El Cinematógrafo: La Pasión más grande jamás filmada

El Cinematógrafo: La Pasión más grande jamás filmada

En lo alto de la cruz, un Cristo con las facciones de Max von Sydow perdona a sus verdugos antes de morir y es como si nos lo contaran por primera vez. No en vano es La historia más grande jamás contada el título de esta apuesta postrera de la United Artists por mantener viva la llama épicade un Hollywood ya cambiado, en pleno derrumbe del sistema de estudios. Si bien así se titula también su base literaria, la novelización de Fulton Oursler sobre la figura de Jesús, es evidente la declaración de intenciones: esta película sobre el rey de reyes tenía que ser y sonar a una película de películas.

A fe mía que lo logró, pero no a fe de crítica y público en su mayoría de entonces, y ni siquiera de hoy. Todavía está carente de reivindicación este biopic producido, escrito y dirigido por George Stevens que de toda la programación universal por Semana Santa me parece una de las principales obras maestras, un recordatorio de por qué el cine como arte es en sí mismo un milagro, capaz de despertar una vocación casi religiosa en quien lo contempla, y una de mis representaciones fílmicas preferidas de su personaje principal, junto a propuestas tan disímiles como las de Griffith, DeMille, Ray, Pasolini, Zeffirelli, Scorsese o Gibson.

Los colaboradores de George Stevens solían definirle —y no solo a raíz del Oscar que ganó en los 50— como un individuo de suma sensibilidad y un fiel creyente en la inteligencia del público. O sea, lo que intuimos de cualquiera de sus películas, ya sean Gigante, Shane, Serenata nostálgica, El diario de Ana Frank… o la que nos ocupa.

Y en esta queda patente lo que de él se decía, así sea tan solo por su capacidad de hilvanar la biografía crística en toda su extensión, de los antecedentes a las consecuencias, de la carnicería de Herodes a la Resurrección, del establo a la cruz, sin renunciar a ninguno de sus dos grandes públicos potenciales: el solícito a creer en lo que ve y el reacio a ello.

En ese segundo sector, por desgracia, reside gran parte de la crítica más intelectual que comenzaba a ver desde aquellos años la matriz de un cambio, la necesidad de derrocar los modos de una industria demasiado “americanizada”, y para ello no dudó en valerse de géneros como el religioso, el western o el melodrama para exponer la decadencia del modelo hollywoodense, sin reparar en la ironía de que estos daban algunas de sus mejores muestras en aquellos tempranos 60.

Mientras tanto, La historia más grande… era ignorada en su esfuerzo por erigir el cine más allá de las ideologías y preferencias de cada cual, cosa que conmigo logra y es la razón quizá por la que constituye una de mis películas favoritas, siendo yo un espectador que no profesa otra religión que la del cinematógrafo.

«The Greatest Story Ever Told» Max von Sydow, John Wayne 1965 United Artists Photo by Floyd McCarty

Para ilustrar esa habilidad de Stevens como conciliador de públicos, como cineasta sin “discursos” cuyo medio prevalece sobre el mensaje, admiremos la manera en que elabora el milagro por excelencia de la película, que es como su órgano central por desarrollarse al final del primer acto —es de esas largas con Intermission— y supone, en mi antología personal, una de las grandes secuencias que se han creado: la resurrección de Lázaro.

Antes hemos visto a la hermana del muerto reclamar a Jesús su divinidad: “Sanaste a un leproso. Hiciste a un tullido andar. ¿Era mucho pedir que evitar a mi hermano la muerte?”. Le hemos visto en primer plano a él proclamarse dador de vida mientras llora, inseguro de sus fuerzas, empático hasta el dolor, e implorar la mano de Dios cuando está a punto de abrir el sepulcro donde yace su amigo.

La escena es tan tensa como una lid en cine deportivo. Queremos que salga bien. Queremos que Jesús salga victorioso de aquel reto ante testigos. Aunque conozcamos qué va a pasar, el narrador nos conoce mejor aún a nosotros, y dispone las piezas de tal forma que una y otra vez nos hallemos atrapados en el goce del suspense.

El acierto mayor es la posición de la cámara cuando se nos confirma la vuelta de Lázaro al mundo de los vivos: desde bien lejos, lo suficiente para que veamos a los espectadores del acto y, al fondo, en el centro de la montaña, una mancha blanca que es la túnica de Jesús junto a una mancha negra que es la entrada de la tumba. A continuación nuestro ojo hace un esfuerzo por ver salir de ella otra mancha blanca, ¡queremos intuir la túnica de un Lázaro andante que acude al llamado de Jesús!, pero tarda en aparecer.

Entretanto tenemos rostros: pasmados, atónitos, algunos orgullosos de Jesús, otros arrepentidos de haber dudado de él, en una de las sucesiones de primeros planos más prodigiosas que recuerdo, digna de Ford; especialmente conmovedores los del ciego que va recobrando la vista en tiempo real y los del incrédulo que derrama una lágrima de revelación antes de echar a correr y gritar que el Mesías ha llegado.

La emoción es completa. Para colmo de dificultades, tener a Händel al oído no la garantiza; al contrario, es muy peligroso tirar de música clásica tan reconocible para apuntalar pulsiones sentimentales del espectador. ¿Cómo hacerlo sin que parezca un facilismo? ¿Sin que se nos acuse de sentimentalistas baratos? Es muy difícil, pero se puede aprender viendo repetidas veces esta secuencia de Stevens o varias de John Boorman en Excalibur, por ejemplo.

No es, de todas formas, la prevalencia autoral de Stevens mi esencial motivo para admirar La historia más grande… entre tantas obras del arte siete. Incluso hay metraje rodado con el apoyo de David Lean y Jean Negulesco, y al momento de escribir estas líneas desconozco en qué porciones corresponde a cada uno su dosis de autoría. Lo que quiero decir es que, al margen de qué nombre ilustre la ha patentado, es de las experiencias más poderosas que he tenido nunca como cinevidente y para ello es precisa la confluencia de todos los apartados.

Desde los propios títulos de crédito, caligrafiados sobre un fondo pergaminoso como por un escriba a la luz de velas, nos instalamos en la sensación de un cuento mágico que recién inicia. Sin muchos efectos especiales, solo los justos, y menos espectacular de vestuario, más natural y palpable, que otros acercamientos connacionales a la temática.

Los fotógrafos Loyal Griggs y William C. Mellor exploran y deslumbran a partir de ahí con la imagen, con la exactitud del encuadre, con la divinidad del paisaje, mientras los montadores hacen lo propio con la superposición insólita de planos, con la suavidad del encadenado, con la imperceptibilidad del corte. Todo ello se une, en comunión asombrosa, a la musicalización händeliana de Alfred Newman y Ken Darby, para lograr un relato bíblico tan pegado a la Tierra como elevado sobre ella.

Cuesta mantenerse igual, no percibirse uno cambiado como persona, cuando termina de ver una película realmente digna de ser presentada ante Dios para su aprobación en las programaciones del Paraíso, la dirija quien la dirija.

Ya sea por lo visual, filmada como está en Ultra Panavision 70 para proyectarse en la espectacular horizontalidad del Cinerama —esplendoroso el plano de la Última Cena o el de las tres cruces ya erigidas sobre el Gólgota mientras la tonalidad del cielo varía—, o ya sea por lo actoral, excelsa desde el protagonista hasta los secundarios, con un Charlton Heston majestuoso incorporando a Juan el Bautista, Claude Rains y José Ferrer como Herodes padre y Herodes hijo, Martin Landau como Caifás, David McCallum como Judas, Donald Pleasence como Satanás, un sólido Telly Savalas como Pilatos… Hasta Sidney Poitier como Simón de Cirene y John Wayne como el centurión al pie de la cruz impresionan en sus brevísimos momentos.

No sé si era la intención de Stevens, que ya lo creo, pero esta es para mí la Pasión más grande jamás filmada.

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