El potente llanto resuena a todo pulmón como buen augurio de vida. Apenas se divisa su cuerpo tan diminuto y suave, tan vulnerable pero aferrado a este mundo. Otro prematuro que se salva contra vientos y mareas, otra madre a la que le han devuelto la sonrisa en tiempos de adversidad.
Dicen que en los últimos meses no se descansa, que el recuento de capacidades se lleva a lápiz ante la demanda. En el Hospital Ginecobstétrico Provincial José Ramón López Tabrane, en un espacio exclusivo, casi hermetizado, donde los protocolos de higiene son estrictos, la vigilancia es constante y el llanto de un bebé puede dar alegrías. Algunos apenas le conocen, otros quizás ni sepan de su existencia, pero la Sala de Neonatología es un santuario de vida.
LO QUE UNA MADRE NO QUIERE VIVIR
El 31 de diciembre, mientras se despedían las últimas horas de 2025, con sus 19 años Leila Troya Carbonell solo deseaba que su hijita se pusiera bien. Su rostro palidece mientras recuerda su contagio por arbovirosis, el ingreso hospitalario de urgencia con 26 semanas, la rotura de bolsa después de 15 días, los 40 posteriores en cuidados especiales y los 37 que lleva con su bebé en el servicio de Neonatología.

“Se complicó con una neumonía. Lleva cuatro días con el medicamento y ha mejorado. Espero pronto llevármela a casa”. Un suspiro escapa, demasiados días en un hospital desespera.
Bien lo sabe Alianis Acosta Suárez, que lleva dos y le parece un siglo. “He visto como tratan a los niños, los cuidan y protegen como si fueran sus propios hijos. Te exigen que te laves las manos, te cambies de ropa, para que tu bebé y los demás no tengan contagio por otras enfermedades”.
Desde el exterior del salón, Yanisel Biens Silog hace señas para que le avisen a la enfermera, que tanto se ha desvivido por Lis Bárbara, que ya su bebé se va victoriosa al hogar. “¿Qué te voy a decir? Fue muy triste. La niña llegó cianótica. ¿Esa es la palabra, seño, verdad? Bueno, casi sin respiración, prácticamente la tuvieron que reanimar. Fueron 28 días en la Sala. Hoy puede salir gracias a los médicos, a todos lo que lucharon por ella. Le rezo a Dios todos los días para que mi hija siga vital”.
PREMATURIDAD CONTROLADA
La Dra. Liliana Amieva Ruiz se desempeña como jefa de servicio de Neonatología en el hospital materno, donde actualmente 20 infantes permanecen hospitalizados, de ellos cinco graves y uno reportado de crítico. La especialista, con 14 años de experiencia, la mitad de ellos en los servicios de Colón y Cárdenas, refiere que 2025 se caracterizó por mayor cantidad de niños prematuros que, además, en ocasiones se encuentran bajo peso para la edad gestacional.

“Esos son los más complicados porque resultan muy difíciles de tratar: son niños restringidos que sufren de largas estadías en la terapia y requieren más atención. También la atención multidisciplinaria está enfocada en la familia, con apoyo de psicólogos, porque son mamás que permanecen en el hospital 3 y 4 meses.
“No es lo mismo un prematuro con peso adecuado, un niño de 34 semanas con 2000 gramos, a que tenga 1200 o solo 1000. El manejo es diferente y esa restricción trae consigo enfermedades y complicaciones, algunas inmediatas y otras tardías, a desarrollarse en el resto de su vida. Entre las inmediatas se encuentra la hipoxemia (requieren ventilación) y no toleran bien la alimentación. Esto influye en que comiencen con una vía oral suspendida, después inician con pocos volúmenes, lo que alarga las estadías y los vuelve blanco de infecciones. En el trayecto de su vida tienden a la hipertensión arterial y a la diabetes, porque padecen de una afectación orgánica.
Más de cuatro décadas lleva la enfermera Madelayne Senarega Aruca, jefa de sala del departamento de Neonatología, como parte del servicio. Allí un cubículo se dedica a la terapia intermedia, mientras que otros tres asumen los casos de intensiva.
El flujo laminar, donde se hace la mezcla de medicamentos, resulta una de las áreas más afectadas por el déficit de personal. “Hay una sola persona por turno cuando deberían ser cuatro técnicos o licenciadas en Farmacia.

“Tenemos una plantilla de 69 enfermeras, divididas en cuatro equipos. Unas 10 permanecen en Neonatología mientras que otras se distribuyen entre sala, cuidados médicos especiales, recién nacidos y parto. También hay dos enfermeras de vacunación y otras dos que laboran 8 horas”.
En los últimos meses, la Sala recibió importantes donaciones de medicamentos y útiles desde la ciudad rusa de San Peterburgo. Se estrechan lazos académicos y de solidaridad con Suiza y otras regiones, que además de medicamentos y alimentos para prematuros, están dispuestos a apoyar desde el nivel científico.
PROTAGONISTAS
En el último cubículo, a la izquierda, uno de los destinados para Intensiva, labora Inailis Gómez Betancourt en sistema de 24 horas continuas de trabajo y 72 de descanso. Cada jornada laboral viene cargada de sacrificios para esta joven enfermera de Bolondrón.
“Entre los apagones, la falta de todas las cosas necesarias y el levantarnos temprano, se vuelve complicado. Los que vivimos en municipios madrugamos para dejar todo listo y estar a tiempo para la guagua que recoge alrededor de las 6:00 a.m.
“Tengo 23 años y llevo casi tres trabajando aquí. El diario en la sala resulta bastante atípico, porque en el caso de prematuros y bajo pesos, el cuidado es extremo. El lavado de manos antes y después de tocarlos, el uso de sobrebotas, guantes, nasobucos y gorro resulta elemental para garantizar su supervivencia.
“Es muy importante, para evitar la pérdida de peso de los bebés, mantenerlos con gorritos, con sus nidos, mediecitas, en una temperatura adecuada. Algunos evolucionan bastante rápido; otros se estancan en el peso y pueden demorar meses”, asegura.

Los inicios de Yudith Cuza Sánchez en la enfermería neonatal se remontan a Guanabacoa, su lugar de origen, hace 16 años. Antes, estuvo en otros servicios por cerca de un lustro. A Matanzas la trajo hace siete años el amor y desde entonces forma parte del este team de enfermeras.
“Al bebé hay que atenderlo y cumplirle sus horarios: cambiarle el culero, darle la leche, medicamentos, pero sobretodo observarlo para saber cómo evoluciona según su patología y detectar complicaciones. Es gratificante el trabajo con niños. Los ves deprimidos, ventilados mucho tiempo y, luego, salir sin aparentes daños neurológicos, pudiendo succionar y deglutir, y al poco tiempo, marchándose a casa. Eso reconforta”.
ENFRENTAR LOS DEMONIOS
Dicen que entre lo más complicado a atender por estos días está el síndrome de dificultad respiratoria, que va desde catarro común hasta bronquiolitis, porque se puede complicar y derivar en la necesidad de una ventilación invasiva.
“Hipertensiones el año pasado no tuvimos. La prematuridad y el CIUR (crecimiento intrauterino retardado) nos golpea mucho –refiere Inailis – En eso influye la alimentación de las mamás que a veces no es la adecuada. De los tres que tengo ahora en mi cubículo, dos las madres se contagiaron con enfermedades de transmisión sexual, pero esos casos no son los más frecuentes. El tercero es un CIUR que ha respondido muy bien”, comenta emocionada.

“Esta es el área que más me gusta porque la enfermera debe ser más entregada. Los bebés a veces lloran porque están incómodos, tienen frío o calor, y no precisamente porque se sientan mal de salud. Lo complicado justo es eso: ellos no te avisan, no saben decir qué les duele o qué se sienten, entonces te toca a ti examinarlos con rigor”.
Para la Dra. Liliana lo más difícil es pararse enfrente de una familia y decir que ya se hizo todo lo posible por un recién nacido y no fue suficiente. “Mientras está con vida luchamos hasta el final, pero cuando todo acaba se derrumba el mundo”.
Apenas pudo concluir su relato cuando llegó el aviso de un nuevo ingreso en la Sala. Otro neonato a salvar, otros demonios a enfrentar. Pero que tienen como fortaleza el sacrificio de los profesionales que se sobreponen a las crisis para mantener el milagro de la vida.
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