Bloqueo: 100 pruebas de una guerra económica y el cálculo electoral de Trump

Bloqueo: 100 pruebas de una guerra económica y el cálculo electoral de Trump

«El bloqueo no existe». Esa frase, repetida hasta aburrir por la maquinaria mediática que sirve a los intereses de Washington, merece un premio a la ficción del siglo. Porque si no existe, habría que explicar entonces por qué el gobierno de Estados Unidos ha dedicado sesenta y siete años a perfeccionar un mecanismo de asfixia que cuenta, al menos, con centenares de medidas perfectamente documentadas.

Habría que explicar por qué, en las últimas semanas, la administración Trump ha endurecido aún más el cerco, justo cuando su popularidad se desploma y las elecciones de medio término asoman la cabeza.

Coincidencias, dirán los ingenuos. Odio, respondemos desde esta trinchera, en la que llevamos más de seis décadas resistiendo.

Pero repasemos, porque la memoria es un acto de resistencia. La lista es tan extensa que hemos seleccionado para esta sección lo más representativo. La crueldad comenzó en los años 60 con la suspensión de la venta de armas, la prohibición de exportar petróleo y maquinaria industrial (1960), y la cancelación de la compra de azúcar (1960).

Para 1962, el embargo total de comercio ya era una realidad, acompañado de la congelación de activos y la restricción de viajes.

Pero Washington no se durmió en los laureles. La inventiva sancionadora continuó durante las décadas siguientes con la prohibición de tecnología avanzada, restricción de alimentos procesados, bloqueo a las importaciones de ron y tabaco. Llegaron las leyes Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996), que extraterritorializaron el bloqueo, castigando a empresas de terceros países que osaran comerciar con Cuba.

La administración Obama, aunque alivió algunos tornillos, mantuvo la estructura básica, sobre todo, en relación a nada de turismo, nada de transacciones con empresas militares y restricciones a medicinas y equipos.

Y entonces llegó Trump. En su primer mandato (2017-2021) y con renovada furia en 2025, desató un vendaval de medidas diseñadas para no dejar respirar, entre ellas, restricción de vuelos, eliminación de cruceros, topes a las remesas, y la joya de la corona, la reinserción de Cuba en la espuria lista de países patrocinadores del terrorismo.

El asedio a Cuba y la contravención de los intereses estadounidenses

A ello se suman las medidas financieras —prohibición del uso del dólar, multas a bancos extranjeros, bloqueo de PayPal, Zelle, Visa y Mastercard— y las diplomáticas como mayor presión en la ONU y el veto a acuerdos multilaterales.

Las medidas recientes de 2025-2026 incluyen el bloqueo específico a la importación de petróleo y sanciones a cualquier proveedor que intente vendérnoslo.

En total, más de cien medidas. Más de cien puñales clavados en la economía de un pueblo que, por si fuera poco, enfrenta crisis energéticas, déficit de vivienda y las secuelas de una pandemia. ¿Alguien puede seguir sosteniendo que el bloqueo es un invento del «régimen» o de la «propaganda castrista»?

No lo decimos desde acá, que a la larga somos quienes padecemos las sanciones. Lo dice la máxima autoridad mundial en Derechos Humanos. El pasado 13 de febrero de 2026, la Oficina de la Alta Comisionada de la ONU emitió un comunicado que debería helar la sangre de cualquier persona con un mínimo de decencia.

La portavoz Marta Hurtado declaró estar «extremadamente preocupada por la profundización de la crisis socioeconómica de Cuba, en medio de un embargo comercial y financiero de décadas, eventos climáticos extremos y las recientes medidas de Estados Unidos que restringen los envíos de petróleo» .

Lean con atención: «Dada la dependencia de los sistemas de salud, alimentación y agua de los combustibles fósiles importados, la actual escasez de petróleo ha puesto en riesgo la disponibilidad de servicios esenciales en todo el país».

¿Resultado? «Las unidades de cuidados intensivos y las salas de emergencia están comprometidas, al igual que la producción, entrega y almacenamiento de vacunas, hemoderivados y otros medicamentos sensibles a la temperatura» .

Más del 80% del equipamiento de bombeo de agua en Cuba depende de la electricidad. Los apagones no son solo una molestia familiar y cotidiana, son un atentado contra el derecho del pueblo cubano al acceso al agua potable, el saneamiento y la higiene. Afectan las comunicaciones, el acceso a la información, el funcionamiento de las escuelas y los hogares maternos.

El Alto Comisionado Volker Türk ha reiterado el llamado a todos los Estados a levantar las medidas unilaterales, porque «los objetivos políticos no pueden justificar acciones que en sí mismas violan los derechos humanos» .

La comunidad internacional, una y otra vez, ha respaldado a Cuba en la Asamblea General de la ONU. Pero Washington hace oídos sordos. Porque el objetivo no es humanitario; es político.

Mayoría abrumadora de países respalda fin del bloqueo a Cuba
Mayoría abrumadora de países respalda fin del bloqueo a Cuba

No obstante, vale preguntarse ¿por qué ahora? ¿Por qué este ensañamiento particular de la administración Trump en los primeros meses de 2026? La respuesta hay que buscarla no en La Habana, sino en Washington, en las encuestas que tanto obsesionan al magnate y en el calendario electoral.

El segundo mandato de Trump atraviesa horas bajas. Su aprobación ronda el 37%, el punto más bajo de su gestión, con un rechazo abrumador entre hispanos (45.8%) y afroamericanos (71.8%), y una desconexión total con los jóvenes y las mujeres. El 61% de los estadounidenses cree que sus políticas arancelarias han empeorado el costo de vida. La economía no despega, los escándalos de corrupción —como la investigación sobre cuentas millonarias en Catar que beneficiaron a donantes de campaña— salpican a la Casa Blanca, y hasta los republicanos moderados empiezan a tomar distancia para salvar sus escaños en noviembre.

En este contexto, la política exterior es necesaria para ocultar el desastre interno. ¿Qué mejor que mostrar un triunfo contundente contra el histórico enemigo comunista a 90 millas de Florida?

El Wall Street Journal reveló el 21 de enero que la administración Trump busca activamente un «cambio de régimen» en Cuba antes de que termine 2026. Funcionarios estadounidenses citados por el diario afirman que Trump considera que acabar con la era castrista «cementaría su legado y haría lo que el presidente John F. Kennedy no pudo hacer en la década de 1960».

La operación en Venezuela, de la cual nosotros acá en Cuba ya demostramos algunas cosas, se ha convertido en un «modelo» y una «advertencia» para Cuba. La estrategia pretende la asfixia económica total, la búsqueda de «disidentes» o «insiders» cubanos dispuestos a negociar una rendición, y una campaña de presión mediática sin precedentes.

Trump lo ha dejado claro en su red social: «NO MÁS PETRÓLEO NI DINERO A CUBA, ¡CERO! Sugiero firmemente que hagan un trato, ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE».

El show de Trump encierra un evidente peligro para Nuestra América

El secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de cubanos y enemigo acérrimo de la Revolución, es el ejecutor de esta ofensiva. Para él, como para el ala más dura del Partido Republicano, Cuba es una obsesión personal y política. Y en un año electoral, donde cada voto en la Florida cuenta, aparecer como el «hombre fuerte» que doblegó a La Habana puede ser un as bajo la manga para movilizar a la base anticastrista y desviar la atención de los problemas internos.

El bloqueo duele, pero duele más la hipocresía de quienes lo imponen. Duele que mientras las unidades de cuidados intensivos luchan por mantener sus equipos funcionando, Washington hable de «libertad» y «democracia». Duele que mientras las madres cubanas buscan cómo alimentar a sus hijos, los burócratas del Tesoro diseñen nuevas sanciones.

El bloqueo existe. Está ahí, en cada apagón, en cada medicamento que no llega, en cada familia separada por la migración forzada. Existe en las más de 100 medidas que hemos analizado y en las que vendrán. Pero existe también en la respuesta de un pueblo que, contra toda lógica, se niega a rendirse.

El cálculo de Trump puede ser electoral. El nuestro es existencial. Frente a la asfixia, resistencia. Frente a la mentira, verdad. Frente al imperio, dignidad.

Como bien dijo la ONU, los objetivos políticos no pueden justificar violaciones de derechos humanos. Pero mientras Washington no entienda esto, seguiremos demostrando, con hechos y con números, que el bloqueo es el mayor acto de guerra en tiempos de paz, y que Cuba, a pesar de todo, sigue en pie.

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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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