Venezuela tiembla y la solidaridad se impone

Venezuela tiembla y la solidaridad se impone

Escuchas el rumor en la calle y justo cuando logras conectarte un temblor tan potente, como los dos que golpearon Venezuela, empieza a apoderarse de ti. En la pantalla del móvil, de a golpe, se amontonan imágenes: la del niño de pocos años que refiere que su mamá está “dormida” debajo del edificio colapsado, otrora su casa; la mujer encima de una montaña de ruinas gritando por ayuda con las escasas fuerzas que le quedan; los que lloran desde afuera por los que sufren desde dentro.

De la mañana a la tarde cambió la realidad de una nación y las vidas de su gente. Estadísticas hablan de más de 50 000 desparecidos bajo edificaciones que colapsaron por caprichos de la naturaleza, y los muertos todavía se cuantifican. Hogares se volvieron tumbas, y la desesperación aclama por esperanza. Miles de afectados duermen en las calles por miedo a que la tierra vuelva a temblar y les sorprenda el sueño eterno.

Pero entre tanto horror y oscuridad centellean luces. Aún no se habían acomodado los pedazos de paredes y pisos, la cabilla retorcida fundida al colchón, ni la vajilla en trizas esparcida dentro del polvo, cuando ellos -los valientes, los indetenibles, los de gigante corazón- comenzaron a remover destrozos buscando alientos.

Venezuela tiembla y la solidaridad se impone

Dicen que los primeros en llegar -la gente de la comunidad, los sobrevivientes de los dos terremotos más desbastadores que registrara el país en más de mil años- se la jugaron al todo. No tenían herramientas, ni conocimientos técnicos o de socorro, pero sí empatía que le valió para enfrentar los desafíos de una desgracia sin precedentes.

Luego empezó la solidaridad a llegar de todas partes: de España, El Salvador, México… Hombres y canes como equipo, religiones unidas en un solo rezo, el mundo en vela siguiendo paso a paso las labores de rescate y salvamento.

Los nuestros siempre estuvieron ahí, aunque algunos intenten negarlo o silenciarlo. El ejército de batas blancas de la mayor de las Antillas–diezmado a consecuencia de la política que desde enero se ha arreciado hacia nuestra Isla- se mantiene aunque asedien el fuego y las balas, la tierra tiemble, el mundo se niegue a verlo. Curan las manos rotas, las piernas destrozadas, el cuerpo colapsado, el corazón deshecho por la tristeza, y devuelven el aliento.

Los sabios insisten en que en los tiempos más difíciles lo que debe primar son los puentes de amor, la solidaridad traducida en una pala, un sorbo de agua, un café, una mano sobre el hombro…

Vuelvo a las imágenes y veo a los ojos al padre que con sus propias manos hurgó en el suelo para hallar a su hijo; a la mujer que confiesa haber extendido su mano para apretar con fuerza la de su vecina y permitir que “se marchara” en paz; al bebé rescatado de los escombros, vivo gracias a su madre que se convirtió en escudo para protegerlo; al perrito que el bombero se negó a dejar sepultado entre trozos de concreto y polvo; al rescatista que al ver tantas víctimas rompió en llanto porque el dolor de otros también es su dolor.

Venezuela tiembla y la solidaridad se ha negado al derrotismo. Mientras haya “topos” que se sumerjan entre escombros y destrucción, naciones que crucen aguas y cielos para traer suministros, médicos que salven, aplausos que celebren la vida –aunque sea animal- no todo está perdido. Que el dolor no nos sea indiferente, que la vida siga siendo lo más valioso, y la humanidad y la solidaridad nuestra carta de presentación.

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