Le recuerdo desde que, siendo niño, le vi y escuché narrando Pedro y el lobo y en otras puestas de Teatro Las Estaciones. Desde mucho antes y hasta hoy, en todo ese tiempo donde tantas vidas y espectadores nos hemos formado, su camino no ha sido otro: actuar, entretener, conmover. Freddy Maragotto tiene la suerte de vivir su mayor pasión, y quienes le hemos visto vivirla también hemos tenido mucha suerte.
Al contrario que muchos de sus compañeros de profesión, asegura que no es supersticioso. No sube con el pie derecho al escenario, ni enciende una vela ni nada. “A veces, si acaso, me tiendo sobre el tabloncillo para sentir la madera, pero sin mucho ritual”. Salvo el estudio, eso sí: en un “empírico”, como tanto él se autodefine, el estudio y la superación constantes son receta imprescindible. Y, para ser “empírico”, sus resultados no están nada mal.
De lo contrario, no habría podido encarnar a Rodolfito, su personaje en Regreso al corazón, de la manera que tanta popularidad le ha granjeado en su primera telenovela. De lo contrario, tampoco habría pasado de dar sus primeros pasos en Teatro Papalote, de ahí a Las Estaciones, de ahí a El Público, de ahí a la posteridad de las artes escénicas cubanas donde ya su nombre inspira respeto.

“A la hora de crear un personaje, el actor tiene que tener un chip de luz y de sombra. Todos tenemos luces y sombras. Esa frase de que nadie es ‘bueno bueno’ y nadie es ‘malo malo’… pues es verdad. No se trata de que el actor vaya por la vida con esa negatividad siempre, pero a cada rato debe pensar así, y algo que sienta en un momento determinado le puede servir para su creación. Rodolfito era un desafío, porque rompía con todo lo que yo había hecho hasta el momento”.
Cuando le digo que su composición me recordó mucho al Anthony Perkins de Psicosis, que también era delgado e inquietante y vivía bajo la sombra de un pasado turbio, me responde que esa similitud ya se la habían dicho. “Para hacer un tipo así, oscuro, sórdido, tienes que encontrar eso en tu interior de alguna manera. Entonces, apelando a esa oscuridad que uno lleva dentro, le vas dando forma hasta que te sale.
“Por otra parte, yo no tengo mucha experiencia con la cámara. Cuando me llamó la directora, Loysis Inclán, y entré a la Casa Productora de Telenovelas, me sentía fuera de mi zona de confort. En el teatro uno es muy expresivo y gesticulador, nada que ver el código de un medio con el del otro; por eso me di a la tarea de buscar expresiones, decir con los ojos, quitarle texto al personaje… Acepté la propuesta de Loysis y ella contenta, pero con miedo, porque con un actor de teatro nunca sabes”.
Una vez superado el reto, a Freddy le encanta que le sigan diciendo cuánto aborrecieron a Rodolfito, el odio que le cogieron, lo distinto que se hace tratarlo en la vida real. Eso es, para él, no un motivo de halago personal, sino el triunfo del personaje. Cuando una de sus criaturas cala y permanece en el pensamiento de quien le vio desenvolverse en esa piel, ya se da por satisfecho.
Y es el primero en reconocer que, para llegar ahí, antes tuvo que ser ese inquieto muchachito que estudiaba Español-Literatura en el Pedagógico, con aptitudes para ser buen profesor, y que a la vez cantaba y ganaba un concurso de jóvenes intérpretes. Ese muchachito fue el que se topó en la Casa de Cultura matancera con la convocatoria para un taller de actuación con René Fernández, según la cual había que prepararse un cuento o poema antes de presentarse; “Ah, yo voy para allá. Eso me dije. Con 19 años uno es muy atrevido”.
El texto de Benedetti elegido por Freddy, Esa boca, de Benedetti, no podía ser mayor declaración de intenciones: una oda al oficio actoral, y más ante el público infantil; también el retrato de un payaso triste, como el de En un retablo viejo que más adelante haría. Algo vio el maestro Fernández en él que, además, le pidió primero que leyera de una forma, luego de otra, y que se moviera de tal modo, y que hiciese como si alguien le persiguiera… “Yo solo hacía lo que me pedían, y así empecé, sin tener idea de lo que estaba haciendo.
“Descubrí entonces un mundo que sabía que existía, que estaba allí, pero no que un día estaría yo en él. El Pedagógico era por las mañanas, y por las tardes empezamos a montar la obra del cazador y Caperucita Roja, que llevó un mes. Ese cazador, mi primer personaje… Vino después otro montaje, el de Una cucarachita llamada Martina, por el cual obtuve mención de la Uneac. Eso fue el empujón para no dar marcha atrás: dejé la carrera en cuarto año. La encrucijada era que tenía que impartir clases, y me encantaba, pero a la hora de elegir…”.
No todo era tampoco color de rosa teatro adentro. Recuerda, por ejemplo, la preparación de El poeta y Platero y “aquel ciego que no me salía, ¡que no me salía!, y Rubén Darío encaramándome sobre una altura en el patio de Papalote, ayudándome a entender cuál era la idea… Todos los procesos antes, durante y después de una obra son muy bonitos, pero sobre todo para mí lo es el de ir armando el personaje, encontrar qué le sirve y qué desecho, más las cosas que ocurren en las funciones que también son… simpáticas. Eso tiene también el teatro, que hoy puede pasar algo y mañana será totalmente distinto”.
Si bien empezar empíricamente es siempre difícil, Maragoto no duda en reconocer que su dicha fue empezar con “los mejores”. No solo René y Rubén, sino también muchos nombres ligados a la escena matancera en aquella época donde nacía Teatro Las Estaciones. Rememora su gran amiga Fara Madrigal, de hecho, que el nombre de ese grupo lo puso él, al caer en cuenta de que no podía ser otro teniendo en repertorio ¡Viva el verano!, Canción de otoño, ¡Buenos días, primavera! y El cuento de invierno.
“En casos como el mío, partes de un talento que, sí, puede existir desde antes, pero eso hay que cultivarlo. Constantemente. Yo me formé en una dinámica que no paraba, donde lo mismo te hacía el cotorrón y la lechuza de Pelusín y los pájaros que saltaba para el soldado de La caja de juguetes o para el Leonardo Gamboa de La virgencita de bronce, y fueron años hermosos.
“Luego, en busca de otros horizontes, me fui a La Habana, con la inmensa fortuna de poder acceder a Teatro El Público y de coincidir con muchos grandes de la escena cubana, y he hecho algunos trabajos allí en televisión, pero la matanceridad la llevo donde quiera. Los matanceros tenemos… una sensibilidad especial. Y aunque un actor debe pasar por todos los medios, y ante las cámaras he logrado enfocar mi trabajo de conjunto con equipos armoniosos, si te soy sincero, sigo prefiriendo el teatro”.
“Personajes que quisiera interpretar y que aún no me han llegado… Muchos, la verdad. Muchos. Pero, ¿sabes?, no soy de esos actores que dicen ‘Sueño con hacer tal cosa…’. No, no, el que venga lo haré si me gusta. Si le encuentro un atractivo. Mira, nunca soñé con hacer Fedra, que es un gran personaje para cualquier actor o actriz. También me gustaría hacer teatro musical, y ojalá podamos llevar al Sauto la ópera que estrenamos el año pasado, Actea, porque el Sauto es el lugar perfecto para una obra así”.
Se me hace difícil dar por culminada la entrevista, apenas se me ocurren preguntas concretas. Son demasiadas cosas a la vez para preguntarle a este actor, redescubierto para mi asombro hace poco por su siniestra composición televisiva y al que, sin embargo, me cuesta tanto separar de sus títeres y voces que aún resuenan de mi niñez. ¿Qué sabrá Freddy Maragoto que este entrevistador, uno de los varios que hoy sostienen ante él la grabadora del celular, fue hace muchos años un niño mucho más feliz por verle a él en escena?
Como si hablase directamente a ese niño, el villano de moda por Regreso al corazón me deja algo mucho menos efímero que el impacto de una telenovela: una lección de humildad, de esas que valen para cualquiera, haga lo que haga:
“Hay que estudiar mucho siempre. Por eso he tratado de superarme todo el tiempo, de mirar, observar a mi alrededor, y nunca creerme nada. Si la gente se cree cosas, aunque sea buena en lo que hace… mejor no. Las lecciones están siempre ahí, para aprender de ellas. Mira, a veces no he logrado un personaje. Te lo juro, no he logrado personajes. Pero ahí está: vale. El fracaso vale también, ¿no es así?”.
