Libros como Puentes: Semilla, árbol, manos: poesía de la resistencia

Semilla, árbol, manos: poesía de la resistencia

“Al fin en mi mano”, me he repetido ante el nuevo libro que acompaña al resto de mis libros en la mesa donde trabajo en casa por estos días. Al fin Najwan Darwish más allá de su poiesis del ramalazo, del tajo que siempre sangra. Cortejado por este sol cubanísimo que inquieta pero no maldice, en esta tierra de oreos y probadas abundancias.

Hace poco más de un año Zaldívar nos leyó “Carné de identidad” y nos amenazó con que sí, que semejante poeta, que tan tremenda poesía escrita por un palestino, sería parte de la  familia editorial matancera.

Hoy, la antología Una palabra en contra nos pertenece ya; porque el dolor repartido toca a menos, pero la poesía es la excepción de toda regla (una ley no escrita que manejamos los poetas) y la poesía compartida se vuelve más, como los panes y los peces, y la sopesamos y la envolvemos y la acariciamos y sí, toca a más poesía por cabeza.

Pero lo primero es lo primero y el agradecimiento se impone. A Víctor Rodríguez Núñez, el conquistador, The Warrior, el que atraviesa mundos con sus botas de siete leguas y la lengua desatada y acarrea las semillas poéticas que luego germinan entre nosotros, tórnanse vergel trashumante, libros como puentes, puentes poéticos. A Alfredo Zaldívar, El Hacedor, que acaricia la semilla soplando sobre ella para insuflar vida y se inclina y planta y abona la patria literaria y se hace la magia de la hoja, de la tinta, del poema antecedido por la mano que llora. Gracias al poeta palestino Najwan, hermano, cantor, aquí para siempre en y con nosotros.

Admito ante Víctor y con Víctor que esta es una poesía de la pérdida, de los destierros todos. Si de cada poema sumamos las muertes correspondientes que referencia el autor, serían cientos los fallecidos a manos de los enemigos históricos o los más contemporáneos en y desde estas páginas. Una poesía donde la tragedia es un leitmotiv que se repite, se repite y de las formas más desemejantes, más enloquecedoras, visto desde mi perspectiva del Caribe insular. 

Y aunque pareciera que lo que se repite y se repite se incorpora como una segunda piel, se vuelve jodidamente cotidiano, no podemos permitirlo cuando de genocidios se trata, de alevosía, de afrentas colectivas al ser humano. 

El poeta Najwan Darwish piensa así: no quiere que la muerte se vuelva un hecho cotidiano asimilable. No quiere que la gente olvide, y esgrime la poesía y dispara los versos y atiza el fuego de cada palabra. ¿Con cuáles matices en la voz y en el pensamiento pronuncia un niño en árabe la palabra muerte? Presiento que Najwan sabe del desconcierto que acompaña esta respuesta.

Poemas escogidos de cinco libros, seleccionados por Víctor Rodríguez y editados por el propio Zaldívar: Nada más que perder, Durmiendo en Gaza, Elegía de un niño dormido, Cada vez que me acerco a una tormenta y No eres poeta en Granada, conducirán a los lectores cubanos por rutas, acres atravesados por la Nakba, la música de los jóvenes refugiados que bailan dabke, las insólitas colinas de Birzeit o las puertas de Damasco en Jerusalén, la primavera de los jardines de Shiraz, Isfahán y Bujará, el lluvioso Londres, desarraigante…

Ante el lector cubano, una poesía del reclamo. Un discurso amargo mas genuino, traducido, en mi criterio naif, de manera muy homogénea. En esta escenografía del Medio Oriente, de la Europa vivida o de la Latinoamérica visitada, siempre se escucha la voz personalísima de Najwan Darwish en un mismo tono: el de la severidad, insisto, del reclamo, pero a sabiendas de que ocupa un lugar como vocero en el mundo y necesita comportarse como un hombre de bien, que es decir un hombre manejando su destino a cabalidad y su destino es, sin dudas, la literatura. 

El propio Najwan reconoció, en una entrevista ofrecida al periodista Santiago Triana para El País, que no sabe hacer otra cosa en esta vida aparte de leer y escribir. Pero se sobrentiende que es alguien también acostumbrado a percibir la violencia y se refugia desde las palabras y, nunca mejor dicho, se refugia desde las palabras en la ironía. 

Aunque particularmente amable casi siempre, si se lo requiere, se vuelve mordaz, inquietante. Porque si de este lado del mundo yo tampoco me creo del todo que a las balas se les combate solo con flores y canciones, deduzco que al autor de Una palabra en contra todavía le costará mucho alcanzar el sosiego poético, que es decir el vital. 

Es dable asumir determinadas posturas sociales desde la literatura y eso, haciéndose acompañar por otros escritores como Fadwa Tuqan, Hala Alyan, la recién fallecida Hiba Kamal Abu Nada, habla con probidad de la “poesía de la resistencia” de Najwan Darwish, despojada de lugares comunes. 

Un hombre que solo sabe escribir y leer es un hombre que por estos tiempos también sabe el valor de vivir en genuina paz con sus semejantes, pero que reconoce la impronta brutal de legar un poema sobre una niña que no calzará jamás zapatos nuevos en Navidad, porque las bombas mutilaron sus pies en la frontera entre Siria y Gaza.

Del árabe al inglés, del inglés al español, han llegado los poemas de Najwan hasta esta ciudad que no le expulsará, remedando sus miedos, como en el poema “Fobia”. Aquí ya le estamos leyendo, para ser voceros de su historia, que es la historia patria de una tierra sin tierra, que se niega a dejar de ser país.

El diseñador Johann E. Trujillo utilizó para la imagen en cubierta de este volumen una fotografía que enviara el propio Najwan: Tree after devastation, un árbol consumido por el paso de las langostas en Palestina en 1915. ¿Aún en ese sitio existirá un árbol? ¿Ese mismo árbol? Me gusta pensar que sí, que se erige como símbolo de resiliencia, dúctil, siempre dispuesto a prolongarse después de cada plaga, como el propio pueblo palestino. Y un hijo de una tierra semejante solo puede parir versos que lo resistan todo.

Najwan y yo nacimos en 1978, pero pareciera que por su poesía ha vivido siglos, enfrentándose a dolores, desgarros que yo, en mi tranquila ciudad marinera, en mi ciudad de puentes, solo conozco por los noticiarios o la literatura. 

Hace muy poco escribí que los autores siempre tienen la primera palabra, pero la última corresponde a los lectores. Como “leedora” retornaré más adelante, bajo otras suavidades, a este libro contenedor de miedos, de sueños, de rupturas, de amores y desencuentros, de historias no registradas en los libros de historia, y de nuevo pensaré en las distancias geográficas que se acortan cuando es la poesía el vínculo que enchufa a los seres humanos. 

Pensaré en que, como advierte el poeta, “todo el mundo necesita una última palabra” y, por qué no, tenemos que convivir con el hecho de que esta también puede manifestarse como una palabra en contra.

La semilla poética de Najwan Darwish, trasmutada en árbol, ya comienza a prosperar en la ciudad de Matanzas. De momento, hemos contenido las plagas y en vigilia literaria esperamos los primeros frutos, con gula. Prolijos. Mientras,  agradecemos con desbordamiento la belleza de la palabra que se erige en medio de tanta privación. Entre las manos/puentes de Najwan Darwish, Víctor y Zaldívar, ha florecido la poesía que resiste. 

Poetas que me escuchan: es la hora de extender las manos.

(Por Maylan Álvarez/ Reseña leída durante la edición 0 del Festival Internacional de Poesía Puentes Poéticos, Ciudad de Matanzas, en junio de 2024.)

Dos poemas de Najwan Darwish, pertenecientes a la antología Una palabra en contra, del libro Nada más que perder 2 :

Jerusalén II

Cuando me voy me vuelvo piedra,
y cuando regreso me vuelvo piedra.

Te llamo Medusa.
Te nombro hermana mayor de Sodoma y Gomorra,
tú, la pila bautismal que incendió Roma.

En las colinas los asesinados cantan sus poemas
y los rebeldes recriminan a quienes narran sus historias
mientras yo dejo atrás el mar y regreso
a ti, vuelvo
a este arroyuelo que fluye en tu desesperanza.

Oigo a los que recitan el Corán y a los que amortajan
los cadáveres,
oigo el polvo que levantan los dolientes.
Aún no tengo treinta años y ya me enterraste una y otra
y otra vez; para complacerte
resurjo de la tierra.
Así que deja que se vayan al infierno los que cantan tus alabanzas,
los que venden los suvenires de tu dolor,
todos los que posan ahora conmigo para la foto.

Te llamo Medusa,
te nombro hermana mayor de Sodoma y Gomorra,
tú, la pila bautismal que sigue ardiendo todavía.
Cuando te dejo me vuelvo piedra.
Cuando regreso me vuelvo piedra.


Traducción del inglés de Juan José Vélez Otero

Carné de identidad

A pesar —como dicen en sus chistes mis amigos—
de que los kurdos son famosos por su severidad,
yo fui más manso que una brisa de estío
cuando abracé a mis hermanos
en los cuatro confines de la tierra.
Fui el armenio que no creyó en las lágrimas
bajo los párpados de la historia que con su nieve
cubre tanto a los asesinados como a los asesinos.

¿Es tan grave, después de todo lo sucedido, que arroje
al barro mi poesía?

En todos los casos fui un sirio de Belén que entonó
las palabras de su hermano armenio, y un turco de Konya
que entró en Jerusalén por la puerta de Damasco.
Y hace poco llegué a Bayadir Wadi al-Sir
y fui recibido por la brisa,
la brisa que solo sabía el sentido
de un hombre que llegaba de las Montañas del Cáucaso
con la única compañía de su honra
y la de los huesos de sus antepasados.
Y tan pronto pisó mi corazón suelo argelino
ni un momento dudé que fuera amazigh.
Y allí donde fui pensaron que era iraquí,
y no estaban equivocados.
Algunas veces me considero un egipcio que
vivió y murió una y otra vez junto al Nilo
con mis ancestros africanos.
Pero en primer lugar fui arameo. No es extraño
que mis tíos fuesen bizantinos, ni que yo mismo fuera
un niño hiyazí mimado por Omar y por Sofronio
cuando se abrieron las puertas de Jerusalén.

Todos los lugares de los que vengo
resistieron a sus invasores, no hay hombre libre con quien
no esté unido por lazos de parentesco; y no hay un solo árbol
ni una sola nube con los que yo no esté en deuda. Y mi desprecio
por los sionistas no me impedirá decir que también
fui un judío al que expulsaron de Al-Ándalus, y que todavía
le encuentro sentido a la luz de aquel ocaso.

En mi casa hay una ventana que da a Grecia,
un icono que apunta a Rusia, un dulce aroma
que llega de Hiyaz a la deriva,
y un espejo: en cuanto me paro frente a él me veo
sumergido en la primavera de los jardines
de Shiraz, Isfahán y Bujará.


Y si no es así, uno no es árabe.

2 Granada: Valparaíso Ediciones, 2016. Es una antología basada en la traducción del árabe al inglés de Kareem James Abu-Zeid: Nothing more to lose. Nueva York: New York Review of Books, 2014.

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