Amor y Economía: un romance prohibido

El amor en febrero no es solo que valga mucho, porque valor tiene en toda época del año: es que parece que cuesta más. Así está diseñado, y en efecto, sale carísimo. Es un juego constante, y hasta perverso, entre la expectativa y la realidad, donde es muy probable que la primera acabe condicionada por la segunda. Y, entre expectativa y realidad, el bolsillo.

Se habla mucho de la importancia del sentimiento por encima de lo material, y a nosotros los precarios eso nos viene muy bien. Sin embargo, a veces nos gusta expresar el sentimiento a través de lo material, y el 14 de febrero es el campo de batalla perfecto para que aflore este dilema. Si hablamos de un poema sobre la almohada, aunque hasta el papel y el lápiz estén difíciles de conseguir, el problema no es tanto. Pero hay proyectos que se salen de tu alcance, de tu nómina, de tu capacidad para incluso costear el transporte hacia ese lugar especial donde quisieras llevarle a romancear.

Amor y Economía: un romance prohibido

Recuerdo aquel concurso por el Día de los Enamorados en la universidad, hace ya unos años, donde gané el primer premio: un kit romántico compuesto por vela aromática, una postal y algo más, envuelto todo en una agradable bolsita. Desde que bajé del escenario hasta que alcancé a mi novia al otro lado del teatro, la frase que más recuerdo dicha por todos, profesores o compañeros, mientras me felicitaban y sonreían a mi paso, era la misma: “¡Dale, que te quitaste de arriba tener que comprar el regalito del 14!”. O con ligeras variaciones: “¡Qué clase de reventado el chamaco este, cómo va a ahorrarse dinero!”.

Gracias a las leyendas que rodean la figura de San Valentín de Roma y a la coincidencia de su festividad con el emparejamiento de las aves, el ser humano cada 14 de febrero dispone de más opciones que recursos para celebrar cuanto amor le cabe en el pecho. Nunca es suficiente. Desmedidas son las opciones como desmedidos son los precios y las personas a las que regalar.

¿Regalar qué? Está claro que no hablo de sentimientos. Y reconozco que a mí con eso me basta –mi economía como joven profesional nunca me ha dado para agasajar mucho a casi nadie, por más que les quiera con locura–, pero si algo dicen que el amor mueve no es a mí solo, sino al mundo, y en el mundo hay muchas más personas que sí se sienten impelidas a salir ese día o a intercambiar obsequios con su pareja, familiares, amigos.

Por tanto, cada vez que me hallo en este punto del calendario, encuentro frustrante esa sensación de que, aunque quisiera, no podría; de que, si mi hábito fuera el de salir a pasear y sentarme con ella en un barcito y vernos sonreír mientras por dentro lloramos pensando en la cuenta, tal vez este año me tendría que quedar con las ganas. Es vivir bajo la inclemencia del “quiero y no puedo”, consciente de ser solo un pequeño eslabón dentro de la maquinaria mercantilista global que existe en torno a San Valentín.

Tanto así que alguna vez he cedido por rabia a las presiones del universo y la he sorprendido con un presente más que inesperado, ya que ambos somos partidarios de celebrar en programaciones más personales; por ejemplo, en días de aniversario, o en otros por mero impulso. Cada vez que mi billetera se resiente (aún más) un 14 de febrero, quiero pensar que lo hago por instinto natural del corazón, no como una forma de rebelarme a mi propia situación precaria y probarme a mí mismo que también yo puedo tener gastos porque la tradición lo sugiere.

Y así, bajo el absurdo de que la tradición y la economía se contradicen, los enamorados nos seguimos profesando lo que sentimos. Eso incluye el deseo de un respiro monetario que haga más asequible el precio del amor al año siguiente.

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