El tele-alumno. Fotos: Tomadas de Internet
La crisis aumentó las lejanías, cada una de ellas. Hay amores rotos, familias escindidas, amigos que nunca más serán amigos, solo estelas.
Resulta una situación, igual que los apagones o los precios, con los que hemos aprendido a vivir o, mejor dicho, a sobrevivir. Estos contextos son muy extraños para calificarlos de simples vivencias.
Sin embargo, tal vez de todas estas distancias —acrecentadas por un transporte mitológico, por kilómetros alargados por la pobreza— entre las más preocupantes se halle la de los alumnos y las escuelas.
No le quito mérito a la educación a distancia o al uso de los medios digitales para la enseñanza, pero no reemplazarán la presencialidad.
Existe cierta sinergia insustituible en la relación profesor-alumno. Va desde el poder de inspirar o vigilar. Ambas a través de una pantalla merman demasiado. El proceso de aprendizaje, entonces, se transforma en un asunto escolástico. Solo se evalúa la habilidad reproductiva del estudiante y no su capacidad de improvisación.
Esto último se agrava con el uso masivo de las inteligencias artificiales (IA), trampa del argumento, miedo del pensamiento propio. La capacidad del aula como método de control, como espacio pedagógico, a veces, no tiene precio.

Sócrates planteaba que todo el conocimiento se encuentra dentro de nosotros. Puede ser verdad. Mas, planteó también la mayéutica como el medio para extraer este, porque en ocasiones se dificulta hacerlo uno mismo. Necesitamos un agente externo, un profesor, digamos, para hacer brotar esta información en reposo.
Durante la covid, por razones epidemiológicas, se recurrió a la alternativa de la tele-educación. Las consecuencias de dicha decisión, más allá de su carácter imprescindible, fueron nefastas. Inmensas lagunas donde nadarían monstruos. Multitud de muchachos ociosos con ideas de futuros destruidos.
Ahora se repite el patrón, pero sin murciélagos chinos, sin nasobucos, sin ideas del final del mundo vaticinado por los mayas. Cuando plantearon las clases semipresenciales, un eufemismo muy triste, porque realmente eran no presenciales, comunicaron que no superarían el mes. Ya vamos por casi medio año. De hecho, en la educación superior se orientó terminar el semestre así.
De la manera en la cual se han desarrollado los acontecimientos y los contextos actuales, tampoco poseemos una certeza de que en el próximo curso se retomen las asignaturas en las escuelas. La incertidumbre e indefinición se ciernen sobre nosotros.
Urgen alternativas, incluso, si la situación del país con respecto a los crudos sigue igual. No se puede prescindir de las instituciones como centros de coincidencias y del cara a cara como otra herramienta tan importante o más que las bibliografías.
Por último, hay un elemento, quizá menor para los extremistas de las sabidurías por encima de todo, a tomar en cuenta: las escuelas como espacios donde desarrollar una vida espiritual y social más allá de lo intelectual.

