El Cinematógrafo: Canción triste de Bruce Springsteen

El Cinematógrafo: Canción triste de Bruce Springsteen

La historia del cine está llena de momentos dignos de la frase de Goethe: “¡Detente, instante, eres tan bello!”. Esos que al pasar quedan, como la vida en aquel verso de Antonio Machado, y quisiéramos atraparlos para siempre, separarlos de sus respectivas películas y contemplarlos en bucle, hasta desgastar la tecla de retroceso. El último momento así de poderoso que he encontrado en la cosecha más reciente pertenece a Springsteen: Deliver me from nowhere.

La grandeza que toda ella contiene se puede analizar a lo largo de sus dos horas, y muy particularmente en una secuencia, y mejor aún, en solo seis de sus planos consecutivos. A la manera de un cortometraje insertado en un largo, estos fugaces segundos se han convertido en mi preferencia de todo lo estrenado en 2025 que hasta ahora he conseguido ver.

Me refiero a la secuencia acompañada por la canción My father’s house, a medias entre el presente a color y el pasado en blanco y negro, y en concreto al instante donde el pequeño Bruce Springsteen (Matthew Anthony Pellicano) camina por su hogar y se detiene a mirar a su padre (Stephen Graham), sentado en el comedor. Este, mientras bebe y fuma sin mirarlo, le pregunta con hosquedad “¿Qué quieres?”, y es de pronto un adulto Bruce (Jeremy Allen White) quien le contesta “Solo escuchar tu voz”, a partir de lo cual intercambian miradas.

Ya está. Seis planos. Apenas 30 segundos. ¿Qué tiene este fragmento de la historia del cine para no ser automáticamente uno más?

A simple vista y oído, no se trata de una set-piece demasiado compleja ni espectacular, sino de un brevísimo diálogo “a la hawksiana”, que es decir cámara a la altura de la mirada; reposado, escueto y sencillo, para nada fuera del alcance de unos buenos estudiantes de cine, pero por alguna razón muy extraño y de una intensidad difícilmente explicable. Es a la vez flashback y ensueño, recuerdo de lo que fue y deseo de lo que podría ser: su primera mitad ocurrió, su segunda mitad debería haber ocurrido. Un poco la estructura de Mulholland drive pero en pequeñito y a la inversa, ¿no?

El Cinematógrafo: Canción triste de Bruce Springsteen

Para adentrarnos a fondo en esos seis planos y en el porqué de mi admiración hacia ellos, conviene ubicarlos dentro del resto de la película a la que corresponden y de la que son algo así como el corazón, el órgano donde confluyen todas las ideas como venas que de él se alimentan

Pertenecen, como digo, a una secuencia musical montada entre presente, pasado e imposible, a la que llamaremos el segmento My father’s house, donde el personaje de Springsteen canta esa canción a guitarra en la soledad de su nueva casa —por momentos con la voz de Allen White, por momentos con la del propio Springsteen, en un alarde absoluto de imitación vocal por parte del primero—, mientras que de sus notas brotan imágenes de su infancia y de la tormentosa relación que desde entonces ha sostenido con su padre.

El segmento My father’s house, que apenas llega en su totalidad a los tres minutos de duración, está ubicado a la hora con 23 minutos de metraje. Arranca cuando Springsteen dice a su mánager, Jon Landau (Jeremy Strong), “Me queda una pista más por grabar”, y concluye justo tras el flashback-ensueño en cuestión, con una conversación entre Landau y el productor de Columbia Records, Al Teller (David Krumholtz), sobre la naturaleza oscura y anti-comercial del álbum Nebraska, aquel en el que Springsteen está trabajando y para el que compone canciones como esa, introspectivas hasta los huesos y de sonoridad árida, en un claro riesgo para su ascenso al estrellato mundial.

Ya le hemos visto triunfar con el Born to run y The river, enamorar a una camarera llamada Faye Romano (Odessa Young), mudarse a una remota casa en Nueva Jersey cerca de donde creció, tomar sus primeros apuntes a mano en un cuaderno y dar forma a las primeras grabaciones de ese misterioso álbum con el que piensa retornar a sus oyentes “sin singles, sin giras, sin prensa”, en lo que supone una de las más emotivas recreaciones del acto de crear desde El tormento y el éxtasis, la película de Carol Reed sobre cómo Miguel Ángel se opuso a todo, hasta al Papa, con tal de acabar la Capilla Sixtina a su ritmo y a su manera, y cuyo título describe proverbialmente la trayectoria de Nebraska.

Porque el Springsteen de esta etapa solo alcanzará el éxtasis autoral después de dominar su tormento. Sea cual sea, parta de donde parta, lo mismo de la noche en que golpeó a su padre con un bate en la espalda que de la primera vez que entró a un bar para sacarlo tambaleante.

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La letra de My father’s house narra precisamente la historia de un intento de reconciliación paterno-filial. Lo hace además mediante una atmósfera nocturna, tenebrista e irreal, prueba de la influencia que en la escritura de Springsteen ha tenido el cine con obras como La noche del cazador (1955, Charles Laughton), que tan reveladora es de los terrores de la infancia y tan expresiva en sus imágenes: la silueta siempre siniestra del falso predicador y ogresco padrastro que hacía Robert Mitchum, el cadáver hundido de la madre con los cabellos flotantes y confundidos entre las algas, los arácnidos y anfibios atestiguando en silencio la huida fluvial de los niños temerosos por su vida… El reverso oscuro de la americana más pura.

El bardo de Nueva Jersey inicia con un “Anoche soñé…” y verso a verso describe la vuelta a casa de un niño al oscurecer, su pánico progresivo al salir de la floresta, escapando de voces y horrores indescriptibles a sus espaldas, y su catártica caída entre los reconfortantes brazos de su padre, para luego contraponer ese relato onírico (que pudo o no pasar) a la dura realidad de que, ya adulto, aquel trémulo infante no se habla con su salvador.

Por su importancia para la comprensión final de la escena y en homenaje a su propia belleza, reproduzco a continuación por entero, en inglés original y traducida al castellano, My father’s house:

Last night I dreamed that I was a child,

(Anoche soñé que era un niño,)

Out where the pines grow wild and tall.

(Allí donde los pinos crecen salvajes y altos.)

I was trying to make it home through the forest,

(Estaba tratando de llegar a casa por el bosque,)

Before the darkness falls.

(Antes de caer la oscuridad.)

I heard the wind rustling through the trees

(Oí el viento susurrar entre los árboles

)And ghostly voices rose from the fields.

(Y voces fantasmales salían de los campos.)

I ran with my heart pounding down that broken path,

(Corrí con el corazón en un puño por esa senda rota,)

With the Devil snapping at my heels.

(Con el Diablo pisándome los talones.)

I broke through the trees and there in the night

(Crucé entre los árboles y allí en la noche)

My father’s house stood shining hard and bright.

(La casa de mi padre estaba toda luminosa)

The branches and brambles tore my clothes

(Las ramas y zarzas rasgaron mis ropas)

And scratched my arms,

(Y arañaron mis brazos,)

But I ran ‘til I felt shaking in his arms.

(Pero corrí hasta caer temblando en sus brazos.)

I awoke and I imagined the hard things that pulled us apart

(Desperté e imaginé que los problemas que nos separaron)

Will never again, sir, tear us from each other’s hearts.

(Nunca más, señor, nos alejarían en nuestros corazones.)

I got dressed and to that house I did ride.

(Me vestí y hasta esa casa conduje.)

From out on the road I could see its windows shining in light.

(Desde la carretera podía ver la luz brillando en sus ventanas.)

I walked up the steps and stood on the porch.

(Subí los escalones y me paré en el porche.)

A woman I didn’t recognize

(Una mujer que no reconocí)

Came and spoke to me through a chained door.

(Apareció y me habló a través de una puerta con cadena.)

I told her my story and who I’d come for,

(Le conté mi historia y por quién había venido,)

She said “I’m sorry, son, but no one by that name lives here anymore”.

(Ella dijo “Lo siento, hijo, pero nadie con ese nombre vive ya aquí”.)

My father’s house shines hard and bright,

(La casa de mi padre brilla toda luminosa,)

It stands like a beacon, calling me in the night,

(Permanece como un faro, llamándome en la noche,)

Calling and calling, so cold and alone,

(Llamando y llamando, tan fría y sola,)

Shining ‘cross this dark highway,

(Brillando a través de esta oscura autopista,)

Where our sins lie unatoned.

(Donde nuestros pecados yacen sin expiar.)

Las imágenes aquí descritas no son las imágenes vistas en la película, desde luego, pero se complementan sensiblemente: en ambos casos, la ternura rememorada contrasta con la amargura del hoy, y en ambos casos un hombre deprimido se remonta al momento más tierno posible entre su viejo y él.

Mientras suena la canción, asistimos en un excelso blanco y negro a momentos de relativa paz entre los Springsteen, si bien conocemos desde mucho antes las tensiones creadas a raíz de episodios de alcoholismo, violencia e incomunicación. Este tercer elemento lo combate entre ambos, curiosamente, el cine, a través de su primordial función de comunicar emociones: un día de escuela del pequeño Bruce se convierte, por iniciativa del señor Douglas Springsteen, en una sesión de La noche del cazador y, en una sala casi vacía, ambos miran a Robert Mitchum degollar a la viuda y acosar a los niños en pos del tesoro secreto, y a la distancia de unas cuantas butacas los mira discretamente el Bruce ya crecido, y la fábula de horror infantil que exuda la pantalla ejerce entre los tres un poder comunicativo que no necesita palabras.

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Las palabras y las manifestaciones de cariño no serán el fuerte del viejo y bebedor Douglas en ninguna etapa de la película, con lo que resulta aún más conmovedor en la escena donde trata de expresarlas y apenas consigue entrecortarse la respiración. Es Bruce, de hecho, quien las da por dichas y verbaliza la mayor parte del diálogo, sin violentar por ello la extraña serenidad que a veces permiten los silencios.

Fuera de los dichosos seis segundos a los que enseguida llegaremos, el resto del segmento My father’s house ofrece prodigios de genuina cinematografía. Su propia concepción, de videoclip tanto independiente como ligado al todo, le permite condensar una historia entera en muy corto tiempo, tocando sus puntos esenciales. La música cumple un rol diegético (es emitida por un músico ante nosotros en tiempo real) y también extradiegético (a la vez acompaña las idas y venidas de los personajes en un tiempo no lineal donde la realidad, lo imaginado, el pasado y el presente se alternan), coincidencia también presente en otro doloroso y espiritualmente biográfico flashback como es el de la infancia de Beethoven en Amada inmortal (1994, Bernard Rose).

El cambio que se produce en el oído, cuando la imagen y voz de Jeremy Allen White dan paso a la infancia en blanco y negro y se introduce el canto del verdadero Boss con un eco fulminante, casi nos hace sentir el viento entre los árboles dándonos en la nuca. El trabajo de sonido es tan minucioso como en una película de Lynch. Se oye incluso una escalofriante brisa a espaldas del cantante mientras habla de las voces fantasmales surgidas de los campos, y acto seguido se encamina, sin prisas y a la luz del sol, a esa casa donde no le espera un padre que lo abrace mientras tiembla de pavor. Cuando habla del Diablo pisándole los talones, la imagen a la que se superpone el audio es nada menos que un primer plano lateral de Stephen Graham, exhalando nicotina en la mesa del comedor; me encanta, de hecho, fijarme en la mano con la que sostiene el cigarro en ese plano: tiene las uñas y cutículas de un obrero, el anillo de un compromiso que atraviesa su peor momento y, además, un sutil, ligero, casi imperceptible, temblor de alcohólico que no puede controlar, como el pobre Dean Martin de Río Bravo.

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Tras nuestro vistazo al cine donde contemplan La noche del cazador, llegan los seis planos en cuestión que prefiero. Todos, recordemos, en un blanco y negro digno del color sonoro de Nebraska, con algo del videoclip de Carry you home, de James Blunt (esa especie de oscuro fulgor, como de eclipse).

1- Plano general de la cocina al comedor, donde “el Diablo” bebe y fuma. Douglas coloca el vaso sobre la mesa y sigue sentado, con la vista perdida y el cigarro entre los dedos. Espabila un poco con un brusco ladeo de cabeza y la armónica extradiegética deja de sonar entre estrofas.

2- Primer plano de Bruce niño entrando en la cocina y deteniéndose a mirar a su padre. Se nota en sus ojos, en su boca apretada, que algo quiere decir. Su alter ego adulto retoma el canto a lo lejos, ahora sobre el momento en que despierta del sueño nocturno y lamenta su distanciamiento del hombre que le dio vida.

3- Plano medio de Douglas a la mesa, suspirando, todavía aferrado a sus vicios, preguntándole “¿Qué quieres?” al chiquillo sin siquiera mirarlo. A Bruce le cuesta hablar, a su padre le cuesta mirar. Stephen Graham transmite a la perfección, con una naturalidad que desarma, esa rudeza y animalidad que le son tan características.

4- El cuarto desenfoca en primer plano la cabeza del padre y descubre en la cocina al hijo, ya convertido en Jeremy Allen White, recortado en plano americano. “Solo escuchar tu voz”, responde, y su avatar sigue cantando: “…nunca más, señor…”. Ya no hay niño. Es un diálogo entre hombres.

5- Primer plano de Douglas en el que, al fin, se atreve a dirigir la vista a la presencia en la cocina. En todo el fragmento primero le hemos visto de lejos, luego más de cerca, y luego más, hasta que cede a mirarnos, como si la cámara le confrontase tanto como su hijo. Y qué bello, qué cinematográfico, es el humo de una colilla en el blanco y negro.

6- También un acercamiento absoluto a la faz del otro duelista sin armas: un primerísimo primer plano de Bruce. Suspira impasible. Los suspiros tienen gran importancia en el film. La pista de audio versa sobre la voluntad del hijo que dormía de salir en busca de su padre. En los ojos, en la mirada, en la boca apretada de ese Bruce imaginado que sustituye al de antaño, se nota que algo quiere decir.

Lo que prosigue es una vuelta al presente, con el volumen de My father’s house disminuyendo en cuanto vemos la casetera que la reproduce en la oficina de Jon Landau. En breve presenciaremos una discusión entre el mánager del Boss y el productor de Columbia Records sobre qué tan buena idea es realmente sacar ese álbum, con esa frase tan gustada del tráiler: “En esta oficina, mi oficina, creemos en Bruce Springsteen”. Pero yo todavía sigo adherido a las imágenes recién despedidas y retengo muy claramente, al menos, las miradas.

Stephen dignándose a confrontar visualmente al aparecido. Sin soltar el cigarro. Sin nada mejor para hacer escuchar su voz que un “¿Qué quieres?” cuya respuesta le ha neutralizado.

Jeremy en una postura corporal que recuerda a los primeros chicos duros del Actor’s studio. Marlon Brando a punto de enfrentarse a Lee J. Cobb en los muelles. James Dean cantándole las cuarenta a Rock Hudson, empapado de petróleo. Pero este duro no viene a enfrentar ni a cantarle las cuarenta a nadie: este duro erguido en la cocina es más duro todavía, porque lo único que quiere es escuchar una palabra de amor de su padre.

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Hay muchos grandes momentos en Springsteen: Deliver me from nowhere. Odessa Young es un descubrimiento de actriz dramática. Las escenas junto al mar, los árboles, las calles, Atlantic City, son de una oxigenante cercanía. Todo el rato acompañamos a un ser humano, no a un reclamo publicitario de biopic con los pasos sabidos. El proceso de inspiración ante Nebraska, con todas sus anotaciones y experimentos, revive el placer del cine donde vemos hacer cosas y no solo hablar sobre ellas. La grabación de Born in the U.S.A. es una maravilla, lo más cerca que estaremos algunos de qué se siente vivir en un estudio el nacimiento de una obra maestra. El adiós callado entre dos amigos que se despiden, auspiciado por la música que dice tanto. Las crisis nerviosas en movimiento o en la quietud. La llamada nocturna que realiza la muerte, en busca de un nuevo adepto a punto de convencerse. El llanto liberador de quien se sienta por fin frente a un especialista, cansado quizá de haber sido demasiado fuerte durante demasiado tiempo. El encuentro final. La película entera, prácticamente.

Pero, como ese instante en escasos segundos que acabo de desglosar, siento que voy a tardar mucho en encontrar otro. El más parecido ya se hizo y está dentro de Alas de águila (1957, John Ford): John Wayne recuerda cuando se enamoró de Maureen O’Hara, cuando ella posó para él como una verdadera “novia de América”, cuando se besaban a escondidas del mundo, cuando paseaban a sus primeros hijos, cuando… Y he aquí que Scott Cooper ha rodado otro de los máximos encuentros de un personaje con la melancolía.

Mis seis segundos de capricho contienen tanto en tan poco: el poder de síntesis y expresividad del cine, su capacidad para recoger el drama más íntimo de cualquier vida, para poner en primer plano hasta el temor más recóndito en el alma de un niño, la conjunción emocional infinita y siempre explorable entre imagen y sonido, la altura escritural de un arte cuyos párrafos se enmarcan en encuadres y cuya gramática se lee en su composición, la facultad de alterar los tiempos y los espacios, de conseguir el máximo de los actores hasta cuando menos se mueven o hablan. La dicha, en suma, de ver que el cine aún puede obtener resultados solo posibles en su seno, no imitables por la música, la literatura, la pintura, el videojuego… y, por consiguiente, de que hasta disfrazada de un género tan trillado como el biopic puede visitarnos una pieza singular, con lo que no está de más recordar que los géneros son un recurso publicitario sin mayor incidencia en la realidad de lo buenas y malas que pueden ser las películas.

Si en mi entusiasmo algo tiene que ver la veneración que profeso al autor de I’m on fire, Thunder road, Drive all night, Born in the U.S.A. y de un puñado de mis canciones preferidas, prefiero ignorarlo y confiar en que ha sido mi intuición lo que me ha llevado a buen puerto, pues algo me atrajo de este proyecto desde su misma y publicitada gestación que no tenía nada que ver con el hype de todo fan: era mi confianza en la relación estrecha, y mucho menos analizada de lo debido, entre Springsteen y el cine, de la cual no podía resultar nada malo en este mundo. Al contrario, siempre esperé algo como lo que terminamos teniendo.

Y con un clip como el extraído del segmento My father’s house, solamente con uno así, ya me habría dado por satisfecho. Qué breve es, pero qué grande es el cine.

El Cinematógrafo: Canción triste de Bruce Springsteen

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FICHA TÉCNICA

Título original: Springsteen: Deliver me from nowhere; Año: 2025; País: Estados Unidos; Dirección: Scott Cooper; Guion: Scott Cooper, basado en Deliver me from nowhere, de Warren Zanes; Fotografía: Masanobu Takayanagi; Montaje: Pamela Martin; Banda sonora: Jeremiah Fraites; Reparto: Jeremy Allen White, Stephen Graham, Jeremy Strong, Odessa Young, Matthew Anthony Pellicano, Gaby Hoffman, Paul Walter Hauser, David Krumholtz; Duración: Dos horas.

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