El primer día de febrero en Matanzas tiene un aire extraño, uno que se nota más en la gente que en el cielo. El frente frío había llegado en la madrugada, y para el mediodía había logrado lo casi imposible: cambiar el vestuario de toda una ciudad.

Eran las 12:20 pm cuando salí, y el espectáculo no estaba en las nubes bajas y grises, sino en las aceras. Allí estaba la verdadera noticia meteorológica.



Es una coreografía de abrigo improvisado: chaquetas de cuero guardadas por años, bufandas sacadas del fondo del armario, suéteres heredados que por fin tenían su día de gloria.

El dato del mapa del tiempo decía simplemente: «Frente frío, 22 °C». Pero el dato humano, el que se veía a simple vista en las calles de Matanzas, era mucho más elocuente: por un día, bajo este cielo invernal que nos visitaba, habíamos dejado de ser tropicales.



Éramos personas que tiritaban, que se subían los cuellos, que caminaban rápido y que, en medio del frío inusual, encontraban una razón nueva para saludarse y sonreír, compartiendo la misma y rara incomodidad.

Hasta mi compañera parecía haber venido del polo norte.

El frío nos había uniformado, y en ese forzoso abrigo, la ciudad se veía como un espejo borroso de otro lugar, pero aún inconfundiblemente cubana.








(Por: Izet Morales Rodríguez y Raúl Navarro Fuentes)
