Body paint en la Sala White

Body paint en la Sala White

Texto y Fotos: Raúl Navarro Fuentes

Los conocí en la Sala White, en Matanzas. Un espacio donde la penumbra suele ser cómplice de los misterios, pero esa tarde se rindió ante un destello único. Ahí estaban ellos: Giselle fue el lienzo; Alexis, el artista.

Body paint en la Sala White

Pero déjenme decirles, no había pared, ni madera, ni bastidor que pudiera contener lo que vi. Giselle era una tela viviente, una superficie de porcelana cálida que respiraba. Y cuando Alexis terminó de pintar, su piel dejó de ser piel para convertirse en un amanecer.

Body paint en la Sala White

Quedé absolutamente impresionado, no solo por la técnica, sino por la belleza de Giselle. Supe, en ese instante, que el arte más perfecto no se cuelga de una pared: se mueve, late y te mira. La forma en que las curvas de su cuerpo dialogaban con cada trazo, cómo la pintura parecía brotar de ella en lugar de estar sobre ella… era algo hipnótico, casi irreal.

Body paint en la Sala White

Giselle no solo fue el soporte de una obra; fue la obra misma. Y Alexis, simple testigo de lo que ya existía. Recuerdo haber contenido el aliento, temiendo que el más leve suspiro rompiera la armonía de aquella diosa de carboncillo y acuarela.

Body paint en la Sala White

Salí de la Sala White con una certeza: la belleza más pura no necesita marco, solo un latido. Y el de Giselle sigue retumbando en mi memoria como el mejor de los versos.

Gracias al artista Alexis Plasencia por enseñarnos la belleza de su arte.

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