Fotos: Raúl Navarro e Izet Morales Rodríguez
Hay fechas que, por capricho de la historia, se empeñan en concentrar significados. El 24 de febrero es una de ellas. Ese día, en 1895, se reiniciaba la Guerra Necesaria con alzamientos en toda Cuba —incluido el heroico aunque fallido levantamiento de Ibarra, en Matanzas—. Trece años después, en 1909, la misma fecha servía para inaugurar en la Atenas de Cuba un monumento que perpetuaría para siempre la memoria del Apóstol.


Hoy, al cumplirse un nuevo aniversario de aquella inauguración de 1909 —cuando el conjunto escultórico del Parque de la Libertad cumple 117 años—, vale la pena detenerse en los detalles de una obra que no es solo adorno urbano, sino documento histórico en tres dimensiones.


La idea de erigir una estatua a José Martí en Matanzas comenzó a gestarse en mayo de 1905, cuando un grupo de patriotas matanceros constituyó una comisión pro-monumento. La presidía el doctor Ramón Luis Miranda, médico y amigo personal del Apóstol, acompañado por figuras de peso como Gonzalo de Quesada —albacea de las obras de Martí—, Angelina de Miranda, Enrique B. Barnet y Luís Rodolfo Miranda, entre otros. No era un capricho. Era la necesidad de fijar en el bronce la gratitud de un pueblo que apenas cuatro años antes había visto nacer la República, aunque fuera manchada por la Enmienda Platt.

La ejecución de la obra recayó en el escultor italiano Salvatore Buemi, quien trabajó el bronce con maestría para crear una estatua de dos metros de alto por 50 centímetros de base, colocada sobre un pedestal de granito de Ravena, traído expresamente desde Lombardía.


La figura de Martí aparece de pie, cuerpo entero, con un rollo de papel en la mano derecha donde puede leerse una inscripción que es todo un programa político: «Cuba Libre». No es un adorno; es una declaración de principios en una época donde la independencia real aún era una asignatura pendiente.

El basamento del monumento es en sí mismo una obra de arte cargada de significados. Muestra varios adornos en el mismo metal y, sobre todo, la imagen de una mujer con las cadenas rotas en sus manos, la boca abierta como lanzando el grito de Libertad. Es Cuba personificada, rompiendo las ataduras coloniales primero, las neocoloniales después, en una alegoría que sigue interpelando al transeúnte más de un siglo después.
En el conjunto puede leerse además una cuarteta del propio Martí, esa que dice: «Yo quiero cuando me muera / Sin patria, pero sin amo / Tener en mi losa un ramo / De flores y una bandera». La elección no es casual, ya que el Apóstol, que murió sin ver la patria independiente, dejó en esos versos su testamento espiritual. Tenerlos grabados en el pedestal es recordar que la libertad que él soñó hay que defenderla.




Pero hay más. Días antes de la inauguración, fueron enterrados en la base del monumento números de los periódicos El Correo de Matanzas, El Moderado, La Nueva Aurora, así como las obras de Martí Ismaelillo (1882) y Versos Sencillos (1891) —este último con dedicatoria del maestro a Luciana Govín de Miranda—, junto a una colección de monedas de la época. Esa cápsula del tiempo, invisible a los ojos pero presente en la memoria, convierte al parque en un archivo subterráneo de la cultura cubana.




El 24 de febrero de 1909, la entonces segunda Plaza de Armas de Matanzas —rebautizada ya como Parque de la Libertad— se vistió de gala para la ceremonia. El acto contó con la presencia del Vicepresidente de la República, Alfredo Zayas, el Alcalde Municipal Alfredo Carnot, el ingeniero Conrado E. Martínez, y fue Laura Carnot quien tuvo el honor de descorrer el velo que cubría la estatua. La prensa de la época debió recoger el momento, aunque la distancia del tiempo nos lo devuelva hoy como una fotografía borrosa pero emocionante.
Declarado Monumento Local en 1990, el Parque de la Libertad es mucho más que una plaza con una estatua. Es el corazón cívico de la ciudad, el lugar donde los matanceros han celebrado sus victorias, llorado sus derrotas y afirmado su identidad. Rodean el parque edificios de incalculable valor patrimonial cómo la Sala de Conciertos José White, donde se estrenó al público el danzón —baile nacional cubano—; el Museo Farmacéutico, único en su tipo en el continente; la Biblioteca Gener y Del Monte; y la sede de la Asamblea provincial y municipal del Poder Popular. Es, en pocas palabras, el salón de actos al aire libre de la Atenas de Cuba.


Allí se han realizado innumerables actos políticos y culturales. Desde las celebraciones del natalicio de Martí hasta la conmemoración de la entrada de Fidel con la Caravana de la Libertad en 1959, pasando por cada efeméride que merece el reconocimiento popular. Es el espacio donde la historia oficial y la memoria popular se encuentran y se funden.
Hoy, cuando el conjunto escultórico del Parque de la Libertad cumple 117 años, vale la pena preguntarse qué nos dice ese Martí de bronce, de pie, con su rollo de «Cuba Libre» en la mano.
Nos transmite, en primer lugar, que la independencia no fue un regalo, sino una conquista. Nos recuerda que Matanzas —esta ciudad de ríos y puentes, de poetas y músicos— ha sido siempre trinchera de dignidad. Y nos interpela, como interpelaba a los transeúntes de 1909, a no darnos por satisfechos con las cadenas rotas si aún hay mucho por lo que luchar.
Porque aquella mujer del pedestal, la que abre la boca para gritar Libertad, sigue muda en el bronce pero grita en el espíritu de quienes lo contemplan. Porque los periódicos enterrados en la base nos recuerdan que la palabra escrita es también arma de combate. Y porque Martí, desde su altura de bronce, nos sigue diciendo —como dijo siempre— que «Patria es Humanidad», y que la independencia de Cuba no estará completa mientras haya un solo cubano amenazado por poderes imperiales.
En tiempos de asedio económico y guerras mediáticas, cuando algunos pretenden enterrar el proyecto de nación que Martí soñó, detenerse frente a esa estatua en el Parque de la Libertad es un acto de resistencia. Es recordar de dónde venimos para saber hacia dónde vamos. Es, en fin, hacer lo que los matanceros han hecho durante 117 años. Honrar al Maestro y renovar el juramento de mantener viva la llama que él encendió.
