Los 70 de Zaldívar

Los 70 de Zaldívar

Alfredo Zaldívar Muñoa cumple el 26 de abril sus 70 años, que no es una fecha cualquiera. Premio Nacional de Edición, poeta, narrador, promotor y dramaturgo, ¿qué es lo que más resalta en alguien tan multifacético?

¿El poeta? Enseguida cualquiera te responde que Zaldívar es un poeta, y enumera sus libros, sus poemas, desde aquel Concilio de las Aguas, de 1989, que lo fundió con los ríos y con el mar de la ciudad que lo acogió, hasta los muchos otros libros que sintetizan una trayectoria. Sus versos tienen esa mixtura de lo individual y lo cósmico, de las esencias de su identidad y ese viaje irónico, iluminador, hermoso y dramático. Siempre está el agua, que gira en su sangre, o en su caminar, en sus escenarios, en sus ventanas, conciliándose.

En sus versos también se perciben la búsqueda de un poeta que se renueva y la perspectiva del editor que purifica los destellos de la belleza.

¿Es un editor? Lo es. Con esa capacidad de develar, abrir caminos, de eternizar la literatura. De abrir puertas a los consagrados y a los que empiezan. Un editor no es solo el que dialoga con otros autores, con las páginas que vivirán en libros, los que encauzan como los afluentes de los ríos, y que avanza con el escrutinio y la revelación, con la luz del fuego. Editor es también el que sueña y concreta editoriales, el que funda o reinventa espacios para el libro y su promoción, para que sean habitados por autores, sensaciones estéticas y éticas, para que viva la identidad de una nación. Eso hizo con Vigía y luego con Ediciones Matanzas, que son más que un quinqué, son como el reflector de un faro, junto al río, brillando en la tierra y en la bahía, que es Matanzas y es Cuba.

¿Promotor? Todo lo anterior sintetiza al que lo es. Y hay pocos promotores auténticos, viscerales, de la cultura matancera y cubana. Esos que fundan y crean, que propician nacimientos de editoriales, eventos, concursos; esos que siembran en la nada algo que se hace grande, que nos enorgullece; los que contagian a otros y sobredimensionan la realidad, provocadores, desafiantes, lúcidos.

¿Un narrador? Sus poemas cuentan el viaje a una historia. Sus ensayos reflejan esa manera de testimoniar la literatura, sus lecturas, sus encuentros con libros y autores. Es una amalgama de lirismo, drama y narración. Su novela sobre Seboruco, que bebe de la poesía, del investigador, del crítico, del promotor, expone su estética, que fusiona lo cómico y lo trágico, la identidad y la mezcla extraña entre la belleza y la gracia, entre la catástrofe y la provocación de la risa.

¿Es un dramaturgo? Así aparece en el Diccionario de la Dramaturgia Cubana de Pedro Monge. Su primer texto, publicado por Letras Cubanas, fue una obra de teatro, El enredo de la comedia (1984). Escribió otras, pero ese apego al teatro está en sus poemas también, y en su novela, la creación de espacios, tiempos, personajes, historias, que parten de conflictos, de sucesos, que revelan la capacidad para dramatizar la realidad y la ficción.

Su dramaturgia se evidencia también en su manera de concebir la promoción de lectura, en eventos o presentaciones de libros, en su inserción en proyectos escénicos y, quizás, en los años de Concilio de las Aguas, que constituye una síntesis de todo lo que es Zaldívar, el poeta, el editor, el promotor, el narrador y el dramaturgo.

Los 70 de Zaldívar hay que celebrarlos. No es cualquier fecha, y tampoco se trata de cualquier intelectual. Aquel muchacho de Sojo que llegó a Matanzas, para topografiar el alma humana y social, cumple años trabajando, inventando, caminando la ciudad y sorteando los obstáculos, como lo que es, un poeta en toda su dimensión.

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Sobre el autor: Ulises Rodríguez Febles

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