Un fin de semana con Bad Bunny

Un fin de semana con Bad Bunny

Amén de unas pocas canciones, escuchadas de pasada y sin prestar demasiada atención en alguna discoteca o en ciertos trends en Instagram, jamás me tomé la molestia de escuchar a Bad Bunny. Como el estudiante de Vocacional que alguna vez fui, con aspiraciones de intelectual, me empeñé en suprimir el gusto que alguna vez tuve por las expresiones y exponentes del género urbano, vedado de mi playlist por aquel entonces.

No fue hasta hace poco que, empujado por mi novia, escuché consciente y voluntariamente mis primeros temas del boricua: Monaco, Maldita Pobreza, Me fui de vacaciones y Nadie sabe. Y, si bien no posee el talento vocal de Freddie Mercury, la lírica de Silvio o Dylan y, mucho menos, el talento de McCartney o Lennon, tampoco está mal.

Los sencillos poseían el sello inconfundible de la música caribeña y latinoamericana, con ritmos pegadizos y sonoridades que despiertan al cuerpo y lo incitan a rebelarse contra la inercia, con letras bastante profundas para el carácter llano y estéril que suele prevalecer en los traperos.

Los citados cuatro títulos me condujeron al resto de su discografía y, luego de escuchar —no miento— al menos una par de veces cada uno de los más de ochenta temas que me permití descargar durante el fin de semana, solo lamento la empecinada resistencia que ejercí en su contra durante tanto tiempo.

Con esta especie de ejercicio investigativo descubrí a un artista que, si bien en sus inicios reprodujo las formas y los contenidos más extendidos entre la música urbana latinoamericana, ha intentado —y logrado, en la medida en que se lo ha propuesto— evolucionar hasta trascender estos.

De unos años hacia acá, Benito no solo ha abrazado la evocación de lo femenino en sus canciones desde una óptica más apegada a los feminismos, sino que —convertido ya en un fenómeno internacional, y en medio de la vorágine comercial que consume a buena parte del arte y la música— ha apelado por la autenticidad al cultivar, contra viento y marea, las expresiones musicales propias del Caribe y de Latinoamérica, sin tener que vender o renunciar a sus raíces para conquistar el éxito en los mercados de Occidente.

Con su inobjetable talento, ha sido capaz de disputar y ganar espacios a los que ni siquiera artistas tan talentosos como Daddy Yankee o Don Omar consiguieron arribar antaño. El de la isla del encanto se ha convertido en un artista global, en el hispanohablante más escuchado en Spotify y el primero en presentarse próximamente en el haf time del Super Bowl 2026. Todo sin trocar su estilo por el pop o su lengua materna por el inglés de la metrópoli.

Y, a diferencia de otros entre su generación —en un momento en que tal paso puede resultar conflictivo para los fines comerciales, dada la extendida cultura de la cancelación y de los extremismos políticos—, no ha temido usar su voz para denunciar la corrupción y las carestías en su isla natal o la condición colonial oculta tras el estatus de «estado libre asociado»; lo que lo ha transformado en la voz política más escuchada de Puerto Rico, pero también de América Latina, en una época en que esta clase de discursos no suelen prender.

Para Benito, trascender las formas más tradicionales del trap que caracterizaron su carrera inicialmente fue el giro de tuerca que necesitaba para ser el artista que hoy es. Su grandeza está precisamente ahí, en lo revolucionario e irreverente de su arte.

Ha puesto a Puerto Rico, a la música boricua y a toda la región en el centro del mapa cultural, llevando a europeos, estadounidenses y ciudadanos no hispanohablantes de todo el mundo a aprender el español insular con tal de perrear y cantar en sus multitudinarios conciertos.

Con su esencia, ha hecho moverse a una pléyade de generaciones: Zetas, millenials, baby boomers. La edad no importa con Bad Bunny, la cadencia de su música rebasa y borra cualquier frontera etaria y genera una unidad intergeneracional por cuanto el baile —el perreo— no entiende de edades, por cuanto los argumentos de sus letras —la nostalgia, el desamor, la desazón, el amor o el sexo— son tan universales.

Olviden a los académicos, a los puritanos de la música y el arte, a los que se alarman con las explícitas alusiones al sexo y la mención de «otras vulgaridades». Al boricua hay que disfrutarlo, cantarlo, saltar con él, apretar, despojándose de cualquier etiqueta, tabú o estereotipo. Bien vale la pena, no ya un fin de semana con su música, sino toda una vida.

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Sobre el autor: José Carlos Aguiar Serrano

Lic. Marxismo-Leninismo e Historia por la Universidad de Matanzas. Ex profesor universitario.

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