Cuando en 1998 le avisaron que había un curso de despacho en la Empresa Eléctrica, Etiennie Fernández Medina no imaginaba la magnitud de la responsabilidad que estaba a punto de asumir. Técnico medio en sistemas eléctricos, confiesa que entró “sin saber exactamente las características del trabajo de un despachador”, aunque ya sentía afinidad por la rama eléctrica y el reto profesional que implicaba.
Desde entonces, su vida laboral ha estado ligada al sistema eléctrico de la provincia de Matanzas, primero en despachos de distribución municipales y luego en el despacho territorial, donde se atienden las líneas de 110 000 volt y las subestaciones asociadas. “En noviembre cumplí 26 años en la Empresa”, resume, con la naturalidad de quien ha pasado más de un cuarto de siglo garantizando un servicio tan imprescindible como la electricidad.
Etiennie describe el despacho como el lugar donde se supervisa el sistema eléctrico y se controlan parámetros tan sensibles como la frecuencia, las interrupciones y, sobre todo, las averías que afectan a la población. Antes, cada municipio tenía su “despachito”; hoy, varios territorios se coordinan desde un mismo edificio: Matanzas y Unión de Reyes, Varadero y Cárdenas, Colón y sus poblados, entre otros.
Durante casi ocho años estuvo en el despacho de distribución de Matanzas, “los carritos amarillos” que la población ve en la calle empalmando cables y solucionando roturas en las redes que abastecen a las viviendas. Más tarde pasó al despacho territorial, encargado de las líneas de 110 000 volt y las subestaciones que alimentan a la provincia: un entorno con menos interrupciones, pero con mayor peso de responsabilidad y decisiones que pueden impactar procesos claves, como el suministro de agua a una termoeléctrica.
El régimen de trabajo de un despachador es exigente: turnos de 24 horas laborales por 72 de descanso. En la práctica, Fernández Medina ha vivido jornadas mucho más intensas. En 2008 comenzó a impartir clases en la Escuela de Capacitación de la Unión Eléctrica, en Marianao; y para poder cumplir con la docencia y la operación en sala llegó a encadenar “24 por 24” durante semanas.
A sus 59 años, reconoce que el cuerpo ya no responde igual al ritmo vertiginoso del despacho de distribución, “más bien para gente joven”, pero insiste en que el compromiso no caduca: “Todavía hay una generación allá arriba, de mi tiempo, que mantiene el sentido de pertenencia”.
En 2022 su vida dio un giro brusco, le diagnosticaron cáncer de pulmón. El segundo semestre del año transcurrió entre quimioterapias y radiaciones, y el 2 de febrero de 2023 fue operado (le extirparon parte del pulmón). Tres meses después ya estaba de regreso al trabajo.
“Uno, por necesidad, tiene que salir de la casa; entretenerse”, explica. La enfermedad deja huellas físicas y emocionales, y él no desconoce los miedos sobre lo que pasó y lo que pudiera ocurrir. Sin embargo, también pesó la situación del sector: déficit de personal, carencias, sobrecarga. Hizo “unos cuantos turnos”, pero terminó reubicándose dentro del mismo edificio, en el área de capacitación, donde puede aportar experiencia sin someterse al mismo nivel de desgaste físico que exige la mesa operativa.
Hoy su función principal es la formación; prepara a los nuevos despachadores, evalúa a operadores de subestaciones y a técnicos, y determina quién está en condiciones de asumir determinadas responsabilidades. No oculta que el trabajo de oficina, de papeles, no es el que más le atrae, pero la enseñanza sí. Lleva desde 2008 impartiendo clases, primero en Marianao y ahora en Matanzas.
“Me gusta preparar a los muchachos desde cero”, y asegura que, con los años, se aprende a identificar temprano quién realmente sirve para el despacho. A veces, alumnos brillantes en la teoría se paralizan cuando se sientan en la mesa, enfrentados a llamadas, presión y decisiones en tiempo real. “No todo el mundo sirve para escuchar”, sentencia.
Si algo insiste en transmitir a las nuevas generaciones es que el despacho no admite vacilaciones prolongadas. Pone un ejemplo concreto: un circuito en el reparto Versalles, en Matanzas, que alimenta una estación de bombeo de agua clave para la Termoeléctrica Guiteras. Una avería allí exige velocidad de resolución, porque retrasa el bombeo y, con ello, la generación eléctrica.
Para Etiennie las condiciones mínimas de un buen despachador son claras: tener agilidad para responder ante las afectaciones al servicio y restablecerlo en el menor tiempo posible; sostener una base sólida de conocimientos que complemente con la autopreparación continua, porque no se trata de apretar siempre el mismo botón, sino de enfrentarse a situaciones diversas; y poseer poder de decisión junto a la capacidad de trabajar bajo estrés, sin explosividad, pero también sin caer en la parálisis.
Advierte, además, que en el despacho de distribución las decisiones “tienen que ser prácticamente instantáneas”, mientras que en el territorial el tiempo de traslado de las brigadas permite pensar con algo más de calma una estrategia de solución. Pero en ambos casos hay una regla de oro: al sentarse en la mesa, los problemas externos se quedan fuera, porque cualquier distracción puede comprometer la estabilidad del sistema o la vida de un liniero.
Etiennie no elude las dificultades actuales, falta de personal, frustraciones que empujan a muchos jóvenes a otros caminos. “La mayoría de los jóvenes tienen otro criterio”, comenta sobre quienes ganan más en el mercado informal que en la Empresa. Aun así, insiste en que el servicio eléctrico tiene un impacto directo en la vida diaria de la población y que esa responsabilidad pesa más que cualquier otra consideración.
“Un fallo mío o un mal trabajo trae trascendencia en la vida de cualquier familia”, reflexiona. Dejar sin corriente a un barrio no es solo apagar luces: puede impedir que un niño estudie, perjudicar alimentos, interrumpir servicios básicos. “Esa conciencia debe acompañar siempre al despachador, que tiene que pensar más en su cliente y en su población que en sus propias incomodidades”.
Aunque los cursos nacionales en La Habana se suspendieron a raíz de la covid-19 y ahora la formación se organiza por provincias, Etiennie asegura que su mensaje a los jóvenes es el mismo, el trabajo del despacho tiene el mismo valor y la misma importancia, “en este país o en cualquiera”, independientemente de las carencias de combustible, transporte o generación.
“Lo que te inspira a seguir son los mismos motivos por los que empezaste”, asevera. El sentido de pertenencia que descubrió en 1998 es el que mantiene hoy y el que lo acompañará dentro de cinco o seis años, si no se ha retirado. A quienes hoy se sientan frente a la mesa de despacho les pide una sola cosa: entender que cada decisión que tomen esté conectada con un circuito de vidas, familias y sueños que dependen, muchas veces sin saberlo, de que alguien al otro lado de la línea sea ágil, preparado y profundamente responsable. (Por Haila Carrazana Horruitiner, estudiante de Periodismo)
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