Me contaba mi padre que hace muchos años, cuando era apenas un niño, existía un lugar entre los pueblos de los Hondones y el Jiquí que nadie se atrevía a transitar una vez que los rayos del sol dejaban de iluminar esos lares.
Los adultos decían que se escuchaban alaridos desde lo más profundo de las entrañas de la tierra y que seguramente era algún muerto que venía a reclamar algo. A cada rato el tema era el centro de conversaciones a la hora de la comida o cuando algún vecino o familiar visitaba la casa y se le brindaba un sorbo de café. ”Que si arrastraban cadenas, emitían chillidos o llamadas y hasta se escuchaba el hacha del muerto derribando árboles”; todo casualmente a un mismo horario donde por necesidad, pasaban casi volando los hombres por ese sitio.
Recuerdo haberme dicho un día que ya estaba cansado de tanta intriga y atrevido como era, se dispuso a averiguar lo que tanto miedo generaba. Resulta que esa misma tarde un amigo había comentado sobre el sonido de hachas la noche anterior muy lejos de cualquier chucho y a la orilla del sendero, cuando llevaba café a su viejo que se encontraba quemando un horno de carbón.
Según él, al salir disparado como una flecha, sentía como si lo estuviese persiguiendo alguien, puesto que el sonido se le acercaba cada vez más. Existía por esas fechas la creencia en toda la Isla de Cuba de todo tipo de apariciones o manifestaciones del más allá en el campesinado, en parte por supersticiones heredadas o algunas incentivadas por la ignorancia a que se les había sometido por años.
Esa tarde-noche se armó de valor y emprendió el recorrido por el sendero, decidido a encontrar al o los muertos que tanto daban de qué hablar. Realmente creía que era una construcción de los adultos para que los niños no salieran de casa en las noches a deambular por los trillos en busca de cocuyos o simplemente jugar entre ellos a los escondidos.
Iba pensando en la cena copiosa que habían tenido, pues era el último día del año y casi estaba arrepentido de su empresa por esos mismos motivos y se debatía entre regresar o no al festín cuando se congeló literalmente ante un sonido estridente que se escuchaba a una corta distancia. No era un sonido sino varios y cada vez más fuertes como si el muerto estuviese enfurecido derribando todos los árboles. Quizás su miedo temporal le había provocado esa idea en su cabeza, pero inmediatamente se repuso y avanzó en dirección al lugar pues no era un cobarde para regresar sin su descubrimiento.
Se abrió paso entre unos árboles de Júcaro con su mechón encendido que iluminaba hasta unos cuatro o cinco metros. Los sonidos se convirtieron en una especie de chillidos o alaridos y de vez en cuando el “hacha” se hacía sentir.
Cautelosamente se arrastró para no ser visto entre la maleza y pensó en apagar la fuente de luz, pero así tendría que esperar a la mañana siguiente para poder salir del monte y con toda seguridad le esperaría una tunda de golpes tremenda. Se mantuvo a la expectativa, moviéndose lentamente hasta que descubrió la silueta de un árbol seco muy grueso y pensó –“seguro que es ese el árbol que está derribando el muerto para sacar un tesoro escondido”-.
De repente el sonido se generó a sus espaldas y cayó desplomado en el suelo, muerto de risas ante la furia que demostraban dos siguapas que se peleaban furiosamente por llegar al árbol, y entre picotazo y picotazo alguna llegaba al hueco árbol para provocar el sonido que infligía tanto miedo sobre los adultos del pintoresco batey. (Por: Lic. Yoandy Bonachea Luis)

