Italia le dio al mundo a Roma y Francia le dio al mundo a París. Cuba no quiso quedarse rezagada y le dio al mundo a Matanzas, cúspide del romanticismo del siglo diecinueve cubano, llamado por los historiadores como el siglo de oro de la literatura cubana. Y es que Matanzas es un misterio. Su fuerza endógena, su magnetismo, su lisura y sus bellos puentes mirando a la bahía más opulenta de la Isla, han convertido esta ciudad en un faro de cultura. Sus escritores, músicos y artistas en general, desde principios del siglo diecinueve, le han otorgado el título de Atenas de Cuba. Ella no tuvo nunca su Pericles ni fue considerada helénica pero sus creadores le han conferido legítimamente ese título, que hoy se hace realidad con la gestión universitaria, sus editoriales, sus bibliotecas y sus salas de música.
Matanzas es un misterio. Ella te convoca, te hechiza, te roba con su magnetismo y sus fuegos, con su valle. Yumuri, envidia de cualquier pintor impresionista y sus gentes tan arraigadas a su tierra. No conozco a ningún matancero que no sienta el orgullo de serlo, porque ser matancero es garantía de identidad y lujo espiritual.
Sin columnas, sin portales, pero con una vocación de abierta empatía hacia sus visitantes. Matanzas es corteza del afecto y la hermandad. Es el sitio en que tan bien se está donde el orden gobierna la razón y el desorden, su atributo mayor, impone la imaginación. Matanzas, para decirlo con términos de alquimista, tiene fijador. Y es que su gente no se parece a ninguna otra de la Isla porque llevan el abrigo de la amistad como un amuleto.
No pueden imaginar ustedes, y me refiero especialmente a los jóvenes, lo que para un escritor significa llegar a esta Atenas de puentes y paseos marítimos, a la ciudad culta que posee las bibliotecas más antiguas de la Isla, las casas editoriales más serias y originales como ha sido, es y será siempre Vigía con sus 40 años de vida, con sus papeles reciclados, sus obras de arte porque cada libro en Vigía es una obra de arte; sea de la mano de un artista o de otro y pienso en Rolando Estévez que se nos fue joven atraído quizás por el arcángel Gabriel.
Vigía ha logrado lo que siempre soñó su fundador el poeta Alfredo Zaldívar y que hoy coordina Agustina Ponce, o la propia Ediciones Matanzas con libros siempre de alta calidad. Y Aldabón otra empresa editorial que no cesa de sorprendernos. Nada, que haber sido honrado con el título de Hijo Adoptivo de esta ciudad es uno de los más acariciados galardones que guarda mi corazón. Y mi vida atesora algunos, pero estoy lo hace latir con la sístole-diástole de mi corazón.
El otro día en curiosa aventura por el marítimo y bohemio paseo Narváez le contaba yo a unos jóvenes lo que era Matanzas para mí, habanero impenitente que pocas veces sale de su ciudad, y lo que significó en las décadas de los sesenta y los setenta; las llegadas en el tren de Hershey a la Atenas de Cuba. Íbamos buscando aire y poesía y ningún lugar más apropiado que Tirry 81, la mítica casa de la más legendaria y atrevida de las poetas cubanas, Carilda Oliver Labra.
En aquella casa de gatos y fantasmas se consumaba el ritual más estrafalario de la Isla. El más seductivo y embriagador. Y nadie piense que nos emborrachábamos, ahí la única droga era la poesía. Y el único licor el té de caña santa o de limón. Esa era la verdadera bohemia de Tirry 81 cuando Carilda aún no había recibido el Premio Nacional de Literatura.
Les diré brevemente cómo eran esas veladas. Llegábamos en el medio destartalado tren de Hershey en horas de la tarde. Y en la estación nos recibía Félix, el novio de Carilda, que era tenor y poseía una bella colección de dagas de Omán y espadas españolas. Él era un ser etéreo y sideral. Cantaba y exhibía sus dotes de gladiador.
Ella lo amó y escribió bellos epigramas sobre él, sobre su cuerpo y sus dotes de guerrero y tenor desclasificado. Nosotros, Urania Vilches, Ángel Luis Fernández Guerra, Joaquín Baquero y el fogoso diletante carildeano Luis Espino, que también nos esperaba en el andén con flores y barritas de maní.
Llegábamos al portón de Tirry 81 y ahí estaba ella, espléndida, bien peinada y maquillada y más bella que nunca. Luego iban entrando con panes y galileticas Juan Luis Hernández Milián y su hermano Yoyi que era un poeta ágrafo, pero tenía el don de la imaginación y la ironía. Juan Luis, su hermano, fue un buen poeta y traductor de los grandes rusos Mayakovski y Bulgákov y Esenin, entre otros. Ambos ya están en el cielo con Carilda y su ejército de admiradores.
Yo no viví la bohemia habanera con tanta intensidad, ni desde luego la de Montmartre y Montparnasse pero viví la auténtica bohemia matancera de los poetas que no tenían otro espacio mejor ni más cálido que el de Tirry 81. A las siete u ocho de la mañana salíamos hambrientos, pero saturados de poesía a tomar el tren de regreso a La Habana. Esas tardes duraron años hasta que llegó la década de los 80 y ya éramos escritores con premios y reconocimientos.
¡Qué madrugadas tan delirantes con la madre de Félix que miraba la televisión en blanco y negro porque no había otra y me decía que lindo el traje dorado de Rosita Fornés! O aquel sillón blanco que se mecía solo todo el tiempo para perturbar nuestra lectura… En fin, todo un concierto de colores, danzas de eurímica de Ramiro Guerra, y poesía por todos los confines de aquella casa que ya hoy, gracias a Dios, al gobierno de Matanzas, la su último esposo Raidel Hernández, es un museo que honra a una de las voces femeninas más importantes de Cuba: Carilda Oliver Labra.
Esa es Matanzas para mí, la que me hizo su hijo adoptivo hace años y donde hoy esta prestigiosa universidad, me otorga el grado de Doctor Honoris Causa. La vida es eso, subir, bajar y luego volver a subir sin grandes esfuerzos, pero sí con mucho arrojo y voluntad.

Gracias amigos por este honor. Gracias al Consejo Universitario y a la rectora Dra. Leyda Finalé de la Cruz por este reconocimiento. De acuerdo a nuestro Código de las Familias los hijos adoptivos tenemos los mismos derechos que los biológicos, así que como habanero puro y matancero por vocación me despido con un pequeño temblor en la mano derecha, secuela de la chikungunya que por poco me lleva del otro lado de la luna pero que gracias a este honor me da fuerzas para seguir viviendo. Y no hablemos sino de la vida, esa que borbotea y resplandece en esta ciudad que tanto amo. Esa que nace del corazón y que disloca la razón. Esa que es mi única fortaleza.
La mejor forma de ver las estrellas no es mirar hacia arriba sino pisar los adoquines por donde caminaron José Jacinto Milanés y Plácido, Bonifacio Byrne, Agustín Acosta y Carilda Oliver, y poetas de la muy bien llamada Atenas de Cuba. Y aquí termino, “desventurado el que no sabe agradecer” escribió el Apóstol, que dicho sea de paso, cumpliría hoy 173 años de vida. Yo agradezco este reconocimiento con una sola bella y elocuente palabra: ¡Gracias!
Dr. Miguel Barnet
Enero de 2026.
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