Ira de los mosquitos. Foto: Raúl Navarro González
El horizonte pica a la mitad el sol como si fuera el filo de una espada. A causa del preciso corte sangra en naranja y el cielo, de a poco, adquiere dicha tonalidad. Ellos pronto llegarán. Lo sé. Desde el balcón miro hacia el norte. Yo los espero aquí. Me mezo en el sillón, imperturbable. Tal vez no existe otra forma de aguardarlos.
El calor residual del día, resistencia que después de desconectada aún no se enfría, me hace sudar. Por ello ando sin camisa y con un short viejo, en algún punto utilizado para las clases de Educación Física diez años atrás. Además estoy en mi casa. Puedo recibir cualquier visita, sin importar su agresividad, como yo desee. Ese derecho nadie me lo puede quitar.
Siento el primero en mi brazo izquierdo. Un roce leve. Tal vez si todas las malditas tardes no sucediera lo mismo, a lo mejor ni me hubiera percatado. El segundo se posa en mi pectoral derecho. Bajo la mirada un poco. Observo esa mancha alargada y difusa sobre mi piel. El picor me avisa que se ceba de mi. Soy una mesa buffet. Soy un restaurante de comida criolla. Soy un merendero.
A través de la reja del balcón miro el basurero al final de la cuadra. Las jabas comienzan a acumularse, una encima de otra, pequeña cordillera de nieve de nylon. En el país escasea el oro y el oro negro en los vientres de los barcos atracados en los puertos; sin embargo, si no se toman alternativas ellos, los mosquitos, llegarán más pronto y en más cantidad. Serán miles con sus lanzas por boca y sus enclenques piernas.
Traerán las fiebres, el dolor en los huesos de los hombres, los ojos inyectados en sangre, las manos inutilizadas. Sucede así cada verano. Dejan pequeñas huestes en el invierno; pero en el estío siempre regresarán.
El tercero se entrona en uno de mis muslos, en la zona donde el short no llega. Otra vez el picor. Acerco la mano despacio. No lo alertaré con un movimiento brusco. Acorto la distancia. Daré la palmada solo al estar seguro que no puede escapar. Golpeo. En la pierna quedan marcados en rojo mis dedos. Él vuela orondo y libre hacia una maceta cercana. Huyó de mi emboscada.
En el costillar se encuentra el cuarto. Esta vez no estoy para sutilezas. Me propino un manotazo seco con toda la fuerza generada por la frustración. Mejilla. Manotazo. Cadera. Manotazo. Panza. Manotazo. Hombro. Manotazo. Alguien una vez me advirtió sobre mis tendencias autodestructivas. Después de todos los golpes que me he dado reflexiono si se referiría a eso.
No deseo abandonar mi puesto en el balcón. El interior de la casa parece un horno de leña y la leña soy yo. Busco un antiguo pulover ahora trapo y tira. Con él trato de alejar a los bichos.
Recuerdo otro pulover que también fue trapo y tira hasta quedar inservible, el de la Belca. Brigada Estudiantil de Lucha contra el Aedes Aegyptis. En la secundaria, hace un montón de tiempo, los sábados nos enviaban a la calle a tocar puertas y preguntar por vasos espirituales, tanques bajos, cacharros con agua para las mascotas. No estoy seguro cuándo terminó o si aún sigue.
Tal vez colocar a un muchacho de trece años en dichas labores resulte un poco disruptivo. Sin embargo, y lo juro por el Premio Nobel nunca entregado a Finlay, vendría bien volver a alternativas similares.
Me da lo mismo si al fumigar tanto sumergen la ciudad en una bruma de insecticida o si los hombres de azul me exilian de mi hogar con sus bazucas y su tufo a petróleo. Resulta paradójico que uno aquí, en la cima de la cadena alimenticia sirva de comida a domicilio a un ser diminuto. La pirámide invertida de la selección natural.
El trapo no es suficiente. Me abanico. Me latigueo las pantorrillas, la barriga, la cara; pero aún me acribillan. Por ahí existen parches, repelentes, pulseras para espantarlos; pero no tengo ninguno. En el subdesarrollo a veces solo posees tus propias manos para solucionarlo todo.
La molestia ya me sobrepasa. Rendido, me levanto del sillón y voy hacia el cuarto. Me vencieron. Con calma, para no alterarme más, armo el mosquitero: dos cordeles empatados, llenos de nudos gordianos y amarrados a las persianas de la ventana; otro en un clavo donde antes se colgó un cuadro de un yo adolescente, cuando aún participaba en las Belca; el último en un travesaño del librero.
Me refugio debajo de la malla. El sudor comienza a correr. Imprimiré mi contorno en la sábana. Esa es mi escena del crimen. Lugar donde murió toda mi esperanza. Mas, estoy a salvo. No joderán por el momento. Cierro los ojos. Quizás la luz venga en la madrugada. Trato de ser positivo.
De repente oigo un zumbido cercano a mi oído. Nunca me libraré de ellos. Vendrán y serán millones.
