero me quité de eso por el tema del agua y la electricidad —prosigue Heriberto—. San Miguel sufre mucho dichos problemas”, sus ojos bajan hasta el Ecoflow, que ya llegó al 39 %. Desde la madrugada, hace más de 12 horas, no hay fluido eléctrico, y han pasado más de dos semanas desde que la bomba se rompió y no llega el agua a las casas.
“¿Que si daba negocio? —repite mi pregunta—. En La Habana un adulto llega a costar 50 dólares”.
“Y hasta 70”, rectifica Carilda Falcón Tasé, la esposa, pendiente a la conversación.
Heriberto estudió dos años en el Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias, en La Habana, hoy Universidad Agraria de La Habana. Sin embargo, debió dejarlo: “Tenía que ir desde aquí hasta San José, Mayabeque, en motor y se me pelaba la cabeza”, explica. Suelta una media sonrisa, solo con la boca, porque sus ojos aún continúan en la pecera. Su vocación siempre se relacionó con la naturaleza, con esa paz que trae entender su orden implícito donde nada ocurre por azar.

Desde los 16 años, por sus habilidades en el trazado, lo captaron como especialista en cartografía y dibujo del suelo. “Lo dejé cuando empezó el chorizo económico este, en el 95”. Al contrario de la naturaleza, las finanzas de los países subdesarrollados no creen en orden implícito; y abandonan a los hombres a su azar. A partir de ahí se dedicó a la artesanía, labor con un fuerte arraigo en San Miguel. Más adelante, trataría de unir dos partes esenciales en su vida, la necesidad de subsistir y su gusto por comprender y dominar los diseños que creó Dios desde su mesa de trabajo y que conforman el medio ambiente.
Cuidó otras especies como los Oscar o el archiconocido Goldfish; luego se especializaría en los Discos. Crearía toda una infraestructura para su manutención, desde el montaje de un sistema de tratamiento de agua a especial —“la de aquí de San Miguel es muy dura; es decir, contiene altos niveles de calcio y magnesio”—, hasta una serie de peceras. No solo el de su cuarto, que funciona como estanque zen y salvapantalla, sino tres más en un cuarto de desahogo a un costado de la casa, que también funciona como taller de artesanía.


“Con estos peces qué sucede —interviene Carilda—, son muy complicados de lograr. También de ahí vienen los altos precios que alcanzan”.
“Son los más trabajosos que he tenido —prosigue Heriberto. Aunque él no me mire, yo a él sí. Calma de alguna manera contemplar los Peces Disco que son sus pupilas—. A la cría de estos se le llama engorde. Cuando estás haciendo el engorde, lleva un cambio de agua diario. Esta debe ser blanda y con un Ph bajo, de 7 o 7,5 por ahí. La edad reproductiva de las hembras inicia a los 10 meses aproximadamente, y la de macho a partir de un año o año y medio. Es muy difícil identificarles el sexo. A ojo, hay que tener mucha experiencia para hacerlo.
“Cuando se forma la pareja, debes ponerle un cono de cerámica y cuidar los cruzamientos, porque la genética te los hace un ocho. Cuando están a punto de aparearse, comienzan a temblar, a moverse para aquí y para allá. Después, picotean la cerámica para depositar la puesta. La hembra coloca los huevos y el macho va detrás a fecundarlos. A las 60 horas, brotan las primeras aletas de los huevos. Uno tiene que estar moviendo el agua constantemente para que se mantenga oxigenada. Luego, comienza el nado libre y se dispersan las crías.

“Ellos resultan un caso raro, porque parece que se amamantaran. Los adultos segregan un moco del cual se alimentan los más pequeños. A los cinco o seis días debes alimentarlos tú; para ello debes echarles a los alevines un crustáceo especial. Se les dan tres o cuatro veces al día, hasta que toman determinado tamaño. Cuando cumplen 12 o 13 días, empiezas a alimentarlos con lo mismo que a los padres: pasta, granos.”
Me comenta todo esto de seguido, casi sin respirar, de manera atropellada, con manoteo. Solo sus pupilas mantienen la serenidad. Cuesta seguir el discurso de alguien a quien no solo le apasiona un tema, sino también que lo domina.

También me explica que esa pasta con que se alimenta a los adultos se elabora a partir del corazón de vaca o de cerdo. La naturaleza en ocasiones parece que no ostenta principios morales. “Es fibra pura, con muchas proteínas —se encoge de hombros cuando le pregunto por qué el corazón específicamente—. Ahora eso se dificulta. Antes, ibas a cualquier matadero y resolvías, pero ahora todo está malo”.
“Sigue con su modestia, pero para eso estoy yo aquí —vuelve a interrumpir la esposa. Heriberto no se inmuta. Después de décadas de matrimonio, tal vez haya comprendido que al igual que a la naturaleza hay que dejarla ser—. Es asesor de todos los Acuaristas del país. En Cuba existe la Sociedad Cubana de Acuarofilia, integrada por todos aquellos amantes de dicho hobby. Todo empezó cuando lo contactaron unos muchachos que criaban Bettas que no lograban, se les enfermaban, se les morían. Él le enseñó cómo regular el agua, para que se les dieran”.
Por un momento, Heriberto observa a Carilda. Parpadea un poco y luego revisa el Ecoflow, que ya anda por el 35 %. Levanta un poco los párpados. Su expresión serena hasta el momento se ensombrece. “Realmente he descuidado mucho la cría”, comenta. Heriberto, aunque quisiera, no podría convertirse en pez. A él le importa. Él se preocupa.
Los Peces Disco no se enteran de que en San Miguel hace 12 horas no hay corriente y dos semanas, bombeo; tampoco que pueden llegar a costar 70 dólares en el mercado del trueque tropical, que nunca conocerán el Amazonas, ni que hay un señor, como un dios a escala humana, que los nutre y permite que se apareen y hasta que respiren. Ellos solo continúan con movimiento perpetuo e imperturbable, como siempre lo han hecho y lo harán. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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