Miguel Ángel Rodríguez Zulueta, conocido artísticamente como “Miguelón”, es una figura notable de la percusión y el jazz en Cuba. Nacido en 1949, su trayectoria de más de seis décadas simboliza la evolución de la batería moderna en la Isla, fusionando la técnica académica internacional con las raíces profundas de la música afrocubana.
Formado por maestros legendarios como Fausto García Rivera y Oscar Valdés, Miguelón ha sido parte de agrupaciones que relatan en su música el sonido contemporáneo de Cuba, incluyendo Raíces Nuevas y el grupo del laureado José María Vitier.
Su virtuosismo lo ha llevado desde los festivales de jazz en Alemania y el Caribe hasta los clubes más exclusivos de Shanghái, convirtiéndose en un embajador cultural de su natal Cárdenas.Más allá de las baquetas, su legado se extiende a la pedagogía y la gestión cultural, liderando durante algún tiempo la Uneac en su territorio y formando a nuevas generaciones de músicos. Poseedor del Premio White y la Distinción “La Tórtola”, Miguelón continúa hoy, a sus 76 años, siendo un referente activo de la vanguardia musical cubana.
—Comencemos por el principio: ¿quién es Miguelón y cómo nace esa conexión con la batería?—
Mi nombre es Miguel Ángel Rodríguez Zulueta, pero todos me llaman “Miguelón” desde niño; se convirtió en mi nombre artístico y así aparezco en los créditos donde quiera que he tocado. Nací el 5 de julio de 1949 en la ciudad de Cárdenas.“Mi carrera empezó como un aficionado más, siendo apenas un niño de 12 o 13 años. En aquella época no tenía batería ni concepto de lo que era un set de práctica, así que le terminaba rompiendo los muebles a mi madre. Ya a los 14 tocaba algo y a los 15 fundamos el grupo Los Nobels aquí en Cárdenas, aunque estuve poco tiempo con ellos, porque mi verdadero interés era estudiar formalmente en una escuela”.

—Logró llegar a las escuelas de música de la capital. ¿Cómo fue esa etapa de formación?—
Tuve la oportunidad de ser seleccionado para estudiar en la entonces llamada Escuela de Música Moderna. Allí compartí aula con figuras como la fabulosa Beatriz Márquez y muchos músicos jóvenes que luego fundarían grupos importantes como Los Barbas.“Cuando cerraron esa escuela, seguí mis estudios con Fausto García Rivera, un hombre brillantísimo graduado en Nueva York, muy preparado. Él y Domingo Aragú eran los dos profesores de percusión más brillantes que tenía Cuba en aquel momento. Mi otro gran maestro fue Oscar Valdés —quien formó parte de Irakere—, mi profesor de percusión cubana. En Cuba, el sistema de enseñanza siempre introduce lo afrocubano, porque es vital entender los secretos de nuestra música. Terminé mis estudios en la Escuela de Superación Profesional Ignacio Cervantes”.
—Su vida dio giros fuera de la música, especialmente durante el Servicio Militar y etapas económicas difíciles. ¿Cómo mantuvo vivo su arte?—
Me llamaron al Servicio Militar Obligatorio durante la famosa Zafra de los Diez Millones. Cumplí tres años y tres meses. Estudié comunicaciones militares en Santa Clara, pero en mis pases cortos siempre buscaba la música; ahí conocí a músicos excelentes y veía ensayar a la Orquesta de Música Moderna.
“Al salir del Servicio, la música se puso difícil. Mi mamá exigía mucha disciplina, así que tuve que trabajar en los Astilleros Victoria de Girón como ayudante de armador naval. Aprendí mucho de los hombres de allí y llegué a pensar que la construcción naval sería mi camino si la música fallaba. Pero, entonces, José Ramón Guzmán vino a buscarme para fundar la Brigada 20 Aniversario en Jagüey Grande, como instructor de arte, y ahí retomé mi rumbo”.

—Después de ese regreso, vinieron agrupaciones de un nivel técnico altísimo. ¿Qué recuerda de su paso por Raíces Nuevas y el grupo de José María Vitier?—
Entrar en Raíces Nuevas fue un hito. Después de Irakere y Afrocuba, era de lo más fuerte en el país, con el prodigio de Pucho López al piano. Con ellos hice mi primer viaje al exterior, en 1984, a Alemania.
“Luego, al enterarme de que José María Vitier buscaba baterista, fui a La Habana a probarme. Tocar con él era otra gloria; todos saben quién es y no cualquiera tocaba en su grupo. Grabamos la música de la serie En silencio ha tenido que ser y mucha música para cine. También viajamos por Nicaragua y acompañamos a la inmensa Omara Portuondo. Fue una etapa de mucha exigencia y aprendizaje”.
—Eventualmente decide liderar sus propios proyectos. ¿Cómo evolucionó su música hasta llegar a China?—
Regresé a mi provincia y fundé Banda Brava, que hacía música bailable y jazz latino. En el año 2000, el proyecto se transformó en Mestizaje, una agrupación netamente de jazz que mantengo hasta hoy.
“Con Mestizaje y otros proyectos como Cuba Jazz llegamos a escenarios internacionales increíbles. Estuvimos en el Festival de Jazz de Santo Domingo en 2010 y en 2011 hicimos una gira por China. Pasamos cuatro meses en La Casa del Blues y el Jazz, en Shanghái, el club más antiguo de Asia. Fue una experiencia muy fuerte; éramos los primeros cubanos tocando jazz allí, en un local precioso, hecho al estilo New Orleans. Alternamos con muchos músicos norteamericanos y participamos en el Festival de Jazz de Shanghái, uno de los más grandes del mundo”.
—Aún continúa muy activo en los escenarios y en la gestión cultural. ¿En qué trabaja actualmente?—
Sigo muy vinculado al festival Jazz Plaza. Recientemente tuve la experiencia de ensayar en Santa Clara con una orquesta de más de 200 músicos bajo la dirección de Nachito Herrera, un pianista gigante que colabora muchísimo con Cuba. Ya me convocó para el Jazz Plaza 2026 para tocar con la Sinfónica Nacional y la Big Band del Amadeo Roldán.
“Además, he sido profesor en la Escuela de Arte de Matanzas y mantengo un programa comunitario gratuito para niños con talento aquí en Cárdenas. Fui presidente de la Uneac en el territorio por 13 años y sigo siendo miembro activo, apoyando a mis compañeros y al movimiento artístico local”.
—Ha recibido los máximos honores de la cultura. ¿Qué significan para usted estos premios?—
Soy Premio White 2017, tengo el Sello 40 Aniversario del Jazz Plaza, la medalla por los 60 años de la Uneac y La Tórtola, que es el máximo galardón provincial. Uno no trabaja por las distinciones, pero reconforta ver el reconocimiento a los años de sacrificio y amor por la música.
La trayectoria de Miguelón Rodríguez refleja una vida de constante adaptación y entrega a la música cubana. Desde sus inicios autodidactas en Cárdenas hasta su consolidación en escenarios internacionales de Europa y Asia, su carrera destaca por la versatilidad técnica y el compromiso.
A sus 76 años, su afán de continuar haciendo lo que le gusta y transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones demuestra que su legado sigue vigente, fusionando la maestría artística con el apoyo incondicional al talento joven y al desarrollo cultural de su ciudad y su país. (Por: David del Sol Milián, estudiante de Periodismo)
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