Ella no es perfecta, como no lo es nada en esta Tierra. Ni tiene que serlo. Solamente tiene que ser. Existir. Estar. Si no, el mundo pierde gran parte de su sentido. ¿Y no fue para darle ese sentido que Dios la sacó de una costilla de Adán?
Dedicarle un día, un apunte de calendario, me ha parecido siempre tan poco cuando pienso en lo que ella representa que hasta un jornada me parecería igual de poco. Y el espacio de las postalitas se me hacía tan poco amable… Qué va, aún está por crear el homenaje a su altura.
Para mí, el 8 de marzo es todos los días. La razón para admirarla se da todo el tiempo, en los espacios más diversos de lo cotidiano y lo inhóspito. Eso me parece más sensato que una felicitación hipócrita hoy y un maltrato mañana, que es a menudo la triste realidad.
Escribir de la mujer, y más sin serlo, es siempre un riesgo. Riesgo de olvidar, de omitir detalles o aspectos reveladores. Peor aún: de hablar en nombre de algo a lo que no se pertenece, con la pretensión de creerse uno portavoz.










Por eso cuando la veo, cuando de ella pienso y escribo, la traduzco en todo aquello que no le conozco: en esos instantes donde no es «un cañón» cruzando la calle ni una imagen que nosotros nos hacemos, sino una persona en soledad, desmaquillada, reflexiva, cuestionando su lugar en el mundo.
En un mundo que casi siempre parece diseñado para ellos, para el esfuerzo de ellos, para el placer de ellos, poco reparamos en ellas, en el esfuerzo de ellas, en el placer de ellas.
Les he dedicado canciones, les he escrito poemas y texticos de matutinos, les he improvisado felicitaciones en actividades del trabajo, y me pregunto si he hecho suficiente. Si todos hacemos suficiente.
Si las hemos amado u odiado con razón, y no por el dictado de un machismo. Si las hemos entendido o solo creímos que sí, en lo más hondo de nuestra mente. Si nos hemos esforzado siquiera la mitad de lo que conlleva entender por qué hoy, siglo tras siglos, siguen luchando.
Y no por pocas cosas, enlistables y risibles como propaganda, sino por palabras tan dignas como libertad, igualdad de derechos, justicia. Esas que tanto nos eriza leer en libros de historia y que a veces no nos percatamos de que nos pasan por el lado, vigentes e imperiosas.
Quisiera recuperar a veces el entusiasmo infantil, el verbo apresurado y la exclamación chillona de aquellos escritos que solía leer los 8 de marzo. Cada vez, sin embargo, me ocurre más que tardo en pensar, en decir, en redactar, por qué las admiro tanto. No se me da ya a la ligera. Supongo que por ser una admiración inexplicable, inevitable, superior a mí.
Después de todo, bastante poco sacrificio el de Adán, si a cambio de una de sus costillas tenemos algo tan grande como es la mujer.
