El sol matinal se cuela entre las frondas del Cementerio de Colón mientras una peregrinación silenciosa avanza hacia la parcela donde reposan los restos de Juan Gualberto Gómez Ferrer. No hay discursos grandilocuentes; solo el paso firme de periodistas y estudiantes que, como cada año, vienen a cumplir con un rito de memoria. Son sus herederos en el oficio; los que empuñan la agenda y la grabadora como otros empuñaron el machete.
Han pasado 93 años desde aquel 5 de marzo de 1933, cuando el “hermano mulato” de José Martí exhaló su último aliento en una humilde casa de madera, pobre y digno hasta el final. Pero su sombra, lejos de extinguirse, se proyecta larga sobre la historia de Cuba.
Su vida es la epopeya de un hombre que nació dos veces libre: primero, porque sus padres, Fermín y Serafina, esclavos en el ingenio Vellocino de Oro de Matanzas, compraron su libertad en el vientre materno; y, después, porque dedicó cada aliento de su existencia a conquistar la libertad para su Patria y la igualdad para todos los cubanos.
La crónica de su vida podría comenzar en París, adonde sus padres lo enviaron en 1869 para alejarlo de la violencia de la Guerra de los Diez Años. Allí, en medio de la efervescencia de la Comuna y del asedio prusiano, el joven artesano de carruajes descubrió que su verdadera vocación no era construir coches para la burguesía, sino forjar conciencias. El periodismo lo atrapó para siempre.
Pero es a su regreso a Cuba, en 1878, donde la historia encuentra uno de sus momentos más luminosos. En el bufete del abogado Nicolás Azcárate, Juan Gualberto estrecha la mano de un hombre delgado de ojos profundos: José Martí. Nace así una amistad cimentada en ideales comunes y el sueño de una sociedad revolucionaria que cambiaría el destino de la Isla. Martí, perspicaz, encontraría en él al organizador perfecto y lo definiría con trazo maestro: “tiene el tesón del periodista, la energía del organizador y la visión distante del hombre de Estado”.
Su pluma se convierte en arado y espada. Funda La Fraternidad y luego La Igualdad, periódicos que denunciaban los abusos del colonialismo español y libraban una batalla frontal contra la discriminación racial. A través de sus páginas, y desde la presidencia del Directorio Central de Sociedades de la Raza de Color, Juan Gualberto tejía la unidad imprescindible para la guerra que se avecinaba.
“Vamos en busca de la igualdad: blancos, negros y mulatos, todos son iguales para nosotros”, proclamaba en sus editoriales, consciente de que la independencia sería una quimera si los cubanos no se reconocían como hermanos.
Martí, desde Nueva York, le confía la misión más delicada: organizar los preparativos de la Guerra Necesaria dentro de la Isla y dar la orden de alzamiento. La madrugada del 24 de febrero de 1895, en el ingenio La Ignacia de Ibarra, Matanzas, Juan Gualberto se alza en armas junto a dieciséis patriotas. El levantamiento en occidente fracasa en lo inmediato, pero su significado es inmenso: la rebelión se extendía ya por todo el país.
A los pocos días, es apresado y condenado a presidio en las cárceles de Ceuta y Valencia. No será la primera vez que pague con su libertad el precio de sus convicciones. Pero ni los muros ni el destierro logran acallar su voz.
Concluida la guerra y frustrada la independencia plena por la intervención y la imposición de la Enmienda Platt, Juan Gualberto emerge como una de las conciencias más críticas de la naciente República. Desde su escaño como delegado a la Asamblea Constituyente de 1901, y luego como representante y senador, denuncia con furia ética el pecado original de la nación. Su frase lapidaria recorre el hemiciclo: “La Enmienda Platt ha reducido a mito la independencia y soberanía de la República de Cuba”.
Su voz, junto a la de unos pocos, se alza solitaria contra un gobierno en obvia genuflexión hacia Washington. El general Leonard Wood, gobernador militar estadounidense, lo señaló con desprecio racista, llamándolo “negrito” dirigente de “degenerados”, sin comprender que esa pequeñez moral no hacía sino agigantar la estatura del patriota. Fue un gladiador contra el peculado, el anexionismo y las dictaduras, manteniendo hasta el final una postura consecuente con el ideario martiano.
De regreso al presente, la ofrenda floral descansa ya ante el panteón familiar. Los viejos mambises que custodiaron su féretro aquel lejano 5 de marzo, vistiendo con orgullo sus medallas, han sido relevados por una nueva estirpe que, ante su tumba, reafirma la vigencia de su lucha contra el racismo, la dependencia y la mentira.
Juan Gualberto Gómez continúa, desde su nube, preguntándonos qué ha sido de la Patria. Y los periodistas cubanos, peregrinos cada año en su cementerio, intentan responderle con el único tributo que él habría aceptado: la verdad.
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