Cuando desde Washington se habla de «Estado fallido» o de «mala gestión económica», conviene recordar el mecanismo perverso que subyace y permite ese discurso.
Hay una máxima del derecho penal que expresa que «nadie puede alegar su propia torpeza», no obstante, en la política exterior estadounidense hacia Cuba han perfeccionado una variante más perversa. Asfixiar a nuestro país por más de seis décadas, y luego acusarlo de no saber respirar.
Esa película la estamos viendo estos días con una crudeza redoblada, la cual sentimos en casa y percibimos en cada esquina de nuestros barrios.
Mientras el secretario de Estado Marco Rubio —heredero político de la mafia batistiana que encontró refugio en Miami— declara que «la economía cubana no funciona y hay que poner gente nueva al frente», su administración acaba de reforzar el cerco económico.

Michael Waltz, representante de Estados Unidos ante la ONU, negaba hasta octubre de 2025 la existencia del bloqueo calificándolo de «propaganda». No obstante, cinco meses después, su jefe de filas, el mismo Marco Rubio, lo reconoce sin pudor mientras aplica una asfixia sin precedentes. ¿Qué cambió en ese breve lapso? Pues creo que no la realidad, sino la estrategia comunicativa. Ahora les conviene presumir de su capacidad de destrucción.
Y es que el sistema que Washington ha diseñado en Cuba no es un simple «embargo bilateral», como gustan llamarlo. Es una maraña legal que incluye entre otras a la Ley Torricelli (1992), que prohíbe a subsidiarias extranjeras comerciar con Cuba; la Helms-Burton (1996), que castiga a empresas de terceros países que inviertan en propiedades nacionalizadas; las sanciones OFAC, que persiguen cualquier producto con un mínimo componente estadounidense; la prohibición del uso del dólar en transacciones internacionales; y la exclusión de Cuba del sistema SWIFT, controlado por Washington.

El mecanismo es bastante cruel en su simplicidad. Y lo sentimos en carne propia, pues si un hospital cubano quiere comprar equipamiento médico a una empresa india, por ejemplo, no podrá hacerlo si ese equipo contiene microprocesadores, sensores o software con patentes estadounidenses que superen el 10% del valor del producto. Y aunque logre sortear ese escollo, la empresa india se enfrentará a sanciones multimillonarias si acepta la venta.
Ahora, si por algún milagro se consuma la operación, el barco que transporte la mercancía será sancionado al atracar en puerto cubano. Y si alguien osa venderle petróleo a Cuba, como ha hecho México en los últimos años, se enfrenta a la amenaza de aranceles punitivos bajo la IEEPA —la misma ley que la Corte Suprema declaró inconstitucional apenas semanas después de firmada la orden ejecutiva contra nuestro país.
Hecho esto, luego se alega que «el sistema cubano no funciona». Y la cantinela se repite en medios y redes, por ignorantes o por interesados, hasta convertirse en verdad oficial.
Los datos que han comenzado a filtrarse estos días son bastante elocuentes. En marzo de 2026, las importaciones marítimas de Cuba se desplomaron hasta niveles no vistos desde 2017. Según datos de la firma de inteligencia marítima Windward, mientras en 2025 se registraban unas 50 escalas mensuales, en marzo apenas se contabilizaron 11, todas ellas procedentes de puertos cubanos.

No hay buques cisterna en camino; apenas tres portacontenedores —procedentes de China, India y Holanda— reportan a Cuba como destino, pero sus derroteros podrían cambiar en cualquier momento bajo la presión estadounidense.
El resultado es una crisis que el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos calificó como potencialmente colapsable. En Cuba producimos apenas el 40% del petróleo que necesitamos para la generación eléctrica, y nuestra dependencia del combustible importado la convierten ellos en un blanco perfecto. Los apagones masivos se han multiplicado; los hospitales operan con generadores que dependen del mismo combustible escaso; «decenas de miles» de personas esperan cirugías que no pueden realizarse por falta de electricidad, según reconoció nuestro presidente Miguel Díaz-Canel.

La basura se acumula en las calles porque los camiones carecen de combustible; el transporte público se ha reducido a su mínima expresión; y el suministro de agua potable peligra por la imposibilidad de hacer funcionar las bombas de extracción o de garantizar la energía que demandan.
Juanita Goebertus, directora para las Américas de Human Rights Watch, reconoció que «la situación humanitaria en Cuba ya era extremadamente frágil, pero la crisis eléctrica está llevando muchos servicios esenciales al límite. La gente no tiene acceso fiable al agua potable, los hospitales no pueden operar con seguridad, los bienes básicos son cada vez más difíciles de conseguir y la basura se acumula en las calles».
Pero el entramado no sería completo sin el coro de lamebotas que legitiman el castigo. La ultraderecha cubana de Miami ha construido un verdadero imperio mediático y político dedicado a impedir cualquier acercamiento entre ambos países. Como documenta la revista CTXT, «la maquinaria conservadora ha logrado establecer una falsa equivalencia semántica: cualquier noción de Estado de bienestar, socialdemocracia, justicia social o derechos sociales con perspectiva de clase es inmediatamente vaciada de su significado y reempaquetada como la antesala del castrismo».
Este ecosistema, alimentado por décadas de financiamiento público estadounidense a través de múltiples agencias, ha sabido aprovechar el trauma migratorio para convertir a los recién llegados en la base más ferviente del trumpismo. Figuras como el indeseable Otaola, que comenzó con un programa de farándula y terminó convertido en activista político que llama al endurecimiento del bloqueo, son la punta de lanza de una maquinaria que ha logrado «disciplinar» cualquier voz disidente dentro de la diáspora.

No es casualidad que mientras la Coalición Alianza Martiana realizaba actos pacíficos en Miami contra el bloqueo, sectores anticubanos recurrieran a la violencia fascista para agredirlos, requiriendo la intervención policial. Como denunció el canciller Bruno Rodríguez, estos sectores —encabezados por congresistas como Mario Díaz-Balart y María Elvira Salazar— no solo impulsan las medidas más extremas contra Cuba, sino que también promueven la persecución y deportación de sus propios compatriotas en Estados Unidos.
Lo más llamativo del espectáculo es el discurso contradictorio de los propios funcionarios estadounidenses. Marco Rubio y sus voceros hablan de «fomentar el desarrollo del sector privado cubano» mientras asfixian toda la economía. Anuncian envíos humanitarios de tres millones de dólares —una cifra ridícula comparada con los 490 millones en exportaciones agropecuarias estadounidenses que se perdieron por el bloqueo— mientras impiden la entrada de combustible. Ofrecen ayuda mientras diseñan el tan ansiado colapso.
John Felder, propietario de Premier Automotive Export, una empresa que vende vehículos eléctricos a Cuba, reconoce que «las políticas de Estados Unidos han creado a la gente más resiliente del mundo. Quieren un cambio, pero no quieren ser controlados por Estados Unidos». Esa es la gran derrota de Washington. Tras sesenta y siete años de asedio, nuestro pueblo cubano sigue prefiriendo la dignidad con escasez a la sumisión con abundancia.
Cuando desde Washington se habla de «Estado fallido» o de «mala gestión económica», conviene recordar el mecanismo perverso que subyace y permite ese discurso.
Por eso importa recordar que en Cuba hemos resistido once administraciones estadounidenses, once modelos de agresión, once variantes del mismo propósito. Y que seguiremos resistiendo, porque la dignidad no se rinde.
Mientras tanto, en Miami, siguen soñando con el día en que puedan regresar a imponer la Enmienda Platt 2.0. Y en Washington, Trump sigue tuiteando bravuconadas mientras su guerra en Irán se complica y sus escándalos de corrupción salpican la Casa Blanca.
Aquí, en esta isla de cimarrones, sabemos una cosa, y es que el bloqueo no nos rendirá. No porque seamos masoquistas, sino porque hemos aprendido, como dice el refrán, que «el que nace pa’ maceta, del corredor no pasa».
