La Madre Isla 

La Madre Isla 

Una madre cubana hará ese extraordinario acto de prestidigitación: sacar de donde no hay. No te pedirá cerrar los ojos para realizar su truco. Lo hará frente a tus ojos. Rituales para desmenuzar pollo hervido. Ceremonias con el vasito para verter el arroz en la olla. Encantamiento del frijol aguado. 

Una madre cubana puede lograr la maravilla biológica, una a la cual incluso Dios no se atrevió: que las ranas críen pelos. Como mismo, si se lo proponen, provocarán una nevada en el Trópico. Caerá nieve y más nieve. En un punto la Isla parecerá cubierta por un mantel blanco, como el de la mesa del comedor. 

Una madre cubana recordará todo lo olvidado en su lejana primaria. Se pondrá su uniforme con tirantes rojos y pañoleta azul. Aprenderá a trazar el sombreros de la T y las barriga de la D, como cuando sus hijos eran muñecas de pelo rubio y bebés de porcelana. 

Una madre cubana se sentará, como un monje copista, a pasar a mano un trabajo práctico; porque la maestra lo pidió así, no impreso. Quizá se caiga de sueños, mientras escribe que Hatuey murió en la hoguera para no ir al mismo cielo que los españoles. Sin embargo, aunque se le entuman los dedos o los ojos se le apaguen, como el pábilo de una vela en consagración para una santa, no se detendrá. 

Una madre cubana puede desbaratarte con una mirada. Di algo que no les guste delante de una visita y te fulminará con los ojos. Morirás y nacerás un millón de veces en un milisegundo. Reencarnarás en ameba, en flor de cardo, en hurón. 

Una madre cubana irá por la casa, olfatea que olfatea, en búsqueda de la ropa sucia. Encima de la silla del cuarto. Debajo de la cama. Al lado de la mesita de la computadora. Agarrará los pulóveres y les olerá el cuello. Analizará los bajos de los pantalones, por si hay salpicaduras de barro. Revisará las axilas de las camisas, por si se amarillearon. Decantará si están aptos para la lavadora o si resisten una puesta más. Entre sus funciones se encuentra delimitar lo útil y arreglar lo deshecho. 

Una madre cubana, 12 horas antes del Día del Educador, andará por la ciudad en modo ráfaga para buscar una panetela, un paquete de caramelos, un pote de mayonesa, como un explorador en los templos del “hay que traer algo para la actividad”. 

Una madre cubana, el Día de los Padres, dará dinero a sus hijos para el presente, aunque el progenitor hace años no se ocupe de ellos. El Día del Amor, esperará un bombón y una flor, aunque sea arrancada de un cantero; y sin saber si su distraída niña con tantas mariposas Monarca en la cabeza los traerá. El Día de los Mártires, nadie la felicitará; ella tampoco desea que lo hagan. No quiere un pedestal y bronce verde siglos, sino un poco de memoria y ternura. 

Una madre cubana nunca cree que el tiempo le alcanzará. Mira hacia abajo y el piso parece el cristal del reloj; incluso, puede contemplar los minuteros en su avance indetenible. Por ello, la puedes ver con una gota de sudor en el canal entre la nariz y los labios, con el pelo en revolución, con los niveles de hambre en rojo. Se acumula demasiado por hacer y el Vaticano prohíbe la clonación. 

Una madre cubana, de alguna forma, alcanza la omnipresencia. Hacia donde te vires, ella estará ahí: en la cola del detergente, en la puerta de la casa del repasador, detrás del buró de su empresa, en la antesala del derrumbe final.

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