La Isla ha dado a la luz a muchos hombres: viles, brillantes, dispersos, valientes, rastreros, con grandes espaldas para sostener pesadas fuerzas o con los hombros encogidos de a quien nada le importa. Algunos, por su propia naturaleza, reniegan su puesto de hijos; otros, incluso, su condición de hombres.
Sin embargo, hay quienes asumieron ambos roles. Fueron vástagos de los que no pueden sentarse a los pies de una cama y observar cómo su madre se apaga de a poco y ellos ahí, con los brazos cruzados. Fueron arcilla, el material del que se dice que los viejos dioses nos tallaron, pero por aquí no rondan los viejos dioses, así que ellos mismos se tallaron. Quedaron algunas imperfecciones, tal vez, pero al final lograron tomar la forma de su tiempo.
Camilo Cienfuegos, quizá, dentro de nuestro amplio panteón, entre los héroes consagrados y los que debieron enterrar en las veredas y en los trillos en tumbas sin identificar, sea de los que mejor asumieron dicha dualidad.

Fue un hombre que no tiene nada que ver con ese machismo primitivo que algunos llaman hombría; sino con cualidades más centrales, como el coraje y la sensibilidad y la actitud. Estudió un semestre en San Alejandro para ser pintor. Trató de aprovechar lo aprendido de su padre sastre y evolucionarlo. Quiso convertir la funcionalidad del oficio en la libertad expresiva del arte.
Trabajó como aprendiz de sastre en la Tienda El Arte, en algún tipo de chiste que a él le hubiera sacado una sonrisa de la amplitud de su sombrero. Limpió platos en New York. Fue emigrante. Fue exiliado. Fue deportado. Nunca se quedó quieto. Había que sobrevivir o, más bien, había que vivir.
Jugó pelota desde pequeño. Cuentan que era pésimo al principio. Probablemente, se iba en blanco en los swings o los rollings le saltaban del guante. Con el tesón de quien no puede permitirse fallar, con la pasión de los fans, poco a poco mejoró hasta que pudo representar a su escuela en partidos importantes.
Desbordaba humanidad, porque logró devolverle cada puñetazo de la vida y con una expresión de alegría en el rostro. Tal vez por ello quiso pelear por esa humanidad pequeña que apodamos Matria o Patria o tierra de nacimiento. Aquí entra su papel como hijo de la Isla, de chupete un mango, de cobertor las aguas del Caribe.

Narran que fue a una huelga donde lo hirieron de gravedad. Aún así, adolorido, sin sanar del todo, a los pocos días estaba en la próxima, en primera fila, porque hay quien no soporta los palcos ni ser de los últimos en la fila. En ese segundo encontronazo con la policía de Batista, lo apresan, torturan y luego lo deportan.
Cuando conoció a Fidel en México, se lo pensaron antes de dejarlo venir en la expedición. No poseía ninguna experiencia militar. Debió hacer un curso rápido en tácticas de guerrilla, dominar los distintos tipos de armamento, perderle el miedo al silbido de las balas.
Ese que no sabía nada de las iras de la guerra desembarcó en el Granma, dirigió junto al Che la invasión de Oriente a Occidente, liberó Yaguajay y se convirtió en uno de los principales caudillos militares de la época. Todo, todo lo hizo por ser hijo de un archipiélago, de un país y de un paisaje.
Tal vez, si uno lo piensa bien, gracias a esa dualidad del ser y del deber, de descendiente y persona, de guerrilla y jarana, de bala y carretes de hilo, su impronta sigue aquí: cercana, para echarle mano cuando lo necesitemos, y lejana a la vez, para poder contemplarla en su gloria.
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