Conversaba hace poco con un experto en el subgénero urbano dado en llamar reparto –no solo de los que lo escuchan, sino además de los que han llegado a grabarlo por su cuenta–, y este me comentaba algunas virtudes de Un tin, el nuevo tema pegado, el himno de cada motorina que nos pasa de largo. Seguro mientras hablábamos las vistas subían en Youtube.
Con más objetividad que pasión, el socio me la describía como una canción sin vulgaridades que señalar –lo más osado sería el tándem “de pechaje y de culaje”–, con un plus por el elemento sorpresa: empieza de una forma que nadie esperaba, llevándote por el camino de lo lírico antes de desembocar en lo otro. De ahí que incluso detractores convencidos hayan caído al inicio en el engaño de estar ante una pieza de su gusto. De ahí que los partidarios acérrimos se sintiesen agasajados con un goce nuevo.
Desde luego, si en vez de una conversación casual sobre el tema ambos hubiésemos estado en un podcast o espacio semejante, donde sistemáticamente tocásemos el reparto, la colaboración de Payaso x Ley y Rowell Urban habría sido, incluso antes, un claro tema a desarrollar en un capítulo especial de dos horas y media, con opiniones de la gente y valoraciones tal vez más sesudas de la cuenta. Porque lo popular, sea de nuestro gusto o no, amerita análisis antes que indiferencia.
Dicho esto, y marcada mi posición como repartero pasivo –un símil que establezco con los fumadores indirectos, para aquellos que no podemos escapar de quien consume algo a nuestro alrededor y nos hace partícipes, a favor o contra de nuestra voluntad–, debo decir que comulgo poco con esa vertiente y con sus más renombrados exponentes, que desde niño me fascina la ópera y que me preocupa el relativismo con el que muchos saludan la unión de ambos estilos.
No quiero caer en una radicalidad tipo “esto es música y esto no”, con la cual nunca me he identificado a la hora de explicar por qué no me gusta algo. Más bien cuestionar la percepción de que con Un tin el reparto ha alcanzado su cumbre, y esa idea patente en el aire de “¿qué pueden decirnos ahora, que hasta ópera hacemos?”. De entrada, una corriente puede beber de otras, camuflarse de ellas, complementarse, mutar, explorar nuevos caminos, pero eso no puede ser una condición para hablar de calidad.
Antes tendría que probarse al máximo dentro de sí misma, guiada por artistas exigentes, y si nunca te parece suficiente es porque algo falla: ya sea el género en sí o tu aquiescencia al mismo. Si en el reparto, por el contrario, te encuentras, disfrutas, hallas la belleza y acogimiento que yo a duras penas percibo, felicidades por sentirte representado.
Pero esgrimir el argumento operístico como una prueba de evolución, en este caso, es harto dudable: la fusión metamusical da para una mezcla a priori interesante, que deriva al poco tiempo en la repetitividad del estribillo, sin retomar lo novedoso del inicio ni una sola vez.
Es Un tin, por tanto, una propuesta interesante por las expectativas que despierta, satisfechas o no. Por la gracia que transmite esa pretensión teatral con que arranca. Por la sensación siempre refrescante –luego hartante– de estar escuchando algo diferente. Todo eso lo reconozco y lo celebro, pensando en cada arte que a pasitos breves ha dado pasos agigantados en su diversificación, pensando también en cómo algunos de esos caminos han muerto sin llegar a puerto alguno.
Aún le queda a este ámbito, sin embargo, mucha creatividad por desarrollar, mucha vulgaridad por reducir, mucho disfrute por garantizar más allá de su público seguro. E hitos como el aquí comentado pueden ser o bien quemados de tanto consumirse o bien aprovechados en la lección de que todavía se está a tiempo. Sigo creyendo que musicalmente el reparto podría llegar a ser digno de su fama, cosa que aún no me lo ha parecido.
Caramba. Mientras escribo este texto, les juro que ahora mismo, está sonando la canción por ahí. Muy cerca de la casa. Es como si hoy la musa bajara a mí meneándose, con un tin de pechaje y otro de culaje. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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