El día que conquistaron los trabajadores

El día que conquistaron los trabajadores

Fotos: Raúl Navarro González

Aunque hoy parezca imposible, de «indignante e irrespetuoso» y de términos peores calificaron los empresarios en su momento el reclamo de la jornada laboral de ocho horas que dio lugar al Día Internacional de los Trabajadores.

Y de «delirio de lunáticos poco patriotas» lo tildó entonces la prensa conservadora, y de «lo mismo que pedir que se pague un salario sin cumplir ninguna norma de trabajo». Sorprenden los obstáculos de entonces ante lo que sería normal después, como si alguien pretendiese impedir algo tan inevitable como la lluvia.

El día que conquistaron los trabajadores

Del mismo modo que no se puede impedir la lluvia, y menos la de mayo, que dicen que moja de buena suerte a quien se baña en ella, la Historia no pudo impedir que un día de 1886, nada más empezar este mes, el movimiento obrero diese el paso agigantado que todavía se honra. Al paso de gigantes que no corrieron con tanta suerte.Primero las proclamas, después la huelga y más tarde el horror sacudieron Chicago, no por casualidad la ciudad industrializada con peores condiciones para la clase obrera que, a costa de sobreexigencia y penalidad, daría en su seno el ejemplo que dentro de poco imitaría el mundo.

Quiso el destino, como una especie de nexo temprano entre el primero de mayo y Lationamérica, que por allí se encontrase entonces el exiliado José Martí, fungiendo como corresponsal del periodico argentino La Nación. Una coincidencia demasiado poderosa como para atreverse a ignorarla.

¿Cuánto no habrá admirado ese mártir a los otros mártires, y cuánto no habrán repercutido estos en su corazón añorante de mil justicias, al verlos oxilar en la horca como en su infancia vio al negro colgado de aquel árbol funesto que jamás olvidaría? ¿No se arengaba por aquellos días en Chicago a los oprimidos bajo el apelativo enervante de «esclavos»?¿Cuánto no habrán influido en su ánimo posterior, sin que se haya estudiado lo suficiente, cuando el pronto fundador de Patria escribía: «…Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el de Parsons. Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita ‘La voz que vais a sofocar ahora será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora'»?

Pero no solo quedó el saldo de los enjuiciados sumariamente, camino de la horca o la prisión; también quedaron los cuerpos tiroteados durante la revuelta del cuarto día, los golpeados, las víctimas de una bomba, los torturados por la policía en desquite de sus bajas. Entretanto, en algún lugar por encima de la ley y la prole, los poderosos permanecían al amparo de su condición de poderosos.Transcurrido tanto tiempo, establecido el primero de mayo como Día Internacional de los Trabajadores, no es de extrañar que así haya sido.

El propio Federico Engels exclamó lo mucho que habría agradado a Karl Marx estar vivo para saber que la jornada de ocho horas era ya un logro en muchos países a finales de siglo. Algo tan elemental hoy era entonces un asombro, pero un asombro consabido, en cuya consecución dieron la vida esos obreros a los que tanto debemos los que lo hemos sido en el mañana.

Tampoco es de extrañar que la efeméride se convertiese en escenario perfecto de manifestación contra las opresiones que en cualquier época y geografía manchan la dignidad de los humildes, encontrando en nuestro país un nicho de lucha y reivindicación de especial significado en el contexto antimperialista.

Por eso para mí, y supongo que para muchos, conocer la historia del primero de mayo, lo que hubo tras la bruma del tiempo, por qué ese día y no otro para que las legiones proletarias eligiesen marchar por los años de los años, lo convierte en una fecha no solo festiva y movilizante, sino de recordación y tributo al legado de una sangre derramada, la de pioneros de la justicia.

Ha avanzado tanto el movimiento obrero en su pelea, y tanto ha conquistado, que pese al jolgorio y la costumbre no es justo olvidar que su Día Internacional se debe a los que, cuando era un día cualquiera, se atrevieron a conquistarlo. Y el mundo marcha, entre otras cosas, por ellos.

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