DiscoCuba

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Está el tiburón. Te acercas a la barra y verás su aleta superior sobresalir de la madera. Si una muchacha pide un trago, probablemente tratará de morderle la mano y no la soltará hasta que violente un beso o le peguen un bofetón.

Ellos, los depredadores alfa se esconden detrás de los arbustos de la yerbabuena macerada.  Acechan en los fondos de los vasos de Havana Club Ritual, pacientemente, en espera de su presa. Cuando una se acerca, emergen con sus colmillos de oro 22 kilates, sus gafas Charanga Habanera, su pantalón apretado en el tiro. «Hola, bebe», dirán.

Está la reina de la pista de baile. Dará vueltas como si ella fuera quien impulsa el planeta a rotar. Moverá sus hombros y tú sabrás lo tan erótica que puede ser una clavícula. Alzará las manos cuando el DJ lo pida. Bajará hasta el suelo cuando necesite recordarle al resto del lugar que ella puede ser reina y plebeya a la vez. Aceptará parejas de baile, pero espantará a los tiburones y a los pulpos y a los dandys. Ella ha venido a divertirse no a divertir a otros. No necesita más nada que a ella misma.

Al día siguiente, cuando los auxiliares de limpieza vayan a baldear el salón, problablemente la encuentren gira que te gira, marca que te marca, aplaude que te aplaude, aunque hace mucho que la música paró y se apagaron las luces de la disco.

Está el muchacho tímido que a cada rato se lleva la mano al bolsillo trasero del pantalón donde guardó los condones. Se los regaló su padre, mientras le guiñaba un ojo y le decía «esta noche es tu noche». Ahora cada vez que pasa una muchacha hermosa acaricia los preservativos, como si fueran un talismán, pero ni aún así aparece el valor para hablar con alguna de ellas.

Al arribar a la casa, los guardará junto a los otros 30 dentro de sus libros de Isaac Asimov y, cuando el viejo le pregunte, comentará que la noche pasada, como todas las anteriores, fue su noche. Le darán una palmada en el hombro, «Ese es mi chama», y a él le entrarán ganas de llorar.

Está la ama de casa que, después de 25 años de casada, se dejó arrastrar por una amiga. Usa uñas acrílicas para que se desvíe la atención de sus manos cuarteadas por el detergente de fregar, unos tacones de agujas de los cuales teme caerse todo el tiempo, muy diferente a las chancletas de metededo que utiliza en la casa. Tiene 17 llamadas perdidas del marido en el teléfono y tres mensajes que ponen lo mismo: «Regresa ya. ¿Qué tú te crees?».

Ella contempla a los muchachos que se contorsionan, se aprietan contra las columnas, en los rincones donde los reflectores no llegan. Envidia sus cuerpos que aún trasmiten electricidad, sus maneras de tocarse mientras disimulan que no se tocan. La amiga le interrumpe su contemplación al alcanzarle una cerveza. «Una y ya, que luego él se pone bravo», le informa y se siente como si le cayera una década encima.

Está el joven universitario que intenta ocultar detrás de una alegría desmedida el cansancio que lo aplasta. En esta semana, a primera hora fue al aula y en la tarde a la cafetería donde trabaja de dependiente. Despachó en total 15 ruedas de cigarros, le aguantó la muela a todos los borrachos del barrio mientras les daba Planchao tras Planchao, soportó la indecisión de 33 minutos de todos los ancianos porque no sabían que comprar. Todo ello para esta noche poder pagarse par de cervezas y el taxi que lo regresará a casa.

Al día siguiente cuando en una clase de Filosofía y sociedad le sorprenda desprevenido la profesora y le pregunte cuáles son los antecedentes teóricos del marxismo, responderá que Karl Cristal y Federico Bucanero, y todos reirán. Todos lanzarán carcajadas y la maestra asegurará que al parecer la noche de ayer estuvo divertida. Nadie notará el cansancio que significa ser ese joven.

Está el que se posicionará bajo la luz más cenital posible y lanzará al aire una y otra vez las llaves de su motorina para que todos sepan que él es un hombre con ruedas y batería de litio. Está el gordo que se quedará mosqueado en una esquina. Está la muchacha de 14 años que entró porque luce de 18 y ahora la acosan todos los tiburones de la barra.

Está el DJ que ya no puede sostener una falsa euforia más y pronto se derrumbará encima de su consola. Está el de Seguridad que ruega que esta madrugada los guapos se mantengan tranquilos. Está el padre de familia y botero que, después de una jornada entera en la empresa, en la noche tira par de viajes en su almendrón particular y aguarda fuera del lugar hasta que concluya la velada.

Está el que se repite que mientras la noche no termine él no morirá. Las luces led que le puntean el cuerpo lo salvarán de la vida fuera de la DiscoCuba, donde le esperan la cotidianidad, la supervivencia, los apagones, la Isla.


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