Lo terrible y lo hermoso según tres fotógrafos

Un segundo puede contener la desesperación y la esperanza. Por tanto, una fotografía, que es un segundo —incluso menos— al que le tendemos una trampa para que no se pierda en su fugacidad, también puede guardar lo hermoso y lo terrible. Mucho de ello hubo en el incendio en la Base de Supertanqueros de Matanzas.

Conversamos con tres fotógrafos: Raúl Navarro, Julio César García y Miriel Santana, quienes desde sus perspectivas y subjetividades nos brindaron versiones de lo sucedido en la Zona Industrial. Cada uno de ellos atestiguó el inicio, la continuidad y el cierre de un fenómeno que a muchos les puso el llanto a flor de ojos, a otros les recordó cambiar los girasoles de sus altares, y a otros les dio por preguntar qué se necesitaba, a dónde había que ir; pero a todos nos estremeció hasta el tuétano.

EL PRINCIPIO

Raúl Navarro es un muchachote, un tipo que te lo puedes imaginar mientras juega al taquito con los chamas del barrio o sentado en un quicio con un chor y una camiseta mientras te cae a cuentos. Habla con desparpajo. Le pone jerga a sus frases. “Asere, era caótico: bomberos por todas partes, mucho movimiento de carros cisternas que iban para allá llenos y enseguida regresaban vacíos”, me describe así el ambiente de la madrugada del 6 de agosto cuando llega a la Zona Industrial de Matanzas.

Él fue uno de los primeros fotorreporteros en arribar al sitio esa noche inicial, en que empezábamos a aprender que el fuego no es un niño con una perreta, sino una fuerza de la naturaleza. Me cuenta que el primer tanque parecía “la hornilla encendida de un fogón”, en ese momento le echaban agua al segundo para enfriarlo y que él estaba ubicado a unos 50 metros de este último.

Raúl fue de los primeros fotorreporteros en llegar a la zona del incendio. Sus instantáneas nos hablan del triste combate entre el hombre y la naturaleza esa fatídica primera noche. Foto: Raúl Navarro

“Aun así el calor se sentía. El humo me empañaba el lente; yo tenía que limpiarlo con el pulóver, pero me concentraba en disparar, disparar y disparar”.

Sus fotos, de las primeras por las cuales entendimos el horror y que se volvieron virales a la mañana siguiente, muestran a los bomberos diminutos, casi un punto difuso y omnipresente atrás, como tinglado, las llamas. Él nos lanza a la cara una pregunta, una sola pregunta: ¿Qué puede hacer el hombre contra la inmensidad?


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Desde el lente de Raúl Navarro le compartimos algunas imágenes del incendio en la zona industrial de Matanzas durante la madrugada del 6 de agosto, horas antes de que sucediera la segunda explosión.


“Las imágenes en mi cámara las veía oscuras, porque el contraste de luces y sombras por el incendio era muy fuerte. Era como si fuera el sol en primer plano ahí. Si exponías bien el fuego, el bombero no se veía, y si exponías al bombero se te reventaba la foto. Había que llegar a una media donde hubiera un poco de fuego y un poco de los bomberos. Quería captar los tres sujetos: el tanque en llamas, el otro al que le lanzaban agua para enfriarlo y a los bomberos. Esa era la idea del encuadre”.

Este constituiría su primer acercamiento a la labor de fotorreportero. Por esos días tramitaba los papeles para comenzar a trabajar en el periódico Girón. Su primera cobertura para el medio sería el incendio en los Supertanqueros. Según él explica, antes se inclinaba más hacia el paisajismo, pero en el área del siniestro se percata de que el paisajismo era algo en demasía inocente en comparación a lo que sucedía allí.

Raúl fue de los primeros fotorreporteros en llegar a la zona del incendio. Sus instantáneas nos hablan del triste combate entre el hombre y la naturaleza esa fatídica primera noche.

“Cuando voy a tomar paisajes, el objetivo no se mueve. En el fotoperiodismo tienes que estar a la viva y emocionalmente conectado con los eventos. Por ejemplo, ese primer día debía estar atento a los bomberos, al movimiento de los carros cisternas, etcétera”.

Enciende un cigarro y con la misma mano que lo sostiene hace ese gesto giratorio de quien quiere espantar al pasado, dejarlo en el lugar que está y no permitir que nos alcance. Mientras el humo realiza arabescos en el aire, me relata que no pudo contarle al padre que iba para la Zona Industrial, porque no lo iba a dejar. “Uno no tenía noción del peligro que había ahí. Al día siguiente me llamaron para ir allá de nuevo y tuve que decirle que no, porque mi papá, mi mujer y el resto de la casa estaban tirados en plancha”.

Quizás la reacción humana más intrínseca, la que va con nosotros desde hace más tiempo y por la cual estamos aquí ahora, es el instinto de supervivencia. Este se manifiesta a través del miedo, y habría que dudar de la humanidad del que diga que no sintió miedo ante aquel incendio.

“No me siento orgulloso de haber tomado esas fotos. En ese momento el que estaba ahí era yo. Así que no sé si llamarlo oportunidad. Si fuera otro seguro que también captaba esas imágenes increíbles. Especifico que sí me siento realizado. De verdad, fue un reto y una experiencia única, que imagino que nunca lo vuelva a vivir, más que imaginarlo, espero no tener que volver a vivirla, asere”.

EL INTERMEDIO

Cualquiera que haya tropezado con Julio César durante los días que permaneció el humo como un paraguas encima de la ciudad, hubiera notado que andaba inquieto. “Desde que me di cuenta de que había ocurrido un accidente, yo tenía esa ansiedad ya, ¿me entiendes? Ansiedad que venía por la necesidad de ayudar de alguna manera”. Me explica y yo pienso que probablemente esa intensidad vital es lo que lo ha llenado de canas tan joven. Ahora, semanas después, habla más distendido, como quien luego de estar tan arriba necesita desconectar un poco.

Julio, como fotógrafo colaborador del periódico, atestiguó gran parte de las labores de extinción del incendio, la búsqueda de los restos de los fallecidos y las honras fúnebres con que se les despidió.

“Cuando me despierto el sábado 6, la Pelúa —llama así a su novia— me dice que había sentido las ambulancias, que había tremendo tropelaje. Salgo para la calle y veo que la humareda no se había ido, que el tormento continuaba; además, escucho las noticias sobre los accidentados. Entonces, pienso que la manera que tenía de ayudar era empezar a documentar el suceso por mi cuenta”.

Escribiría Pascal que el mayor problema del hombre es que no se puede estar quieto en una habitación. Si Pascal hubiera coincidido con Julio habría tachado y puesto “no se puede estar quieto en una habitación sin salir a tirar fotos”. A Julio la vida se le va a través de un lente de 28 mm. 

“Me puse muy ansioso por lo histórico de la experiencia. Jamás había ocurrido un incendio de tal magnitud en el país. Es una de las mayores experiencias que tendré como fotógrafo”.

Por ello, el sábado, alquiló una moto para buscar visuales desde diferentes partes de la urbe: el René Fraga, el Faro de Maya, el Morrillo. En la noche, según confiesa, se cuela en el reparto de Dubrocq, el más cercano al siniestro, en ese momento un barrio fantasma, solo rondado por los perros callejeros, porque sus pobladores habían sido evacuados.

“El domingo 7 es el cumpleaños de mi mamá y yo estaba en casa de la vieja. Almorzábamos cuando me llegó un mensaje del director del periódico Girón, al que le había escrito con anterioridad para saber si el medio necesitaba colaboradores para ir a la Zona Industrial. Él me preguntaba qué iba a hacer por fin, que en 15 minutos me recogía. No terminé el plato de comida y me fui para allá”. 

Me describe que cuando llega al sitio nota que aquello era una locura, en el sentido de que sucedía demasiado a la misma vez: “constructores y transportistas, bomberos de un lugar para otro y los helicópteros por encima”. Alguien como él, a quien la vida se le va a través de un lente de 28 mm, ante tanto por hacer, la ansiedad debió carcomerlo por dentro. Incluso, me cuenta que no llevó los zapatos adecuados y que chapoleteaba en el suelo lleno de fango y crudo. Actualmente, la foto de su perfil de WhatsApp es una imagen de los tenis sucios.

De las instantáneas tomadas por él, quizás la más mediática sea la del bombero que se arroja en el rostro agua desde un pomo para diluir la ceniza. “Creo que su valor es que da la idea de todo el esfuerzo que se hacía ahí, pero a la vez trasmite esperanza”.

Julio César no podía quedarse tranquilo en casa. Entendió que en medio de una situación que a tantos estremeció hay muchas formas de ser útil y la de él era con su cámara.

Si la toma de Raúl Navarro el primer día del incendio formula la pregunta: ¿Qué puede hacer el hombre contra la inmensidad?, Julio con esta imagen le responde: Luchar y cuando no se pueda más, seguir luchando.

“El límite hasta donde podía adentrarme en la zona del incendio me lo daban los bomberos, que me chiflaban y me gritaban ‘¿oye pa dónde tú vas?’ Yo le digo a un oficial que andaba por ahí que si podía pasar y me respondía que no y que no y que no. Había otros bomberos que descansaban por allá, cerca del incendio, y quería fotografiarlos. Entonces, los oficiales se distraen, como dije eran muchas cosas pasando al mismo tiempo. Yo aprovecho. En ese justo instante repartían los pomos de agua”.


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Él me dice que su modus operandi no es el del fotorreportero clásico, que “él tira las fotos y luego pide perdón” y que intentó impregnar a sus instantáneas la misma obsesión que condicionan su obra artística: lo humano. Al igual que los renacentistas italianos, para él el hombre con las tristezas que le doblan las espaldas y las pequeñas alegrías que le iluminan el rostro, aunque nadie sepa bien por qué sucede, debe ser el centro. Quizá de ahí provenga la carga emocional que trasmiten los segundos que entrampó en la Zona Industrial.  

“Durante esa semana hubo tres días que no dormí por estar ansioso y querer madrugar al otro día”, me confiesa y no puedo dejar de observarle las canas. Me cuenta que ahora se quiere ir con la Pelúa para el Escambray de vacaciones. “A tirar fotos por allá arriba y a desconectar”.

EL FINAL

“Esos días casi ni dormí. Viví a café y cigarros, por el estrés y para poder aguantar el sueño. Ya no estaba fumando y volví al vicio”, me cuenta Miriel mientras enciende uno. Está sentado en una silla frente a su mesa de trabajo. Fuma y contempla un trozo de mar por una ventana próxima.

Del edificio en que vive solo lo separa del agua la línea del tren y un rayón de arena sucia. Con pararse en el balcón uno puede abarcar la bahía de una ojeada, desde el Faro de Maya hasta la Guiteras. Ello le permitió tener un puesto privilegiado para darle cobertura al incendio en la Zona Industrial. Tarea que hizo de manera casi ritual a través de las redes sociales, en un ejercicio de fotorreporterismo autodidacta, de periodismo ciudadano.

“El viernes en la tarde un amigo me llama para que saliera al balcón, que había una nube negra en los Supertanqueros”. Desde ese momento agarré la cámara y el celular y empecé a postear todo lo que veía; desde mi perspectiva, porque nunca tuve acceso. Siempre lo especificaba en mis publicaciones, todo fue desde ESTE LADO DE LA BAHÍA”.


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Me cuenta que el segundo día salió a hacer un recorrido, pero algo le inquietaba; tal vez sea más correcto escribir que algo le dolía. “Te confieso que al principio no me sentí cómodo con lo que hacía. No me caracterizo por ese tipo de fotos. Nunca me ha gustado retratar la miseria o la tristeza. Siempre me inclino hacia la belleza, sobre todo la de Matanzas”.

A muchos les dolía la ciudad tomada por las sombras, las físicas, que significan la ausencia de las partículas de luz y otras más espirituales, más relacionadas con la angustia. Conocí a Miriel cuando era trovador y en cualquier banco de parque cantaba a Santiago Feliú. Ahora, que cambió la guitarra por una cámara Fuji, noto que permanece la necesidad de expresarse. Esas dos cualidades se conjugan en él: la sensibilidad y la inquietud por proyectarse.

“Por ello, cuando regreso a la casa, solo atiné a comentar lo que sucedía: ‘acaba de haber una explosión, hay más humo’, y así, sin enfocarme mucho en las imágenes.

David, un amigo, me grita desde abajo del balcón ‘¿Qué haces que no estás tirando fotos? Oye, esto es para la historia’. Mucha gente me escribió por Facebook para presionarme o exigirme, no sé cuál sea la palabra correcta, porque al ser fotógrafo debía dar constancia gráfica. Así que empecé a comprender que tenía el deber de informar”.

Desde el balcón de su casa a la orilla de la bahía Miriel compartió el dolor de una ciudad con el horizonte tintado por las llamas y el humo.

Desde su atalaya, en ESTE LADO DE LA BAHÍA, “quizá no minuto a minuto, pero sí con bastante constancia”, informó lo que ocurría. Para ello colocó su cámara permanentemente en un trípode en el balcón. Además, por una cuestión de inmediatez, recurría al celular. Tomaba la foto y sin editar la subía a sus redes sociales.

“Pienso que hay que saber utilizar todos los medios, uno como fotógrafo tiene que saber emplear el equipamiento en función de lo que quiera comunicar”.

Mucho material testimonial se generó desde el sitio del incendio. Las imágenes tanto de Raúl Navarro como de Julio César resultan pruebas fehacientes de ello. Sin embargo, Miriel brindó una perspectiva diferente, la del citadino, la de todos aquellos que contemplaban el fuego desde sus patios, los que cedieron al pánico y se desesperaron porque no sabían si podrían llevarse a su mascotas, si había que evacuar, los que solo tenían fuerzas para arrellanarse en los sofás y pedir ‘despiértenme cuando todo acabe’.

“Desde la posición en que yo me encontraba tú no veías los tanques, sino el fuego y el humo. Yo fotografiaba la ciudad. Tú observabas los automóviles, las personas, las casas. Aprecias lo que siente una ciudad cercada por las llamas”.

No obstante, es muy posible que la instantánea por la cual Miriel sea recordado nos muestra un cielo sin espanto ni humo, un cielo que se abre el pecho después de la tormenta. Ello sucedió el viernes 12, cuando se realizaron las honras fúnebres a quienes no regresaron del fuego. 

“El día del sepelio voy hasta allí y hago fotos, pero como público, porque al final no tenía credencial de prensa. Cuando pasa la caravana, regreso a la casa y me digo que todo acabó. Me pongo a descargar el material, y me llaman los vecinos. ¡Miriel, Miriel asómate, mira el arcoíris!

Foto: Miriel Santana

Sinceramente te digo que desde aquí he visto muchos, pero ninguno como ese. Lloviznaba. En la parte de arriba de la foto a la izquierda se ve, incluso, una mancha que es una gota en el lente; pero todo ocurrió tan rápido que no pude editarla. La subo y escribo el comentario de que así despide Matanzas a sus hijos. Luego investigué y en la cultura judía se dice que cuando aparece un arcoíris así es una señal de Dios de que una tragedia así no se volverá a repetir”.

Como mismo la Naturaleza mostró lo terrible de su genio a través del incendio, para concluir las jornadas de ceniza nos enseñó toda la belleza de la que es capaz, mediante las refracciones de la luz.

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5 Comments

  1. Nosotros los cubanos, nos sentimos orgullosos con los reporteros, con los bomberos y con todos los jovenes que durante esos dias tan terribles estuvieron alli, dando lo mejor de sí. Los felicito a todos por su entrega, nuestros jóvenes son un ejemplo, gracias por su aporte

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