“Me levanté riquísisisisisisisisisisisisisisimo…”. No puedo decir lo mismo cuando cuatro bafles a la máxima potencia interrumpieron mi sueño apenas a las 8:30 a. m. No sé si le sucede al resto, pero mi corazón se acelera con esa música estridente, el pulso se sincroniza con el “bum bum bum” y parece que me va a dar un paro ahí mismo.
Estoy de vacaciones en El Roque, pueblito de campo donde vive mi familia materna. Como todos los de su tipo, posee un parque en el centro, frente a la iglesia. Justo ahí, en una de sus esquinas, las bocinas se erigen orondas bajo un sol que raja las piedras, delante del cine que no es cine. El ruido recorre todas las calles y anuncia el inicio de la “fiesta” que, según los vecinos, será hasta las 6:00 p. m.
Siento el llanto de mi primito a lo lejos, cuando realmente está en el cuarto de al lado. Ni siquiera la gritería de un niño de seis meses, que espera ansioso ver a su mamá, puede escucharse en medio de tanta algarabía.
Pienso en Cacha, la señora de 80 años encamada luego de librar la batalla contra el chikungunya. “Pero su mente es privilegiada; está clarita”, no deja de repetir su hijo. La pobre Cacha, con lo que aprecia la tranquilidad, debe estar deseando que la tierra se la trague con cama y todo.
La música la envió la Dirección Municipal de Cultura por el fin de año. “Deberían tener en cuenta la contaminación ambiental a causa del ruido y el malestar que esto genera en una parte considerable de la población”, comenta mi abuela, mientras corre por toda la cocina para aprovechar la corriente.
Luego de repetir durante horas los mismos artistas y el género, el DJ intenta cambiar el repertorio y emite canciones suaves, de épocas pasadas. Solo unos minutos más tarde varios jóvenes, inconformes con semejante falta de consideración, piden volver a “la normalidad”.
En lo personal, no soporto el género defendido por ellos. Debido a múltiples actividades como esta, donde no existe variedad, el rechazo ha crecido con el tiempo. Pero no busco ahondar en la sinrazón de sus letras, en la ínfima calidad artística de la composición musical, en el plagio irrespetuoso y ridículo. No. El reparto, exquisito ejemplo de antiarte —algo así como el Fluxus, pero más popular— está, para mi desgracia, en todas partes.
Cuando llegó el esperado apagón, una planta eléctrica apareció milagrosamente para continuar. En la casa, mi familia estaba desesperada; mi primito no pudo dormir al mediodía y lloraba todo el tiempo. Mientras tanto, Cacha sigue ahí, acostada como siempre. Aguarda con paciencia la llegada del silencio. Yo no he podido leer ni una página ni descansar, que es a lo que supuestamente vine a este lugar que tanto se parece al fin del mundo.
Unos niños bailan al son del Bebeshito y repiten la letra de Papita frita del pi al pa. Por curiosidad hablo con ellos y les pregunto si no prefieren temas infantiles. Solo consigo que me enseñen la obra completa del Taiguer.
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El problema, sin embargo, no reside en el tipo de música, sino en el volumen ensordecedor y su continuidad en el tiempo. Silvio Rodríguez, Los Van Van, The Beatles o hasta un coro celestial agobiarían igualmente.
A las 4:00 p. m. guardaron todos los equipos y terminó la “fiesta”. Me alegro de que suceda antes de lo planificado y veo cómo la calle queda vacía poco a poco. Percibo desánimo en algunas miradas y comprendo que no todos estábamos molestos con el desarrollo de la celebración.
Aunque entiendo la necesidad de divertirse y de que este tipo de festejos populares sucedan, no concibo que deban realizarse a expensas de incomodar y aturdir. ¿Y los ancianos? ¿Y las personas enfermas? ¿Y los más pequeños? ¿Y quienes no están de ánimo? ¿Y los que sufren una pérdida reciente y desean respetar la memoria de su ser querido?
Luego de filosofar sobre el asunto mientras me baño, abro La vida real, de Miguel Barnet, tras reprimir los deseos durante el día. Espero regresar a esa realidad ficticia, porque “la vida real” está distorsionada, quizá por el ruido que todo lo desajusta.
Ahora me resta esperar el próximo cumpleaños, el próximo fin de año… es decir, la próxima jornada de ruido que nunca pedí, que nunca pedimos, y sacar paciencia de donde ya no me queda mucha.
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Es «NORMAL» ese ruido a diario, al menos las personas lo ven como algo cotidiano. Son las motorinas con bocinas extremas, la cafeteria o mercado de la esquina, el grupo de muchachos a veces no tan muchachos!! Infinita seria la lista. En el Reparto 13 de Marzo en Cardenas comparten el escenario, la nueva Carpa al lado del Fuerte, el antiguo Rápido, y los viernes de karaoke del punto de venta en la otrora guarapera de Jeny que se apodera de la calle con pantalla gigante y todo. A nadie parece importarle. Y a los que protestamos nos miran con mala cara. Y hablo de el horario de la noche! El caso del reporte al menos es de dia.