«Esta es una oportunidad de oro ahora mismo en función de quién está en el gobierno». La frase no la pronunció un militar retirado ni un halcón de la guerra, sino Jim Taiclet, director ejecutivo de Lockheed Martin, en una conferencia con inversores para presentar los resultados del primer trimestre de 2026.
La «oportunidad de oro» a la que se refería Taiclet no era un nuevo mercado tecnológico o una innovación industrial. Era la guerra —la guerra estadounidense-israelí contra Irán—, cuyos misiles fabricados por su empresa llovían sobre la población civil persa mientras sus accionistas engordaban sus carteras.
Así funciona el capitalismo en su fase más depredadora. La muerte no es un drama humano, sino un indicador bursátil. Y las niñas iraníes asesinadas en sus escuelas no son víctimas, sino «externalidades» o «daños colaterales» del negocio.
Dicen los expertos que el negocio de la guerra no conoce recesión. La misma semana en que el Pentágono anunciaba un presupuesto récord de 1,5 billones de dólares —un aumento de 500 mil millones respecto al año anterior—, Lockheed Martin recibía dos contratos multimillonarios. Uno de 4 700 millones para acelerar la producción de interceptores Patriot PAC-3, y otro de 1 900 millones para servicios de mantenimiento.

La empresa reportó ingresos de 18 mil millones de dólares en el primer trimestre de 2026 y prevé un crecimiento de hasta el 37% en sus ganancias anuales. Las palabras del propio Taiclet —»Estamos bien posicionados en función de los recursos más disponibles para nosotros»— desnudan la hipocresía de quienes ven en la muerte solo la posiblidad de aumentar las ganancias.
Ahora, ¿esos recursos de dónde salen? De los impuestos de los trabajadores estadounidenses, que ven cómo se recortan 73 mil millones de dólares en vivienda, salud y educación para financiar una máquina de matar que ni siquiera reporta dividendos a sus conciudadanos, sino a los accionistas de las grandes corporaciones bélicas.
La administración Trump ha modificado las reglas de contratación para que Lockheed Martin quede protegida incluso si el Congreso decide cancelar proyectos en el futuro. Taiclet ha confirmado que «si por alguna razón el gobierno decide que la tasa de producción no será tan alta en el año cinco o seis, o hay un cambio en el Congreso que altere la naturaleza de cómo se puede ejecutar este acuerdo… no nos veremos perjudicados por eso».
En otras palabras, tienen beneficios privatizados, riesgos socializados. Un contrato blindado para que los accionistas nunca pierdan, aunque la guerra se acabe o aunque la guerra mate.
Por otro lado, ¿a alguien le interesa el costo humano de esta «oportunidad de oro»? El 28 de febrero de 2026, el mismo día en que comenzaba la guerra, un misil estadounidense impactó en un gimnasio de la localidad de Lamerd, al sur de Irán, mientras un equipo juvenil femenino de voleibol entrenaba. Murieron alrededor de 21 personas, muchas de ellas adolescentes. Elham tenía 11 años y soñaba con ser profesional. Helma, 10 años, ya no volverá a verse con su primo.
En otro ataque, separado por horas del anterior, una escuela de niñas en Minab quedó reducida a escombros con un saldo de más de 160 víctimas mortales, la mayoría menores de edad.
Ataques estos de los que Lockheed Martin, RTX, Northrop Grumman y otras grandes empresas de defensa son proveedoras directas con sus misiles Tomahawk, sus THAAD y sus nuevas municiones de precisión.
En medio de este escenario de «oportunidades» es preciso recordar que Donald Trump llegó a la presidencia prometiendo a sus votantes que no habría más guerras. «Acabaré con las guerras, no las iniciaré», repetía en campaña. Pero la realidad ha sido bien distinta.
En febrero de 2026, Trump anunciaba por televisión el inicio de los ataques masivos contra Irán, y desde entonces el Pentágono ha gastado miles de millones en una campaña que no tiene fecha de finalización. La excusa es siempre la misma, mientras que objetivo real, sin embargo, no parece ser otro que seguir alimentando la máquina que convierte la tensión geopolítica en beneficios para los grandes contratistas.
Mientras la población estadounidense ve cómo los precios de la gasolina se disparan, la inflación erosiona sus salarios y los recortes gubernamentales afectan sus servicios básicos, los ejecutivos de Lockheed Martin festejan en sus juntas de accionistas la «oportunidad de oro». La guerra se libra con sus impuestos, pero las ganancias son privadas. La muerte es pública. El negocio, privado.
Eisenhower, un presidente del mismo partido de Trump advirtió hace más de seis décadas sobre el peligro de «la adquisición de influencia, ya sea deseada o indeseada, por parte del complejo militar-industrial». Eisenhower, un general de cinco estrellas, sabía de lo que hablaba. Pero su advertencia, lejos de ser atendida, se ha convertido en el plan de negocios del capitalismo estadounidense del siglo XXI.
El «potencial para un desastroso crecimiento de poder en las manos equivocadas» se ha hecho realidad. Y esas manos no son las de los generales, sino las de los directivos de las grandes corporaciones de defensa, que ven en cada conflicto, en cada escalada, en cada misil lanzado contra una escuela, una subida en el precio de sus acciones.
En definitiva, la guerra es la máxima expresión del capitalismo estadounidense. Es la expresión de una economía en función de la muerte y múltiples intereses. Y no porque sea inevitable, sino porque es extraordinariamente rentable para una pequeña élite que controla el gasto público, la política exterior y las reglas del mercado.
Lockheed Martin y su «oportunidad de oro» son solo la punta del iceberg de un sistema que ha convertido la muerte de decenas de niñas iraníes, o en la destrucción de Gaza, en el perenne enfrentamiento entre coreanos, o rusos y ucranianos, en un producto financiero más.
Mientras tanto, el ciudadano medio —estadounidense o iraní— paga el precio, bien con sus impuestos, bien con su vida. Y los ejecutivos de la guerra se frotan las manos, ya que por cada niña asesinada en Lamerd, un accionista de Lockheed Martin ingresa unos dólares extra en su cuenta bancaria. Esa es la ética del capitalismo en guerra. Esa es su «oportunidad de oro».
