La lluvia no crea la basura. Solo revela hacia dónde termina yendo. Cuando un aguacero torrencial cae sobre Matanzas, el agua recorre calles, cunetas y avenidas, arrastrando bolsas, botellas, envases y residuos abandonados durante días. Parte desaparece por las alcantarillas; otra continúa por las corrientes hasta alcanzar los ríos y, finalmente, la bahía. Lo que deja de verse en la ciudad no desaparece: simplemente cambia de lugar.
Desde el agua, el paisaje adquiere otra dimensión. Un pescador de la bahía, que la considera la más hermosa de Cuba, también conoce sus contradicciones. Durante el aguacero pudo observar cómo la corriente llegaba cargada de residuos. Para algunos, la lluvia parece limpiar las calles; para quienes viven del río y la bahía, puede significar el comienzo de una nueva acumulación de desechos.



Cuando el agua baja, las calles recuperan poco a poco su apariencia habitual y buena parte de la basura deja de estar a la vista. Pero en los ríos y la bahía comienza otro capítulo: allí permanece aquello que la ciudad dejó atrás, flotando, acumulándose en las orillas y mezclándose con el agua. La bahía sigue siendo hermosa, pero también sigue recibiendo, aguacero tras aguacero, las consecuencias de lo que ocurre tierra adentro.







