Tengo un año atorado en la boca del estómago

Tengo un año atorado en la boca del estómago
Tengo un año atorado en la boca del estómago

Acababan de dar las 12 de la noche. Oficialmente comenzaba el 2026. En la puerta de Urgencias del Faustino, un camillero y un custodio sacaron la cabeza del cuello de su abrigos, donde se protegían de la madrugada, para felicitarse. Yo sentí pequeños ruidos (exclamaciones, bullas, petardos quizás) en la ciudad que baja en abanico desde el hospital. Quise celebrar también. Quise gritar y observar cómo mis palabras tomaban forma al condensarse por el frío.

Sin embargo, aún tenía el 2025 atorado en la boca del estómago. Me dolía el año. Me doblaba sobre mí mismo. El muy desgraciado no quería salir de mí.

Horas antes, mientras comía con mi familia, tal vez en el mismo punto en que me llevaba a la boca un pedazo de yuca con mojo, comenzaron las palpitaciones. No pude tragar nada más. El bistec quedó a medias. Yo en la silla, levanté las piernas y me abracé las rodillas, a ver si así, en la postura de un ovillo, me protegía de aquello que me corrompía el interior. Mas, cuando un año comienza a podrirse dentro de ti, no hay nada que puedas hacer.

Mi madre que no me creyó cuando le conté eso, que el 2025 me había sentado mal, me dio pastillas. Omeprazol. Domperidona. Peptobismol. Yo quería decirle que no. Nada de eso funcionaría. Los fármacos no pueden purgar el tiempo que se echa a perder en tu vientre. Traté de dormir. A lo mejor si despertaba de repente en el nuevo año todo desaparecería. Me moví en el colchón de la misma manera en que me sentía en ese momento, como un perro. Ni a la derecha ni a la izquierda ni al centro lograba calmarme.

No pude aliviarme. Mi madre, asustada, imaginaba un aire en mi corazón, una apendicitis, una herida supurante en el intestino, una pancreatitis. Yo, yo le iba a repetir que no era nada de eso; sino que ahí, dos dedos debajo de mi plexo solar, se me habían acumulado todos los malos amores, todos los apagones donde me sentí como una gaviota atrapada en un derrame de petróleo, sujeto a horas crudas, todas las ocasiones en que el dinero no me llegó a fin de mes.

Ella, al final, desesperada -qué madre entiende que a un hijo suyo le duela un año-, me llevó para el Faustino. Los hospitales siempre me han deprimido. Normalmente, en la vida cotidiana uno espacia los encuentros con la desgracia; mas, en ellos toda se reúne, crea un vórtice de pesar, en un edificio que huele a creolina y pus.

Sin embargo, en una fecha como el 31 de diciembre, deprime el doble. Sabes que a los que están ahí, tanto trabajadores como pacientes, nos les quedó otro remedio. Se hallan en uno de los extremos del deber o de la desesperación, respectivamente. Al llegar allá, por los pasillos paseaban un viento gélido y alguien que arrastraba una camilla con un fallecido tapado solo con una sábana que le cubría el rostro. Pensé, en medio de mi locura, si solo con esa sábana no pasaría frío el muerto.

En el Cuerpo de Guardia me tendieron en una mesa de metal. Un residente de Cirugía me palpó el abdomen. Preguntó cuándo empezaron las palpitaciones, qué había comido en los últimos días. Yo, yo quería comentarle que nada de eso importaba, que era el jodido 2025, con sus tasas de cambios, con sus arbovirosis, con sus crisis económicas, que no quería acabar de marcharse. Él, al final, no se dio cuenta de ello, tampoco lo culpo, resultaba una situación en extremo rara, y me mandó a hacerme un ultrasonido.

En Rayos X los médicos jugaban dominó y escuchaban al Bebeshito en una pequeña bocina dentro del cuartico de la guardia. Me apenó interrumpir su celebración. Intentaban matar los pesados humores de la noche. Uno de ellos me hizo el ultrasonido. Tendido en una cama salpicada de gel que se me pegaba al pulóver, esbozó mi vientre. Pensé que en el monitor aparecería que en la boca de mi estómago chapoleoteaba una gaviota o una masa negra, como cuando la gravedad se densa al explotar una estrella; pero no, solo tenía el duodeno un poco inflamado.

Un especialista en Medicina Interna, al que vi por último, me diagnosticó una gastritis con duodenitis aguda. Quise, quise decirle que tal vez así se mostrara clínicamente, pero que, en realidad, no era eso. Mas, en ese instante, después de horas en las que rabié de dolor, no me quedaban fuerzas para discutir ni argumentar nada.

Una enfermera me puso una antiespasmódico para aliviarme. Me frotó la carne con alcohol, me inyectó con un movimiento lento. Le pedí que me dejara el algodón, porque me sangraba el brazo, pero igual ella se lo llevó.

Mientras en la puerta de Urgencias el camillero y el custodio se felicitaban, las últimas gotas de sangre brotaban de la herida y se deslizaban por mi antebrazo. Al escuchar los vítores lejanos de la gente que celebraban el final de un año y el comienzo del otro, la medicina aún no había hecho efecto y yo continuaba doblado sobre mí mismo. El 2025 se negaba a irse p’al carajo.

Todo esto lo concebí como un mal presagio. Una semana y pico después, me percato de que tenía razón: el 2026 inició fuerte y violento, bombas cayeron en Venezuela y murió una amiga poeta.

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