Hay un arte, casi una ciencia política, en el oficio de la distracción. En Cuba conocemos bien esas estrategias. Cuando la olla interna en Estados Unidos amenaza con desbordarse, se inventa un enemigo externo; cuando la economía se resquebraja, se agita una bandera; cuando el apoyo popular se desvanece, se bombardea a algún país que no pueda defenderse.
El presidente Donald Trump, en su segundo mandato, ha elevado esta técnica a la categoría de alto performance.
Mientras sus números se hunden, su propio partido le muestra los dientes y los tribunales investigan cuentas secretas en Catar, el magnate agita el mapa de Groenlandia, amenaza a Irán, secuestra presidentes venezolanos o asfixia a Cuba. Es el arte del escapismo, o la estrategia de convertir la política exterior en un circo para que el público no note que la carpa se está incendiando.
Empecemos por los fríos números que queman su política interna. La encuesta del Pew Research Center, tomada entre el 20 y 26 de enero de 2026, arroja una radiografía que ningún maquillaje electoral puede disimular. La aprobación de Trump ha caído al 37%. No es un tropiezo menor. Es su punto más bajo en este segundo mandato y, lo que resulta más revelador, el declive no viene de los demócratas —que nunca creyeron en él—, sino de sus propias filas.
Observen este dato, porque encierra la clave de todo lo que viene. En febrero de 2025, un 55% de los republicanos declaraba tener confianza en la ética de Trump. Hoy, apenas el 42% le cree honesto. En apenas un año, el Partido Republicano ha perdido trece puntos de fe en la probidad de su líder.
El apoyo a «todas o la mayoría» de sus políticas ha caído del 67% al 56%. Y aquí lo más revelador, ya que el 61% de los republicanos y simpatizantes considera que los legisladores GOP (del Partido Republicano o Grand Old Party, en inglés) no tienen la obligación de apoyar a Trump si discrepan de él.
Cuando esa militancia política, que durante años fue retratada como una secta de lealtad incondicional a Trump, empieza a poner condiciones, el fenómeno refleja una deserción activa.
Por otro lado, la Encuesta del Emerson College, realizada entre el 17 y 19 de enero, confirma el cuadro clínico. El 51% de los votantes desaprueba la gestión presidencial, mientras que la mayoría que cree que el país «va por mal camino» ha ascendido al 56%.

¿Las causas? Basta con preguntarle a la cartera del ciudadano promedio. Seis de cada diez estadounidenses afirman que Trump ha hecho más por dañar el costo de vida que por mejorarlo. Las guerras arancelarias, esa receta mágica que prometió devolver la manufactura, ha terminado encareciendo hasta el pan. Solo el 37% aprueba su manejo económico.
Pero quizás lo más corrosivo para la narrativa oficial no sean los números macroeconómicos, sino el tufillo a corrupción que emana del Ala Oeste. La investigación sobre los fondos venezolanos depositados en una cuenta bancaria en Catar se ha convertido en un estercolero judicial que apesta a kilómetros.
El esquema supone que la administración Trump autoriza la venta de petróleo venezolano, genera unos 500 millones de dólares, y en lugar de depositarlos en el sistema financiero estadounidense —sujeto a controles del Congreso y auditorías públicas—, los desvía a una cuenta offshore en Catar. ¿La razón oficial? «Neutralidad» y «rapidez». ¿La razón real? Especulación pura.
El congresista demócrata Lloyd Doggett, en una carta llena de ironía procesal, pregunta con toda intención: «Si lo que se buscaba era transparencia y solvencia, ¿por qué no se eligió a Noruega, el estándar mundial en gestión de rentas petroleras? ¿Por qué Catar?». Pues porque en Noruega no se pueden esconder 250 millones de dólares que terminan beneficiando a donantes de campaña como Vitol, cuya contribución de seis millones a la campaña de Trump en 2024 parece haber rendido frutos exorbitantes.
El líder de la minoría demócrata en el Senado, Chuck Schumer, también lo resumió con crudeza. «No hay razón para que Trump esté sorteando el sistema bancario estadounidense y llenando los bolsillos de sus amigos petroleros en lugar de reducir los costos para los trabajadores estadounidenses», dijo.
Vaya, es la hipocresía del «America First» llevada a su paroxismo. Por un lado, se predica el nacionalismo económico, y por otro, los beneficios de la política exterior se esfuman en cuentas opacas en el Golfo Pérsico.

Y entonces, cuando el escenario doméstico se vuelve irrespirable —encuestas en caída, aliados que se distancian, fiscales que olfatean sangre—, el presidente, experto en reality shows, recurre al viejo truco de los ilusionistas de agitar la capa para que nadie mire el truco sucio.
La analítica de YouGov también resulta contraria a los intereses del mandatario. El 52% de los estadounidenses cree que Trump presta “demasiada poca atención” a la economía y el 38% que presta “demasiada atención” a la política exterior. Es decir, exactamente al revés de lo que el presidente está haciendo. El 56% de la población cree que el presidente ha «ido demasiado lejos» en el uso de la fuerza militar en el extranjero.
Pero el dato que debería helar la sangre en las venas de cualquier estratega republicano es que solo el 23% de los estadounidenses cree que el intento de apoderarse de Groenlandia ha sido algo positivo, mientras el 55% lo considera negativo. Y aquí lo más revelador, incluso entre los republicanos, el apoyo a una anexión forzosa de la isla ártica es minoritario —29% a favor, 49% en contra—.
¿Cómo se construye una campaña electoral sobre una política exterior que ni siquiera tus votantes respaldan? La respuesta es que no se puede.
Lo que ocurre es que Trump ya no está gobernando para ganar las elecciones de medio término. Está gobernando para sobrevivir a su propio juicio político. Como bien apunta el analista Andrew Gawthorpe, del Foreign Policy Centre, «cuando los líderes enfrentan frustración en casa, buscan logros en el extranjero».
El problema es que estos «logros» —la captura de Maduro, las amenazas a Dinamarca, la escalada con Irán, el intento de paralización de la vida económica de Cuba— son, en palabras del mismo analista, «cambios bruscos, objetivos ambiciosos y poca atención a la implementación práctica». En español, puro ruido y ninguna nuez.
El verdadero termómetro de la crisis no está en las encuestas, sino en las actitudes de los legisladores republicanos. Durante años, la Cámara y el Senado GOP funcionaron como apéndices de la voluntad trumpista. Ya no. La senadora Collins, el senador Murkowski, incluso algunos de los más leales, han comenzado a marcar distancia pública.
Y no es para menos. El Emerson College Polling otorga a los demócratas una ventaja de 6 puntos en el voto genérico para el Congreso (48% contra 42%), con los independientes rompiendo 50% a 28% a favor de los azules. El analista de CNN, Harry Enten, ha declarado sin ambages que los demócratas tienen una «ventaja enorme» de cara a noviembre, especialmente en estados clave como California (+28) y Nueva York (+27), donde los republicanos moderados como Mike Lawler deberían empezar a actualizar sus currículums.
La derrota republicana en una elección especial en Texas —un distrito que Trump ganó en 2024— ha sido calificada por un funcionario local como «8.5 en la escala de Richter». Cuando los terremotos electorales sacuden incluso la tierra firme tejana, es que la placa tectónica del trumpismo ha empezado a fracturarse.
El escenario que se dibuja en Washington hacia noviembre de 2026 es el de un presidente cada vez más solo, con sospechas de problemas de salud cerebral, su implicación en el fenómeno Epstein, cercado por encuestas adversas, investigaciones por corrupción y una bancada propia que calcula fríamente la distancia que necesita para salvar sus escaños.
La respuesta de Trump ha sido la predecible. Más confrontación, más ruido, más teatro internacional. Groenlandia, Venezuela, Cuba, Irán. Cada semana un nuevo conflicto, una nueva amenaza, una nueva bravuconada. Es la estrategia del “shock and wave” aplicada a la política doméstica. Es aturdir para no responder.
Pero el público estadounidense, ese mismo que según los teóricos de la posverdad ya no distingue entre realidad y ficción, parece estar recuperando la lucidez. El 34% de los ciudadanos cree que la salud mental de Trump no está a la altura de la presidencia. El 60% desconfía de su ética. Y lo más importante, el 47% cree que, en perspectiva histórica, Trump será recordado como un presidente fracasado.
Desde Cuba, donde hemos visto pasar once administraciones estadounidenses —unas más hostiles, otras hipócritamente conciliadoras—, este espectáculo nos resulta profundamente instructivo. Porque demuestra, una vez más, que el imperio más poderoso de la Tierra es, ante todo, un imperio frágil. Su talón de Aquiles no está en los misiles ni en los portaaviones. Está en sus propias contradicciones internas, en su incapacidad para ofrecer bienestar a su propio pueblo, en la podredumbre moral de una élite que convierte la política exterior en un negocio privado.
Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo drenar el pantano. Hoy, las investigaciones demuestran que el nivel de las aguas putrefactas le llega al cuello. Las elecciones de noviembre dirán si el cuerpo legislativo decide cortar la cabeza del rey o si, por inercia y miedo, prolonga la agonía. Aquí, en la resistencia, solo nos queda observar, tomar notas, y seguir construyendo nuestra propia soberanía lejos del hedor de ese pantano.
