El Cinematógrafo: Siete samuráis en tiempos de Marvel
El género de aventuras ha sido relegado a un ruidoso rincón de efectos visuales y explosiones, como si otra cosa no fuera posible dentro de su narrativa. Por lo general, el público moderno se preocupa más por el nuevo traje de Spider Man o el físico de La Roca antes que por la trama del propio filme donde aparecen. Si le preguntamos a un espectador promedio por películas de ese estilo, puede que su respuesta no contenga muchos títulos más allá de sagas de Marvel o secuelas de Rápido y furioso.
No es ni nunca será un error apreciar un despliegue del entretenimiento en todo su esplendor, pues pocas obras ofrecen la experiencia inmersiva de las peleas en plano secuencia de John Wick o el interminable mundo de Peter Jackson en la trilogía de El señor de los anillos. No obstante, ¿todo lo que el género nos puede otorgar viene de la mano con efectos visuales y acción desmedida?
Para entenderlo, debemos remitirnos a un lejano Japón de posguerra, en 1954. Después de un año completo de rodaje, Akira Kurosawa había terminado Los siete samuráis, uno de los proyectos más caros y demandantes hasta el momento en la industria del cine asiático.

En el Japón feudal del siglo XVI, una aldea de campesinos descubre que será atacada por bandidos al finalizar el verano, así que se lanzan en busca de guerreros dispuestos a defenderlos por la única recompensa de dos platos de arroz al día. Tras una serie de rechazos, reclutan a siete ronin (samuráis sin dueño) liderados por Kambei (Takashi Shimura), un benevolente veterano de la espada.
Estos se enfrentan a la desconfianza de los pobladores, quienes ocultan provisiones y mujeres. Ambas partes, luego de algunas diferencias, se unen con el mismo objetivo: la defensa de la aldea. Bajo una lluvia torrencial se desata una batalla de varios días, hasta la conclusión del filme.
“No voy a ver una película japonesa de tres horas y media, sin colores y con más de setenta años de antigüedad”. Ese será nuestro primer pensamiento, y cierto, a secas. Puesta así luce muy poco atractiva, como en el caso de un amigo que se tomó el tiempo de verla y su único comentario al respecto fue que le pareció “babosa”. Su reacción, lejos de resultar ofensiva, funciona como termómetro de la cinefilia y la apreciación del arte en general.
Ocurre algo parecido con El último samurái, filme de 2003 dirigido por Edward Zwick y protagonizado por Tom Cruise. La madre de un colega dijo que es la única película de “chinos con espadas” que a ella le ha gustado. Y para nada sorprende la afirmación, pues está filmada de manera tal que su narrativa guste en líneas generales y todos podamos disfrutarla. No cuestiono su alto grado de epicidad y entretenimiento, pero sí su autenticidad. ¿Realmente un producto norteamericano sobre la tradición samurái será más fidedigno que el de, literalmente, un japonés?
A veces me pregunto si somos capaces de disfrutar a Homero, Chaplin o Shakespeare. Todo aquello alejado de nuestro tiempo o cultura se nos hace pretencioso e incómodo, mientras que la típica historia hollywoodense de acción con Jason Statham o Vin Diesel nos resulta sumamente divertida. Un valor incuestionable del cine es el de entretener y sacar de la realidad, y entiendo que a veces solo se busque eso: “desconectar el cerebro”, como diría mi señora madre. Pero también sería una lástima que ese fuera el único interés, cuando existe una infinidad de películas que ofrecen ambas cosas.

La cinta impactó de tal manera en la cultura cinematográfica que la industria norteamericana bebe aún de su tesis: desde copias poco disimuladas en el título, como Los siete magníficos, donde se cuenta la misma trama con vaqueros, hasta sagas mainstream como Star Wars y los propios Vengadores de Marvel.
Lo mismo ocurre con la estructura del “grupo de especialistas”, que alcanzó grados de popularidad apreciables en productos modernos como La casa de papel o las propias Rápidos y furiosos. Tramas de ese corte exigen líderes, hackers, estrategas y hombres de acción, como toda heist movie o historia de atracos, una original tendencia que proviene de John Huston y La jungla de asfalto, pero en cuyo perfeccionamiento también han tenido que ver de algún modo los variopintos guerreros de Akira Kurosawa.
Son necesarias las extensas tres horas y media de duración para abordar tantos géneros y temáticas, al igual que otorgar arcos autoconclusivos a cada personaje. Todo lo precedente al desenlace pasa por un profundo y heterogéneo cine de época: desde largas escenas enfocadas en la pobreza y una trama secundaria de amor entre un samurái y la hija de un poblador, hasta momentos de comedia entre Kikuchiyo (Toshiro Mifune) y los niños pobres. Existe una profundidad infinita en la trama, logrando límites de espectacularidad dignos de Indiana Jones o de drama humano como Los miserables de Victor Hugo.
Podría decirse que el conflicto final funciona como una obra distinta debido a su tono, además de la necesaria dosis de acción que requiere toda cinta de aventuras. Las muertes, tanto de héroes como de bandidos, ocurren en un marco de poca emoción y mucho realismo: simples cuerpos sin vida que caen al suelo. La extensísima batalla de más de una hora viene acompañada por explicaciones estratégicas de Kambei, otorgándole una pureza bélica al tramo conclusivo.
Podemos ver a Akira Kurosawa como un John Ford japonés, o al propio Ford como un Kurosawa americano. La cantidad de similitudes entre películas japonesas de esta índole y el cine del Salvaje Oeste se dejan ver en todo momento. Si cambiamos los desiertos mexicanos por los arrozales asiáticos, las katanas por las pistolas y los vaqueros por espadachines en kimono, el resultado deriva en otra típica historia del Japón Feudal.

Al igual que Disney con los siete enanitos o Bergman con El séptimo sello, Kurosawa entiende el valor simbólico de esta numeración de aliento bíblico. Al terminar el filme no vamos a recordar el nombre de cada uno, porque así son los siete samuráis, un peculiar y desconocido grupo de idiotas y sabios, jóvenes y viejos, amables y crueles; todos diferentes. ¿Acaso no es esa la historia del hombre en su plenitud, la de desigualdad y, si el mundo fuera un poco más justo, de unidad ante el mal común?.
Como espectadores occidentales del siglo XXI, debemos preocuparnos por ciertos detalles de tono. Inspirados por el histrionismo del teatro Kabuki, gran parte del cine japonés posee una gestualidad algo incómoda. Kikuchiyo, el samurái farsante, grita de manera histérica y hace movimientos exagerados, actitud imitada con menor intensidad por los demás personajes. Los gestos faciales se acercan a lo caricaturesco y, de ser malinterpretados, se pervierte por completo el mensaje de la obra.
El final de esta historia marca también el final de un estilo de vida, como Ford con los vaqueros en El hombre que mató a Liberty Valance o Scorsese con los mafiosos en El irlandés. El ultimo plano de las tumbas enmarca el crepúsculo de los samuráis, un retrato del salvajismo, de la vida en otro tiempo y, sobre todo, una mirada hacia un tipo de héroe que nunca regresará a la realidad, ni tampoco a la ficción.

FICHA TÉCNICA
Título original: Shichinin no samurai; Año: 1954; País: Japón; Dirección: Akira Kurosawa; Guion: Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto, Hideo Oguni; Fotografía: Asakazu Nakai; Banda sonora: Fumio Hayasaka; Montaje: Akira Kurosawa; Reparto: Takashi Shimura, Toshiro Mifune, Daisuke Kato, Isao Kimura, Minuro Chiaki, Seiji Miyaguchi, Yoshio Inaba; Duración: Tres horas y 27 minutos
(Por: Máximo Enrique Badía Yumar)
