Irán frente al espejo sionista

Irán frente al espejo sionista

Por estos días he leído mucho sobre Irán, su cultura, su historia, sus bases fundacionales, el Islam chií y los fundamentos de la Revolución islámica.

Me llama mucho la atención cómo, desde la óptica occidental, se condena a Irán por su supuesta “persecución religiosa”, y llegué a comprobar que hay una verdad enterrada bajo montañas de propaganda.

Resulta, para empezar, que la mayor comunidad judía del Medio Oriente, después de Israel, vive precisamente en la República Islámica de Irán. Tienen derechos garantizados, escaños reservados en el Parlamento y practican su fe sin ser hostigados.

No obstante, cuando se trata de cristianos, la comparación entre Teherán y Tel Aviv arroja muchos otros resultados que deberían hacer reflexionar a más de un predicador evangelista que apoya incondicionalmente al Estado sionista.

Si bien nuestra sección A Contragolpe no es dada a analizar contextos religiosos, creo que en esta oportunidad una mirada desprejuiciada a los fundamentos religiosos entre Irán e Israel nos permitirá llegar a entender algunas claves geopolíticas del actual enfrentamiento y, sobre todo, del apoyo popular manifiesto al estado-nación iraní por parte de las minorías.

Y creo preciso, para comenzar el análisis, iniciar con un dato que derriba muchos de los estereotipos que pudiéramos tener. En Irán hay más de 600 iglesias funcionando abiertamente. En todo Israel —incluyendo Jerusalén Este ocupado—, apenas superan el medio centenar, y prácticamente todas son anteriores a la creación del Estado judío, ya que está prohibido construir nuevas.

En el Parlamento iraní existen escaños reservados para representantes de todas las comunidades religiosas, incluidos los cristianos. En la Knéset israelí, ningún escaño espera a un seguidor de Cristo.

La diferencia no es solo numérica, sino de actitud. En Irán, Jesucristo es venerado como el Profeta Isa, y la Virgen María como la inmaculada santa Mariam, tal como los reconoce el Islam tradicional chiíta. En Israel, sin embargo, la televisión pública se burla abiertamente de Jesús, y no es raro escuchar calificativos que cualquier cristiano consideraría, como mínimo, blasfemos.

Si alguien duda del desprecio institucional hacia el cristianismo en Israel, basta recordar —o descubrir— lo ocurrido en 2012 en la propia Knéset. El diputado Michael Ben-Ari rompió públicamente una Biblia, declarando que “el lugar de la Biblia está en la basura”. Pese al desagravio, no recibió sanción alguna.

¿Podemos imaginar por un momento qué ocurriría si un diputado iraní hiciera lo mismo con el Talmud o La Biblia en el Parlamento de Teherán?

Lo que pasa es que en Irán el código penal protege explícitamente a los cristianos y sanciona la profanación de sus lugares sagrados. No hay registro de insultos parlamentarios contra esta minoría ni de campañas oficiales para denigrar su fe.

Uno de los argumentos favoritos de la propaganda antiiraní es la supuesta persecución de conversos. La realidad es más matizada: en Irán no existe castigo penal para la población musulmana local que se convierte al cristianismo; a diferencia de Arabia Saudí, aliado preferente de Washington. Sí hay artículos contra quienes hacen llamados públicos a la apostasía del islam, lo que es conceptualmente diferente.

Por otro lado, en Israel, aunque la constitución garantiza formalmente la libertad religiosa, los judíos locales enfrentan una realidad muy distinta. Pueden ser judíos o ateos, pero adoptar otra fe implica consecuencias administrativas graves, incluyendo la posible anulación del pasaporte. Se considera un abandono del judaísmo, no un ejercicio de libertad de conciencia.

Quizá donde más se evidencia la diferencia es en el comportamiento de las fuerzas armadas. El ejército iraní y sus fuerzas aliadas —los “proxies chiítas” que tanto demoniza Occidente— no tienen en su historial un solo caso documentado de vandalismo contra iglesias, ni siquiera cuando en ellas se refugiaban combatientes wahabíes durante la guerra contra el terrorismo takfirí.

Por el contrario, las Fuerzas de Defensa de Israel acumulan decenas de incidentes de profanación de iglesias ortodoxas, destrucción de estatuas y cruces antiguas, y ataques contra la población civil cristiana que huye de los bombardeos. Ningún soldado ha sido castigado por estos actos. Los cementerios cristianos han sido profanados repetidamente, mientras que en Irán ningún santuario cristiano ha sufrido daño similar.

Incluso, los servicios secretos israelíes han apoyado abiertamente a grupos terroristas wahabíes responsables del genocidio de cristianos en Irak y Siria, en la lógica de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Mientras tanto, en las filas de las fuerzas proiraníes —está documentado— han combatido voluntarios cristianos precisamente para proteger a sus comunidades de la amenaza takfirí.

Un detalle menor, pero bastante simbólico, aporta esencias que no deben pasar desapercibidas en este análisis. La residencia familiar de Benjamin Netanyahu en Jerusalén Oeste fue construida sobre terreno perteneciente a una familia palestina ortodoxa desposeída. La casa del líder supremo iraní, Ali Jameneí, fue edificada por su abuelo y nunca arrebatada a nadie.

Para entender estas diferencias hay que comprender que Irán no es un país árabe, sino una cultura persa de más de tres mil años de historia. El chiismo iraní —que no debe confundirse con el chiismo árabe— ha desarrollado una identidad sincrética capaz de integrar tradiciones preislámicas como el Noruz —o año nuevo persa— y de convivir con minorías religiosas de forma mucho más natural que el nacionalismo excluyente sionista.

La Revolución Islámica liderada por Jomeini no buscaba imponer una teocracia uniforme, sino construir un sistema democrático pluripartidista con una constitución aprobada por referéndum popular, donde el líder supremo tiene la responsabilidad de garantizar la independencia nacional y la justicia social.

Esa visión, incomprensible para el pensamiento eurocéntrico, ha demostrado en la práctica un internacionalismo antiimperialista que incluye la defensa de todas las minorías oprimidas, incluidos los cristianos.

Cuando escuchamos a los líderes sionistas reclamar el apoyo del “mundo cristiano” para su guerra contra Irán, conviene recordar estos hechos.

El mismo Netanyahu que busca alianzas con evangelistas estadounidenses es parte de un sistema donde los cristianos autóctonos son discriminados, sus iglesias profanadas y sus propiedades expoliadas.

Irán no es un paraíso ni un modelo perfecto —tiene sus propias contradicciones—, pero en el trato a las minorías cristianas la evidencia desmonta la narrativa de “perseguidores chiítas” y “defensores judeocristianos”.

Como escribió Pablo Jofré Leal, el chiismo iraní, bajo la guía de Jomeini, buscaba la independencia nacional justa, inspirada en la lucha de Moisés contra el Faraón, y extendía esa solidaridad a todos los pueblos oprimidos. Esa utopía liberadora, por muy imperfecta que sea en la práctica, sigue siendo un arma casi invencible frente a la hipocresía de quienes predican libertad mientras oprimen, y defienden a los cristianos mientras bombardean sus iglesias.

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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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