Yésica tiene 10 años y es una niña muy risueña. Si preguntas sobre su comportamiento, solo escuchas halagos que devienen de su temperamento dócil y esa disposición para apoyar en la tarea que se necesite. “Trato de ayudar en todo, hasta en la cocina; pero cuando sea grande lo que quiero ser es doctora”, asegura.
Con apenas dos años más, Laura se toma muy en serio lo de ser hermana mayor; por eso peina con tanto amor a las más chicas, a quienes, además, da lecciones de estilo al rediseñar vestuarios con talento juvenil.
“Me gusta compartir mis actividades con las tías y los otros niños. También me gusta mucho dormir y comer. Cuando sea grande voy a ser una gran manicuri”, sueña ella. Tanto o más lo hace su amigo Brian Alejandro, también de 12, quien anhela ser un futbolista tan valioso como aquellas estrellas que admira del multilaureado equipo Barcelona.
De sus nueve años, más de tres lleva Daymara en el Hogar para niños, niñas y adolescentes sin cuidado parental, de la ciudad de Matanzas, uno de los tres ubicados en la provincia. Su hermana Daniela es una de las menores del equipo que integran 13 infantes, en su mayoría yumurinos, aunque también tiene residentes de municipios vecinos como Pedro Betancourt. Constituyen ellos los tesoros que salvaguarda la institución educativa, que este primero de junio arribó a sus cuatro décadas de existencia.
PAPÁ FELIPE Y LOS INICIOS DE UN HOGAR
A Felipe Hernández Sánchez se le entrecorta la voz cuando habla de “sus niños”. Ya hace tres años que no recorre los pasillos y cuartos de aquella vivienda de La Playa, donde pasó la mayor parte de su vida; pero la nostalgia de vez en cuando pone su corazón a todo galope.

“El Hogar ha atendido, posiblemente, a más de 70 niños”, afirma, mientras comienza a hurgar en sus recuerdos y rememora aquel primer momento en que atravesó el portón y se volvió un padre para muchos pequeños carentes de cuidados parentales.
“Cuando su inauguración, trabajaba en el internado Los Zapaticos de Rosa, donde había niños con diferencias en el aprendizaje, que entonces se les decía niños con retraso mental.
“En 1990, la dirección de Educación en la provincia me pidió que asumiera la dirección del lugar, lo que me impresionó muchísimo. Salir de una escuela y dedicarme al cuidado y atención de niños sin apoyo familiar me partió el corazón al medio, como se dice, porque uno nunca está preparado para eso.
“Mis primeros meses en allí fueron de mucho dolor; casi siempre me iba a casa con lágrimas en los ojos. Mis dos niños y mi esposa, de alguna manera, me ayudaron.
“Me dieron una casita justo al lado del Hogar y con eso empecé a simultanear mi vida familiar con la de ellos y desde entonces no nos separamos nunca. Todo se celebraba en familia, jamás aparté el cuidado de mis hijos biológicos del de mis otros niños. Ahí estuve hasta que me jubilé hace tres años. Había cumplido mis 65 y tenía preparado un equipo de trabajo que lo hacía muy bien.

“Doy prueba de que todos los infantes, de alguna manera, recibieron una buena enseñanza, tuvieron una educación y un amor como hubiera querido cualquier muchacho de cualquier familia; porque desde que llegué allí me dediqué a ellos.
“Hoy la situación en el hogar se está viendo afectada, como todos los hospitales y escuelas, por el recrudecimiento del bloqueo. Pero creo que el amor y la dedicación que tienen los trabajadores pueden suplir esas necesidades. Las cosas materiales no son lo más importante”.
CUATRO DÉCADAS DE AMOR
Desde que papá Felipe —como aún le conocen, incluso, las nuevas generaciones del Hogar— se jubiló, la dirección de la institución educativa pasó a quien en aquel entonces fuese su mano derecha y subdirectora, Orialys Cárdenas Freyre. La doctora en Ciencias de la Educación comanda el centro inaugurado el primero de junio de 1986, coincidiendo con el Día Internacional de la Infancia. Fue “como un regalo para la infancia desprotegida de la ciudad de Matanzas”, asegura la docente.
“Arriba a su aniversario 40 con una capacidad de 12 niños, pero tenemos una matrícula de 13. Contamos con ocho asistentes para el trabajo educativo, una subdirectora y cuatro enfermeras. Aun cuando son niños a los que hay que prestar atención, con sus características diferenciadas, realmente es un trabajo con una armonía familiar, lo más parecido al ambiente de un hogar. Se tienen en cuenta no solamente las características que ellos traen de una crianza disfuncional, también se logran desarrollar hábitos y habilidades”.

Hoy la mano derecha de Orialys es Zuleima Ordoñez Rodríguez, actual subdirectora: “Constituye un reto bastante grande, pero también algo muy bonito. Llegué al Hogar hace cinco años, con una misión más que importante: dar mucho amor y mucho cariño a estos niños; y me parece que lo he cumplido. La función de nosotros es enseñarlos, educarlos, pero sobre todo ser madre para ellos, ser tía, prima, abuela… Dentro de las instituciones educativas, el Hogar resulta especial y con un carácter diferente. Son niños con discapacidad intelectual la mayoría, más, eso no impide que tú los enseñes, los eduques y los lleves por un buen camino que ellos saben reconocer. Se trata de estar siempre a su lado, guiándolos”.
Orialys explica que “en las nuevas normativas de los Hogares sin cuidado parental, el niño debe transitar por un corto período de tiempo, ya sea porque debe incorporarse a su familia de origen o por medio de un proceso legal, donde no solo puedan ser adoptados aquellos que realmente reúnen las condiciones, sino también que puedan estar en hogares de acogida, en procesos tutelares”.
Insiste en que el cuidado de los menores en el centro educativo no simplemente corre a cargo de sus trabajadores, entre los que se encuentran las enfermeras, las asistentes, la propia subdirectora o el administrador, “sino también de organismos como la Dirección General de Educación, el Gobierno, el Aeropuerto Internacional Juan Gualberto Gómez, la masonería matancera, el pastor de la Iglesia de Cristo de Versalles, y demás personas que han tenido y siempre tienen como detalle la protección, el cuidado y alguna manera de ayudar a que estos niños pasen tiempo de calidad”.
UN EQUIPAZO QUE DERROCHA AMOR
Yraida Velázquez Domínguez labora como asistente para el trabajo educativo en el Hogar de niños, niñas y adolescentes sin cuidado parental, y es una de las que más atesora allí. “Después de haber tenido mis hijos, llega esta labor que es de amor infinito y comprensión, porque cada uno de ellos es diferente y ahí es donde aprendes mucho de sus necesidades y carencias. Conoces más de cuidados, educación, de hábitos que hay que inculcarles. Me he sentido feliz de haber aportado mis conocimientos a ellos y, por supuesto, ellos también me han enseñado a ser una persona mejor”.

Su tocaya, Iraida Rodríguez Alcántara, lleva ocho años de labor y asegura que ha sido una de las mejores decisiones tomadas en su vida. “A veces llegas un poco triste, con muchas preocupaciones y, nada más que pones un pie aquí, se borra la mente y te concentras por completo en ellos. Los niños pequeños son ocurrentísimos, dicen cosas que te sacan la sonrisa; los grandes igual, con sus bailes, sus dicharachos y sus cosas. Me faltan seis años para jubilarme y a veces pienso que no sé cómo pueda salir de este lugar al que le he entregado parte de mi vida”.
Con apenas 29, Luz Divina Echavarría Mena parece por momentos camuflarse entre tantos rostros infantiles: “El quehacer con los niños es increíble, el trato con los superiores también, con todos los trabajadores en sí. Es una gran familia, más que un trabajo para mí. Lo considero mi segundo hogar”.
“Las enfermeras estamos al tanto de su salud, del aseo, de la comida. Nos interesan todas las áreas de los niños: quién tiene patologías y debe llevar un tratamiento fijo, la calidad de su sueño, de su área de diversiones, de juegos, de todo… Nos incluimos en las actividades que realizan ellos aquí en la casa. Somos una parte más del colectivo”, refiere emocionada Odalys Villaverde Bernal.
“Al tratarlos, nos demuestran amor a su manera: unos te dan un beso, otros te pasan por el lado y te tocan un brazo o te dicen: “Gusta tía”, “Buenos días, tía”… sí, porque todos nos dicen “tía”. Es muy agradecido este trabajo, sientes satisfacción, porque son niños que tienen dificultades y que la vida les ha dado algunos golpes; y aquí tratamos de que ellos estén lo mejor posible y que se sientan en familia”.
LOS FRUTOS DEL HOGAR
“Tengo muchas vivencias bonitas. Esa sensación específica de ambiente familiar, de hogar, amor, cariño, y esa seguridad que uno experimenta, la protección… son incomparables.
“Cuando llegan al Hogar, pasan de no tener nada a tenerlo todo: atenciones, educación, ejemplos útiles para la vida, un camino a seguir, anhelos que cumplir. El Hogar rescata los sueños perdidos de cualquier niño”, asegura Elmer Domínguez, cuya niñez y adolescencia transcurrió entre las paredes de la institución educativa.
Entre una frase y otra, a Elmer la voz se le quiebra. Insiste en que muchos de los acogidos en los Hogares, antes de su estancia en estos, conocían bien de frío, de hambre y de incomprensiones. “Para muchos que tuvimos serios problemas de amparo familiar, el Hogar fue novedoso y generó una sensación extraña. En mi época no había enfermera, eran las asistentes las que nos cuidaban todo el día y una cocinera que entraba bien temprano en la mañana y se encargaba del desayuno, la merienda para las escuelas, el almuerzo y la comida. Las asistentes eran la familia. Una familia numerosa, porque éramos 19 niños.

“A Felipe no tengo cómo describirlo. Fue mi papá, mi primer amigo, mi primer hermano, mi primer confidente. Recuerdo un día en que empecé con una muchacha, tendría yo unos 14 o 15 años. En ese entonces todavía se pedían las novias, y él me preparó una cena romántica. Imagina la sensación, los sentimientos… Me pusieron mantel en una mesa, velas.
“Si yo tuviera que catalogar la figura de Felipe, diría que es el padre que cualquier otro muchacho quisiera tener en su vida. Yo puedo vivir 90 años, 100, 200, 300 años, puedo vivir el tiempo que Dios disponga, que nunca voy a pagarle todo lo que hizo por mí y por todos los que estábamos en ese período. Es una figura paterna incomparable. Tengo 40 años, hace aproximadamente 20 salí del Hogar, y todavía todas las decisiones que tomo, tanto en mi vida personal como en lo profesional, se las cuento a él, le pido su criterio y su consejo.
“La importancia de estos Hogares en Cuba es acoger a los infantes que, de una manera u otra, tienen un desamparo familiar tanto en la niñez como en la adolescencia, brindarles seguridad y educación. Nos fortalecen emocional y espiritualmente, y ayudan a incorporarnos a la sociedad como miembros de esta, sin importar un pasado con desagrados.
“Ser egresado de allí influyó en mí, me preparó para la vida y me enseñó a valorar más esta familia que creé, me ubicó en un lugar digno en la sociedad. Tengo una maestría gracias a la crianza que recibí en el Hogar, soy psicólogo clínico, con un postgrado en negociación, y todo se lo debo a mi transcurso en ese centro.
“Hoy soy trabajador por cuenta propia y tengo un proyecto noble, bien bonito de ayuda y protección al adulto mayor, a los jóvenes desprotegidos de familia, jóvenes que viven en condiciones como las que yo viví cuando era un niño, cuando prácticamente estaba empezando la adolescencia. Gracias a esos valores que me inculcaron Felipe y las tías, me convertí en el hombre que soy”.
Hay historias de quienes se conocieron en el Hogar y luego, con los años, se casaron; de quienes también vincularon su vida laboral al cuidado de infantes, de los que se aventuraron en otras importantes profesiones como la Medicina. Muchos, como Elmer, agradecen los cariños, los ejemplos y la paciencia, que justo allí cogieron el impulso para desarrollar sus sueños, y que consideran los Hogares como “una de las obras más conmovedoras y fortalecidas que ha hecho nuestro Comandante en Jefe”. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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