Las mujeres múltiples

Las mujeres múltiples. Fotos: Raúl Navarro
Las mujeres múltiples. Fotos: Raúl Navarro

La señora, jardinera de las orquídeas de la soledad, se pasea de la sala a la cocina. Llora por una línea en la madera negra del sofá. Ahí su hijo, cuando pequeño, quiso rayar su nombre sin siquiera saber escribir. Lo regañó, lo maldijo, lo puso de penitencia. Ahora, treinta años después, quisiera verlo otra vez redactarle en cada mueble una carta de amor.

La niña levanta su manita cerrada. En la punta de su dedos, jura ella, guarda toda la magia del mundo. Señala a su madre y levanta el índice y la convierte en cocinera de campamento de refugiados; el del medio, en empleada de baño público romano; el anular, en saltimbanqui, en muñeca de Pierrot, en hada madrina; el meñique, en la princesa de acerado reino del fregadero; el pulgar, en aya francesa, en maestra de caligrafía. Cuando crezca, a lo mejor la pequeña entenderá que ella nunca fue la maga.

La adolescente desea romper el mundo en añicos. Lo compondrá después a su imagen y semejanza. Ahí no menstruará. No le dolerán los ovarios con la rabia de la escisión de la semilla. No la juzgarán por los granos en su rostro, por la poca flotabilidad de sus caderas, por la circunnavegación de sus senos.
Su padre regresará del olvido en el cual fue a esconderse. El futuro no parecerá la guillotina a tres metros sobre la cabeza de María Antonieta. Sin embargo, sabe que no puede destruir nada y, menos, volver a armarlo, aunque tenga las fuerzas para hacerlo; por eso, se ataca de llanto mientras cae el agua de la ducha.

La víctima ha decidido no ser más víctima. Ya no asiente cuando le comentan lo buen tipo que es su marido, porque la mantiene y la saca a pasear en su carro, y ella, vista desde fuera de la ventanilla, parece una emperatriz. No se maquillará más los moretones con polvos Loreal. No usará hermosos vestidos de mangas largas para cubrir las marcas púrpuras de los dedos-prensas en sus antebrazos.

Ha comenzado a armar una pequeña maleta con todo lo imprescindible. En la más mínima oportunidad, cuando él se vaya a matarse a whisky, ella saldrá volando, como una paloma en el filo de un alero cuando el gato muestra sus colmillos. Se promete a sí misma nunca más ser pertenencia ni inventario de nadie.

La sobreviviente quisiera tiempo para sí misma. El día se le escapa en el difícil arte de llegar a la mañana siguiente. Enciende el carbón para calentar el desayuno de sus hijos. El pecho siempre lo lleva tiznado, como si sobre la piel se le notara la tristeza interior.

Lava a puño la ropa sucia. Sus nudillos chocan los unos con los otros; ella quiere pensar en las hermosas burbujas que crea por el roce, y no en sus dedos despellejados. Negocia con agresividad con los carretilleros, mientras se pregunta si ellos en vez de corazón tienen capas y capas de dinero, superpuestas, apretadas, como una col. Echa la cabeza hacia atrás y a un lado, mientras limpia la sangre coagulada en el congelador. Lo hace de dicha manera, promete ella, para no sentir el aroma a podredumbre; pero, quizá, no quiera contemplar el amplio vacío a su frente.

La virgen insegura. La fiestera irremediable. La suegra complaciente. La anciana mensajera con su coche de bebé cargado de arroz. La maestra con espejuelos plásticos. La ama de casa coleccionista de gatos. La cartomántica. La dominatrix. La refugio seguro. La bella. La valiente. La virtuosa. La incómoda. La bocona. A todas esas mujeres, múltiples gracias por estar.

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