Desde 1961, cada 23 de marzo, el mundo rinde homenaje a los hombres y mujeres del tiempo, a los que predicen, a los vigilan, a los que también salvan vidas en todas las partes del orbe.
Tenía 8 años cuando en 1996 el huracán Lily afectó el territorio nacional. Recuerdo a mi mamá pendiente de un radio de pila, en medio de los cortes eléctricos, escuchando los partes de José Rubiera y luego compartiendo la información con los vecinos para que todos tomaran precauciones.
Por ese entonces, cada noche, abuelo atendía sin falta las previsiones del ya fallecido Armando Lima para preparar sus rutinas agrícolas del día siguiente; así estaba al tanto de las temperaturas, las lluvias que podían favorecer o no determinado cultivo, y sacarle un mayor provecho a la tierra.
Desde entonces comprendí el valor de los hombres y mujeres del tiempo, esos que con su labor no solo desentrañan los misterios de la naturaleza, sino que salvan vidas gracias a su quehacer preventivo.

El meteorólogo no solo predice si lloverá mañana. Es el centinela que vigila el viento cálido del Atlántico cuando gesta huracanes, pero también el guardián del viento y el suelo, y hasta el estratega de la mesa cubana.
En Cuba la producción de alimentos consiste en una batalla diaria contra las restricciones económicas, los insumos limitados y la naturaleza misma. Pero mientras que las dos primeras variables son complejas, la tercera es donde el meteorólogo se convierte en un aliado indispensable.

Aun así, la realidad demuestra que la temporada ciclónica constituye su mayor momento de visibilidad. Cuando el cono de incertidumbre amenaza con rozar la Isla, cuando el desvelo aumenta, la figura de estos especialistas se vuelve omnipresente.
“El ojo pasará por aquí”. “Marejadas de seis metros por allá”. La voz pausada, en medio de la crisis, informa, guía y calma. El resultado no nace del azar, son décadas de una escuela sólida, donde la previsión no es acto adivinatorio sino un compromiso humanista. En esos momentos no solo se calculan trayectorias y presión atmosférica; se mide el riesgo con la vara de la vida.

Imprescindible resulta su labor en los aeropuertos del país, escenario donde la precisión requiere ser estricta. Cada despegue y aterrizaje lleva su firma, su acompañamiento.
Sin embargo, el desafío más silencioso al que se enfrentan estos profesionales es la gestión a la desertificación y la sequía. Donde la lluvia se vuelve errática y el sol calcina la tierra durante meses, vital se vuelve la relación entre meteorólogos, especialistas de los suelos y gobiernos locales.

Desde 1961, cada 23 de marzo, el mundo rinde homenaje a los hombres y mujeres del tiempo, a los que predicen, a los vigilan, a los que también salvan vidas en todas las partes del orbe. (Fotos: Raúl Navarro González)


