Byrne: El poeta como multitud y momento

Byrne: El poeta como multitud y momento

El poeta puedes ser tú o los niños que juegan a esconderse de la maldad; yo, o el anciano vendedor de cuchillas para afeitar sentado en el filo de la verdad; vosotros o la divorciada con exceso de Luna y delineador en los párpados.

En un poema no existe, según los teóricos, de toga y notas al pie de página, una persona gramatical clásica; sino un sujeto lírico. Nostros. Ella. Más que un individuo pensante, lógico, reflexivo de la narrativa o los personajes del teatro, con caracteres definidos, resulta un ser sintiente, como esos animales transparentes que dejan al descubierto sus nervios.

Byrne regresa a Cuba al acabar la Guerra del 95 y contempla la bandera estadounidense al lado de la cubana y escribe un poema de un tirón. Ahí no es un señor con bigotes de ala de libélula, raya milimétrica en el centro del cabello y espejuelos de asteroides. Va más allá de eso. Constituye un ser doliente, politriste.

En el exilio había muerto hace poco uno de sus hijos. Entonces arriba a Cuba y tropieza con una victoria robada, truncada, intervenida. Los versos de Mi bandera refieren un poderoso duelo, un pesar denso. «Al volver de distante ribera, con el alma enlutada y sombría…»

El sujeto lírico en medio de su sufrimiento necesita un consuelo, unas motas de esperanza, «Afanoso busqué mi bandera…»; no obstante le aguarda la decepción «¡y otra he visto además de la mía!».

Byrne no está al habla. Su voz le pertenece a Domingo Mujica, uno de los primeros mártires de la Guerra del 95 al cual Bonifacio le dedicó un poema esparcido por las ciudades, de la misma forma que la pólvora por la manigua. Luego, alguien pondría en las columnas del gobierno provincial de Matanzas. Esto le costaría al bardo su salida de la Isla.

Byrne no está al habla. Resuenan en él las voces graves de los generales mambises a los cuales cantó en su exilio en los Estados Unidos y que transitaron del campo de batalla a la gloria y la historia. Céspedes. Agramonte.

Byrne no está al habla. En él se acumulan los silencios de las tumbas sin nombre, solo con una cruz de madera de los soldados desconocidos. «En los campos que hoy son un osario/vio a los bravos batiéndose juntos,/y ella ha sido el honroso sudario/de los pobres guerreros difuntos».

En las estrofas finales el dolor se transforma en ira. No constituye esa rabia, la cual incinera el buen tino y la inteligencia, hasta convertirlo en humo de plata o embota en rojo los sentidos. Esta conduce a la determinación, a la decisión, mitad tentativa, mitad promesa, de no repetir los mismos errores, incluso si ello significa desafiar la muerte física.

«Si deshecha en menudos pedazos/llega a ser mi bandera algún día…/¡nuestros muertos alzando los brazos/la sabrán defender todavía».

El cantor, el desilusionado, el padre, el patriota, todos ellos coinciden en un solo texto. El sujeto lírico se ofrece, se ofende, se ofusca. Es uno y muchos a la vez. Quizás de ahí provenga el valor de su composición, su trascendencia en la era.

Por varias obras como esta ya iniciada la República, la cual prevé cercenada desde su nacimiento, le otorgan el título de Poeta Nacional. El título después lo ostentaría otro matancero Agustín Acosta y se quedaría luego con él, de manera perenne, Nicolás Guillén.

Sin embargo, aunque existieron grandes líricos antes de Byrne -Heredia, Milanés, La Tula, Julián del Casal, Martí- este 3 de marzo celebramos el Día del Poeta, por la preclaridad de un hombre que supo contar el dolor de una nación como si fuera el latigazo de una bandera zarandeada por una fuerte ráfaga de viento.

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