Cada año, cercano al 3 de marzo, fecha de nacimiento en Matanzas de Bonifacio Byrne (1861-1936), se le rinde homenaje al poeta, periodista y patriota, con una jornada auspiciada por la Casa de la Cultura que lleva su nombre, la Dirección Municipal de Cultura y el Centro Provincial del Libro y la Literatura.
En dos ocasiones se ha hablado de Byrne como posible personaje dramático, a partir de la biografía escrita por Urbano Martínez Carmenate: Byrne, el verso de la Patria. Siempre es una especulación que mezcla lo ficcional con lo rigurosamente histórico.
¿Qué puede atraer de Byrne como personaje dramático? ¿Qué sucesos conforman esencias de la vida y obra de un hombre que vivió en la Colonia y la República, el exilio y el regreso a su país natal, que escogió a Matanzas para siempre volver y morir?
Un dramaturgo selecciona sucesos de posibles escenas y personajes que se constituyan en signos en un argumento que parte de la historia.
Byrne, desde mi punto de vista, no tiene los atractivos de Milanés, Zenea, Plácido, la Avellaneda, Virgilio Piñera, Martí, Céspedes, Carilda y, quizá Villena; a la vez, lo tiene todo para develar una época y su complejo tránsito por ella.
Cada vez que me enfrento a la biografía de Urbano, selecciono fragmentos que resultan escenas a las que hay que dar vida con diálogos y acotaciones que indaguen en el ser humano que fue Byrne.
Hay mucho de Matanzas y la Cuba de la época en él, pero no como puedes encontrarlo en Milanés o en Plácido. En Byrne todo es más apacible, aparentemente, y creo que la maestría de Martínez Carmenate está en revelar que todo va más allá de sus momentos más conocidos, que a veces se circunscriben a ser el poeta de “La bandera”.
La agudeza crítica y la sabiduría para fusionar los conflictos del ser humano y la sociedad de finales del XIX y principios del XX están entre los valores y aportes del biógrafo, y la materia que entrega a un dramaturgo… o a un guionista.
Cuando subrayo tales fragmentos en el libro publicado en el 2012 por Ediciones Matanzas, lo hago porque en ellas se encuentran el núcleo de lo que puede convertirse en una escena dramática. Seleccionar, organizar, recrear esos momentos para el teatro constituye un desafío.
Byrne está hecho de una materia dramática, cuyas esencias hay que revelar para que se vuelva un personaje dramático. Lo narrativo y lo histórico funcionan de una manera en la página impresa, pero de otra sobre las tablas.
De todos modos, este “juego” con un potencial material dramático es una especie de taller-diálogo con el que escucha o lee, que invita a leer el original, realizar otras búsquedas, incitar al dramaturgo a construir el personaje, sus universos, y a los futuros espectadores, la atmósfera en la que habitará Byrne, que no es solo el autor del poema “Mi bandera”, es mucho más.
Esos instantes de Bonifacio Byrne se relacionan con nosotros, nos llevan a reflexionar sobre la historia, la identidad nacional. Quizás ahora mismo, en este 2026, nos habla a todos de una manera inusual, transgresora, inquietante. Y eso, que es una incitación, lo convierte en una potente criatura dramática para el teatro cubano. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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