En el lobby de la Casa Social de la Uneac este lunes 30 de marzo, encima de una pequeña mesa, hay una urna, azul, de porcelana. Adentro están las cenizas de un hombre, pero no se encuentra el hombre en sí. Un señor, llamado Gilberto Subiaurt, dígamos, nunca podría caber ahí.
Noto esa certeza en el rostro de todos aquellos quienes se acercan a sus restos. Los observan más con escepticismo que con tristeza. Quizás crean que esa sea su última actuación; dirigida, representada y montada por él. El telón bajará y el saldrá a saludar a su público. Ello no sucederá; mas los presentes prefieren pensarlo así.
Quizás los dolidos, los sufridos, los que velan, amigos, familia, personalidades cuando hablan de él lo hacen desde la extrañeza, de la ternura más radical.

«A Gilbe lo conocí en los años 80. Coincidimos en un taller literario de Unión de Reyes. Desde entonces fuimos muy unidos. Se me murió un hermano. Él empezó desde abajo, de una familia de campesinos. Los amigos no son perfectos, pero él tenía muchos dones«, afirma Mamita de León, narradora oral y amiga desde la adolescencia.
«A El Chino lo recuerdo como una persona peculiar. No vivía de convencionalismo. Luchaba por lo que quería, a pesar de la adversidad. Era muy popular y simpático«, dice su hermano Roberto Subiaurt.

«Era albañil. Hizo su propia casa, cuando le dieron un terreno«, prosigue. Tiembla un poco. Sus dedos tintinean, pero igual quiere dejar en claro las manos, manos de polvo piedra, de base de maquillaje de Gilberto.
Ulises Rodríguez Febles, dramaturgo y promotor cultural profundiza sobre su impronta en la escena matancera: «Gilberto es un símbolo del teatro desde la década a los 80. Un actor significativo que ha trabajado con El Público y otras tantas agrupaciones. Es una pérdida. Hay una obra para mi esencial suya, Condenados, donde por primera vez se dirige a sí mismo. De dicha manera debemos recordarlo, encima de las tablas«.
Miriam Muñoz, Premio Nacional de Teatro, casi no puede estar en pie. La hija advierte que no se esfuerce demasiado. La presión la tiene alta, pero igual ella decide dar sus declaraciones. «Mi padre, mi hermano, mi hijo. Son muchos años. Imagínate. – comienza – Gran parte del repertorio de mi grupo, Icarón, tiene obras suyas como actor y director. Lo conocí desde adolescente cuando empezó con Teatro D´ Sur en Unión de Reyes«
Las honras fúnebres o, sencillamente, las honras, espantemos la muerte y el olvido de esta función, transcurrieron durante toda la mañana. El último telón de Gilberto aún no ha caído.
El San Juan arrastra las cenizas de Gilberto hacia la inmensidad
Por la plaza de La Vigía desfila una comitiva. Van cabizbajos. Un muchacho, quien sostiene una urna azul, guía la marcha. La aprieta fuerte y a la vez con reverencia. Siguen al joven actores, dramaturgos, escritores. Todos van a despedirse del actor Gilberto Subiaurt. Presenciarán su última función.


Con lentitud, bajan la cuesta al lado del puente de Tirry. Llegan a Nárvaez. Caminan con parsimonia ceremonial. Los adioses le meten plomo a los huesos. En ese momento uno quiere retrasar lo más posible la llegada al destino.
No solo se despiden de un actor de teatro y televisión, un dramaturgo de obras como «Edith» o «Condenados», también a un amigo, a una figura admirada, a un hermano, a un colega, a una constante de la cotidianidad.
Alcanzan el malecón del río. El muchacho desciende hasta un pequeño trampolín. De ahí se sumerge en el San Juan y abre la urna. Las cenizas fluyen en el río, se dirigen hacia la inmensidad del mar.


Desde atrás del muro los amigos lanzan flores hacia el agua. Luego miran como estas flotan y se deshojan por la marea. Hay par de lágrimas, algunas contenidas, otras a caudal. El silencio parece al que antecede al principio de una obra teatral. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
