Rigoberto Rosique: pelota, pelota, pelota

Rigoberto Rosique: pelota, pelota, pelota

—¿Estás buscando a Rosique? —pregunta la señora. Al parecer me reconoció por chiripa o encontró en mi rostro la expresión de alguien que sabe lo que busca, pero no dónde está. Igual el día anterior había conversado con él para concertar la entrevista. 

—¿Usted es su esposa? —parece no escuchar lo que digo.

—Tienes que subir la loma, por ahí no es. Mira… aquella es la casa. Yo me voy a trabajar.

Alzo la mirada hacia donde ella me indica y observo a Rosique que levanta los brazos como señuelo. 

—Muchas gracias —camino nerviosa hacia mi destino e intento recordar cada dato y estadística, y todas las preguntas imprescindibles. 

Espero encontrar a un hombre alto, robusto, de rostro endurecido por los años; sin embargo, me recibe un señor bajito, delgado y con una sonrisa cálida.

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—Entra, esta es tu casa.

Utilizan un adorno con forma de cocodrilo para calzar la puerta y evitar que se cierre con un bandazo de viento. En la sala cuelga un reconocimiento por el 50 aniversario del Triunfo de Quisqueya, el único de su tipo en toda la habitación.

—¿Estoy bien así? —Viste unos shorts “hawaianos”, un abrigo negro y rojo, a juego con la gorra y las chancletas. 

—Usted pregunte lo que quiera y yo respondo. Siempre he tenido dificultades para hablar sobre mí. 

“Nací en Pueblo Nuevo, en la calle San Francisco. Vivíamos en un solar, un solar decente, pero con problemas económicos, claro está. Éramos seis personas en el cuarto: mis hermanos, mis padres y yo.

“Empecé en el deporte desde muy temprano. Mi primer entrenador fue mi papá. Él era boxeador y, desde pequeñito, a los tres o cuatro años, me llevó a los terrenos del Matasiete, donde queda ahora La Ruina, para iniciarme en el béisbol. Imagínate que me dejaba en el terreno y se iba; cuando regresaba, yo estaba en el mismo sitio.

“De mi barrio, la cuadra donde nací para ser más exacto, salieron jugadores que llegaron, incluso, a las Grandes Ligas; Leonardo Cárdenas, Dagoberto Campaneris. Seguíamos su desarrollo y los veíamos venir de vacaciones con sus carros. Yo los observaba y me esforcé para llegar a su nivel y así salir adelante.

“¿Sigo? —pregunta con timidez. Quizá nota mi curiosidad por la terraza contigua a la sala, donde varios cuadros le impregnan un estilo de museo. Se pueden ver a través de una amplia puerta de cristal, justo detrás de él—.  

“Mi papá me buscaba los equipos para que pudiera jugar regular. Decía: ‘En el banco no te vas a hacer atleta’. Con 12 años me llevó para el Café Oquendo, primer conjunto organizado al que pertenecí, propiedad de una empresa privada”.

Con ellos, según cuenta, participó en el campeonato Los Cubanitos. Luego formó parte del Garaje Libertad y El Potro Cubano, durante su etapa prejuvenil. Habla con serenidad. Parece imperturbable. Al contrario de la mayoría de los cubanos, gesticula poco. 

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“Después me uní al Pueblo Nuevo. De ahí salieron todos los peloteros de las Grande Ligas que fueron mis referentes en la infancia. Era un equipo muy fuerte. Así llego al Campeonato Provincial de primera categoría, donde jugué con la delegación de Obras Públicas.

“Luego pasé a los Occidentales en la Serie Nacional. Ya estaba preparado y jugué como center field y segundo bate. En el estadio Latinoamericano, donde debuté con ellos, había una concurrencia de más de 30 000 personas”. 

—¿No sentía nervios?  

—Al contrario, me entusiasmaba y me obligaba a luchar por los aficionados. Quería llamar la atención en el sentido de cómo correr, tirar bien las bases”.

Resulta difícil sacarle las palabras. La modestia le impide brindarme toda la información que me gustaría obtener. Intento que me hable de su experiencia en las Series Nacionales, en cada uno de los equipos a los cuales perteneció, que me diga las fechas, pero siempre consigo la misma respuesta. 

“Mucho sacrificio. Para poder alcanzar el nivel de los grandes jugadores de béisbol o de otro deporte, tienes que sacrificarte demasiado y cuidarte. Yo me sacrifiqué cantidad. No iba a fiestas, no sé bailar… Lo mío es pelota, pelota, pelota”.

 ***

“De niño no aprendió a jugar otras cosas, lo que le gustaba era el béisbol”, confiesa Mercedes, esposa y madre de su hijo más pequeño.

Nos encontramos fuera de su trabajo, en la Galería Génesis, en la Plaza de la Vigía, horas después de que terminara mi intercambio con Rosique. Cuando pregunté por ella en su centro laboral, un señor me explica que está reunida; sin embargo, tres minutos después, aparece sonriente por la puerta.  

“Resulta interesante ver un partido a su lado, pues posee la capacidad de predecir lo que sucederá, incluso, por la forma en la que se para el bateador. Fiel aficionado de los Cocodrilos, defiende la camiseta de la provincia con un cariño tremendo”.

Mercedes me cuenta una parte de su vida que Rosique no mencionó en nuestro diálogo. “Mi suegro fue fundador de las milicias y lo incorporó desde muy jovencito. Con solo 17 años combatió en Playa Girón y luego en la Limpia del Escambray”.

***

—Muchos consideran que fildeando hacia atrás nadie lo ha superado aún. ¿Cómo logró convertirse en uno de los mejores jardineros centrales de la historia del país?

—Yo jugaba cortico adelante, porque no tenía un brazo fuerte, por eso desarrollé la especialidad de trasladarme hacia atrás cuando daban un fly. Lo practiqué bastante. Tenía dos o tres entrenadores en Henequeneros a los que les pedía que me dieran fly constantemente. El sonido del batazo me decía dónde estaba la pelota. Conseguí perfeccionar la percepción, medir el tiempo y la distancia.

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El ruido molesto y continuo de los carros en la Carretera Central, justo frente a la casa, parece no incomodarlo. No alza su voz. No varía la postura, que mantiene desde el inicio. 

“Con Henequeneros obtuve buenos resultados y gané el derecho de ir a la preselección del equipo Cuba. Ahí surgen Los Tres Mosqueteros: Wilfredo Sánchez, Félix Isasi y yo”.

***

25 de agosto de 1969. Quisqueya, República Dominicana. Final de la Serie Mundial de Béisbol entre Cuba y Estados Unidos. Octavo inning. Empate 2-2. Un out. “El Curro” Pérez en primera base. Batea Félix Isasi. Se sacrifica y coloca la carrera de la ventaja en segunda. Dos outs. Turno de Rosique… ¡hit de línea al jardín derecho!, “El Curro” para la goma y ¡Cuba se va arriba!

“Isasi tocó la bola, la gente lo vio como algo horroroso, porque con un out no se debe hacer eso. Llego a segunda por el sacrificio y viene Rosique. Ahí dio hit al right field: su Hit de Oro —así recuerda la victoria Gaspar “El Curro” Pérez. 

“Es muy sociable, le gusta compartir, buen amigo. Quería mucho a sus padres. Se llevaba bien con los atletas y les daba consejos. Cuando había alguna discusión, él le salía al paso y decía: ‘No chico, no. Mira, esto se puede resolver’. No le gustaba que criticaran a los demás.

“Observaba mucho a los lanzadores. En el banco se pasaba todo el tiempo chequeando cómo se viraban, cómo lanzaban y buscaba sus defectos. Por eso se convirtió en un buen bateador, uno muy pícaro”, El Curro sonríe. 

***

“En el partido ese importante de Quisqueya, cuando llegó mi turno, no estaba nervioso. Había como 40 000 aficionados y el pícher contrario era un señor lanzador: Larry Osborne. Sin embargo, fui confiado y conecté el Hit de Oro que decidió el juego”, me regala su versión Rosique. 

Participó en otros campeonatos mundiales como Cartagena-Barranquilla 1970, La Habana 1971 y Managua 1972, así como los Juegos Panamericanos de Cali 1971 y los Juegos Centroamericanos y del Caribe República Dominicana 1974. En cada ocasión Cuba se erigió victoriosa.

En la Serie Nacional 1974-1975, que sería la última de su carrera, las estadísticas disminuyeron considerablemente y su papel, antes decisivo, no cumplió con los resultados que de él se esperaban. 

Mientras le leía las cifras, cambió su expresión. Noté una cierta incertidumbre, pero rápidamente recuperó la calma y respondió, sin alterar su tono dulce.

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“Puede ser que ya estaba perdiendo condiciones. Mi rendimiento no fue bueno en esa temporada. Jugaba y estudiaba al mismo tiempo; era difícil llevar ambas cosas.

“Tenía un nivel muy bajo, apenas quinto grado. Por eso me retiré: para poder estudiar. Me gradué de secundaria y luego seguí a la facultad. Años después terminé la licenciatura en Cultura Física, en Las Tunas. Como no tenía una base, me costaba entender las asignaturas. Mis amigos, médicos, abogados e ingenieros, me repasaban. Tenía problemas como estudiante, pero los profesores me ayudaban porque notaban mi interés”.

***

“Nuestra vida fue un poco complicada, porque mi papá era un deportista muy consagrado”. Me explica su hijo, quien posee la misma sonrisa cálida de su padre. Lo encuentro en su trabajo, el restaurante Café Atenas, en el centro de la ciudad. 

Impresiona el parecido de Hanoi con su viejo. Los gestos, los ojos… incluso la forma de expresarse. 

“La relación con nosotros ha sido buena. Siempre se enfocó en que sus hijos se superaran por encima del deporte. Pasó mucho trabajo para estudiar. Nos inculcó que no podíamos depender de un apellido y que debíamos alcanzar nuestras metas con esfuerzo propio”.

***

“Según mis posibilidades, atendía a mi familia, pero cuando estaba en campeonato me dedicaba al béisbol. Para obtener buenos resultados hay que sacrificarse demasiado, solo así uno logra lo que se quiere”.

Tras su retiro, cumplió misión internacionalista en Angola, 20 meses, entre 1976 y 1978. Más tarde dirigió al equipo Las Tunas durante cuatro años, en la década de 1980; trabajo difícil que lo obligó a alejarse de sus seres queridos. Estuvo al mando del equipo Matanzas en dos ocasiones. 

“Cumplí misión en Nicaragua como entrenador. También realicé esta actividad en Barcelona, Guatemala e Italia. En estos países mejoré mi nivel técnico y me siento feliz por el desempeño de aquellos jugadores. Fue una bonita experiencia”.

No tiene arrugas, solo las líneas de expresión marcan su rostro. El tiempo borró la complexión fornida y le dio al cuerpo una forma acorde a esa edad que no aparenta: 81 años. Los ojos, sin embargo, mantienen el brillo de las fotos que muestra, como esa al lado de su hermano Félix Isasi.

Señala uno a uno sus compañeros de equipo en otra de las fotografías del museo-terraza. Enuncia sus nombres y cuenta todos los fallecidos. También me enseña los reconocimientos, los pocos que guarda, colgados en esa pared que captó mi atención apenas crucé la puerta.

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“Todavía sigo el béisbol. Voy poco al terreno, porque queda muy lejos el Victoria de Girón, pero asisto a las actividades que se realizan en el Palmar de Junco. No me he desvinculado nunca. Le agradezco al deporte, porque me desarrolló más allá del juego: me formó como persona.

“Estoy tranquilo en la casa. Soy el mensajero, salgo a la bodega, a buscar el pan. Aquí ayudo en todo lo que puedo, en lo que sepa hacer. Me cuido mucho para no dar trabajo. Hace poco tuve la enfermedad esa, que hasta la voz me cambió, pero hice un gran esfuerzo para no molestar.

“Me gusta que las personas hablen de mí, pero me cuesta si debo hacerlo yo. Soy sencillo, porque no olvido dónde nací: en uno de los barrios más pobres de Matanzas. 

“Cuando mejoré económicamente ayudé a toda mi familia. A los primeros que pude sacar adelante fue a mi mamá y a mi papá, porque de niño vi todo el trabajo que pasaron. Por eso, cuando me dieron la primera casa, que está en Laborde, en Versalles, les dije: ‘Esto es de ustedes’. 

“Hay que ser modesto. Cuando uno es humilde la gente te quiere. Yo voy a la bodega y todo el mundo se acerca, hablan conmigo”. 

***

En el Salón de la Fama del Béisbol Cubano se encuentra un guante que perteneció a Rosique, un tesoro que recuerda con cariño, regalo de su padre.

“Me lo compró con tremendo sacrificio por el año 64. Le costó 50 pesos en aquella época. Él era estibador, más o menos de mi tamaño. Iba para el muelle y hacía su turno y el de un compañero. Imagínate que cada saco de azúcar pesaba 325 libras. Con todo ese esfuerzo pudo reunir el dinero”.

Pido permiso para tomarle algunas fotos y, para mi sorpresa, me sugiere: “‘Tírame una señalando el reconocimiento”. Después volvió a la esquina del sofá y una instantánea capturó la sonrisa que me recibió esa fría mañana.

—¿Esto va a salir en el periódico? —pregunta mientras voy de salida. 

—Eso espero.

Aparta el cocodrilo que calza la puerta y me acompaña hasta la calle. Ráfagas de aire asedian fuera del confort de la casa. Rigoberto Rosique Gía, gloria del deporte nacional, me despide con ese tono de quien ha vivido mucho y por tanto ha aprendido el arte de la serenidad: “Ten cuidado por ahí”. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)


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Sobre el autor: Daniela Lantigua Carballo

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