Román: del amor a la Guiteras

Palabras con Sentido: Román Pérez Castañeda, ingeniero de la CTE Antonio Guiteras de Matanzas

Tan icónica y distintiva de la urbe yumurina como las Cuevas de Bellamar y la majestuosa bahía, el teatro Sauto y la Ermita de Montserrate, la Central Termoeléctrica (CTE) Antonio Guiteras tiene una historia de ciencia y de hombres por contar. 

El coloso de hierro matancero carga sobre sus hombros la responsabilidad de generar electricidad para la Isla, sabiéndose el mayor bloque unitario y más eficiente de su tipo, aún cuando más de tres décadas de intenso quehacer ya pesan en su andamiaje. Por ello, no sorprende que de vez en cuando alguna fuga de agua se salga de control, o sus engranajes requieran mantenimientos urgentes para mantenerse vital.   

Entre esos hierros aún vigorosos, a pesar de los años, ha encontrado un hogar Román Pérez Castañeda, uno de los nombres más mencionados en la industria y quien conoce de la CTE cada imperfección, los talones de Aquiles por superar, dónde hurgar para devolverla a la vida y que, además, celebra cada sincronización al Sistema Eléctrico Nacional (SEN) tras una parada, como si se tratase de un amigo querido que supera algún mal momento.  

“Nací en la provincia de Santiago de Cuba, en un lugar que se llama Los Negros de Baire —a 14 kilómetros de Baire—, un pueblito muy humilde y pequeño. Allí estuve hasta cumplir cinco años, cuando, por razones de unificación familiar, me mudé a Güines, en La Habana, donde vivía la familia de mi papá”, alega el ingeniero, quien asegura que a Matanzas le trajo el amor por aquella muchacha con la que se casó tras concluir estudios. 

“Muy difícil, porque vivía aquí, trabajaba en La Habana y atendía a Cienfuegos. Pasaba mucho tiempo en carretera, aunque en aquella época el transporte no estaba malo, y lo mismo te encontrabas guaguas de la transportación nacional que un taxi.

“¿Cómo llego al mundo nuclear? La historia es un poco larga. Cuando yo estaba en onceno grado e íbamos a mitad de curso, Cuba decidió abrir los Institutos Preuniversitarios Vocacionales de Ciencias Exactas (IPVCE). La idea era perfilar a los estudiantes en las llamadas “ciencias exactas” (Matemáticas, Física y Química), dirigido específicamente a un desarrollo que el país estaba previendo, sobre todo en la esfera nuclear, lo que requería una preparación especial. 

Román Pérez Castañeda junto a colegas y alumnos. Foto: tomada del perfil de Facebook de Eduardo Torres Alpízar
Román Pérez Castañeda junto a colegas y alumnos. Foto: tomada del perfil de Facebook de Eduardo Torres Alpízar

“La mayoría de esas carreras, por aquellos años, se estudiaban en otros países. Entonces, se veía que los estudiantes cubanos eran instruidos, pero tenían una elevada falta de conocimientos específicos de esas ramas, que pesaba mucho sobre todo en los primeros años de estudio. Al darse cuenta de eso, el país lo primero que hace es crear estas escuelas donde se daban todas las asignaturas, y se intensifican esas de ciencias exactas.

“En sus inicios, las Ciencias Exactas las impartían profesores de la universidad. O sea, recuerdo que estaba en duodécimo grado, y en Matemática, Física y Química recibía el mismo programa que los estudiantes de primer año, y usábamos los laboratorios de la Universidad de La Habana.

“Estudié en la antigua Unión Soviética. A mí me tocó una universidad de primer nivel mundial, ubicada en Moscú. La idea era prepararme con vista a tributar al desarrollo nuclear. Por tanto, desde que pasamos al IPVCE, ya teníamos expectativas de las especialidades a las que nos vincularíamos.

“En mi caso, siempre estuve ligado a la supervisión de los trabajos de montaje y operación de las instalaciones nucleares; es decir, que ahí me tocó no estar directamente ejecutando trabajos, sino chequeándolos”. 

A Román le conocí en medio de una parada un tanto extensa de la Central yumurina, cuando de uniforme y casco se dispuso a mostrar cada rincón de la industria que se siente imponente mientras te adentras en ella. 

La Guiteras es un hormiguero en el que no se descansa. Lo mismo en el diario, mientras se controlan parámetros y se corrigen pequeños defectos, que cuando una avería o mantenimiento la obligan a salir del SEN, tiempos en los que pueden superar los 400 obreros que buscan garantizar su reincorporación con la mayor premura posible.

“Es una industria que, por su importancia y por la tecnología que hay instalada, para proponer, participar en la detección y solución de problemas, las personas requieren de conocimientos técnicos científicos y eso, en primer lugar, ha sido para mí un reto: estudiar y superarme diariamente. Por otro lado, la planta va sumando unos cuantos años, ya casi 30 años, que increíblemente hace que a los que laboramos aquí desde sus inicios nos sea difícil pensar la vida sin ella”.

Aunque de cierto modo no le pesa por el amor que le tiene, el actual director técnico de la Termoeléctrica asegura que la industria le ha robado mucho tiempo de su vida. “Sobre todo de estar al lado de mi familia, mis hijos, porque si quieres cumplir con tu función correctamente debes dedicarle horas de reuniones, preparativos para mantenimientos, sus ejecuciones, donde la supervisión debe ser estricta”.

Cuando el reloj se detiene para la CTE, comienza el cronómetro de los desafíos. Unas 30 horas o más para entrar en el horno, quizás otras dos para detectar averías, al menos 24 para solucionar y hermetizar la caldera, otras más para encender, ocho para sincronizar… Eso, si se trata de fallos no tan complejos. Remozar y devolver brillos requerirá también de varias para la limpieza de los calentadores de aire regenerativos, del condensador, los cambios de válvula, los quehaceres en la bomba Flicker, los trabajos en los sistemas mecánico y automático, y otro sinnúmero de tareas a resolver con brevedad.

Ante cada maniobra, allí debe estar él, para cronometrar, orientar, organizar el trabajo, asegurar precisión y supervisar hasta el más ínfimo de los detalles; en la industria que pudiera recorrer hasta con los ojos vendados, porque le conoce tal vez con más exactitud que las palmas de sus manos.

“Uno de mis sueños cumplidos es que desde que terminé la carrera siempre quise hacer un doctorado. Por tanto, dediqué un buen tiempo a prepararme, hasta que por fin lo logré en 2025 en la Universidad de Matanzas. Fue complicado hacerlo trabajando en una industria en la que no se descansa.

“También he podido comenzar a dar clases, otro de mis amores: enseñar lo que he podido aprender. Recientemente, hice el ejercicio de cambio de categoría para profesor titular. 

“¿Cuál me queda de mi sueños por lograr? Tengo dos hijos que son ingenieros, pero me falta uno que ahora mismo está en onceno grado, y quiero verlo igual que los demás graduarse de lo que él quiera, que según parece la inclinación es la arquitectura.

“Un sueño a corto plazo consiste en terminar de darle el mantenimiento capital a la Guiteras, para que pueda continuar por varios años más en su función, a pesar de ser una industria longeva. Queremos rejuvenecerla. El resto de mis sueños están relacionados con Cuba, con ver a mi país viviendo la vida que merece, porque somos un pueblo muy luchador”.

Apenas lanza la última palabra, vuelve a sus rutinas. El contaminante humo en el cielo paradójicamente se siente como buen augurio para la Guiteras, el coloso en el que Román ha encontrado su segunda casa, la industria yumurina entre cuyas paredes atesora otras mil historias de hombres valiosos que no deparan en tiempos y esfuerzos para mantenerla vigorosa e imponente. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)


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